Debo pedir perdón por la tardanza en seguir publicando mis cuentos, pero las vacaciones y un nuevo nieto que ha llegado, me han tenido muy ocupado los últimos tiempos... Gracias por esperar...
ENVIDIA: (del latín invidia)
Tristeza o pesar del bien ajeno. Emulación, celo, deseo de algo que no se posee.
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Emiliano lustraba su auto en la puerta de agencia de remis, poniéndole toda la energía posible. Hacía esto para descargarse, mientras despotricaba para sí mismo, contra todo lo que él consideraba una injusticia. ¿Por qué aquel tipo podía tener más plata y mejores autos que él...? ¿Por qué aquel otro pasaba siempre con una hermosa mujer colgada de su brazo?. Esto y muchas cosas más le causaban resentimiento a la hora de compararse. Él quería (y debía) tener lo mismo que los demás o más. Nunca pensaba en cómo. Eso no importaba. A pesar de que era muy joven, no quería esperar para lograr sus apetencias. Mientras más pensaba en esto (como todos los días), más vigor le ponía al paño con la pasta de lustrar.
- Emiliano... ¿Te toca a vos...? – escuchó el grito de la encargada de la agencia desde la mesa.
Dejó el paño de lado y se acercó a la puerta del local.
- Tenés que ir a la casa del dueño del supermercado y después lo tenés que llevar al Tigre... – continuó la mujer.
- ¿Cómo...? ¿No es que el viejo tiene dos autos impresionantes...? – le respondió..
- Creo que sí, pero necesita que lo lleven y lo dejen...
- ¿Y por qué...?
- Qué sé yo... Andá a buscarlo y pregúntale... – acabó la conversación la señora con su poca paciencia.
Estacionó el auto en la puerta del espectacular chalet del empresario. (“¿Cuándo me tocará uno de estos a mí...?”) Pulsó el portero eléctrico, conversó con alguien y luego se quedó esperando. Pasaron unos pocos minutos y apareció el hombre cargando dos pesados bolsos.
- Buenos días, don Julián... ¿Los ponemos en el baúl...? – le ofreció amablemente Emiliano, al tiempo que saludaba con un gesto a la joven mucama de la casa.
- Pues sí, gracias... Pon uno en el baúl y el otro en el asiento de atrás... – le contestó el hombre con el acento de su España natal y con una sonrisa, percatado del guiño del muchacho.
Cargaron los bártulos y partieron hacia el destino estipulado. Normalmente los pasajeros más conocidos viajan en la parte delantera del vehículo junto al conductor y ahí estaba don Julián. Antes de tomar por la ruta Panamericana ya la conversación era bastante animada como en gran parte del viaje. En determinado momento, Emiliano se animó a preguntarle por los automóviles que poseía.
- Uno se lo he tenido que dejar a mi mujer y el otro a mis hijos... Total, como no los he de usar por unos días...
A partir de allí le empezó a contar que se iba con el "barquito" (esa fue la expresión) que tenía en un country club del Tigre, a pasar unos días a las islas, para descansar.
Emiliano sabía conducir su vehículo con cuidado, pero en forma vivaz, por lo que pronto estuvieron tomando por el ramal de acceso al Tigre. Desde aquí don Julián lo guió para tomar por una de las bajadas y luego por una de las avenidas que pasan por debajo de la autopista.
- Detente un momento en ese almacén náutico... – le señaló y continuó – Ingresa en el estacionamiento que vamos a cargar unas cosas...
Se bajó del coche y desapareció dentro del local. Tardó un buen rato en volver y lo hizo cargado con unos paquetes y bolsas que puso en asiento de atrás.
- Ahora te indicó como llegar hasta el country...
De esta manera llegaron hasta una barrera que impedía el ingreso al barrio privado. De la caseta con vidrios polarizados montada entre ambas manos de entrada y salida de vehículos salió el vigilador de turno. Cuando reconoció al empresario, se acercó por su lado.
- Buenos días, señor Ruiz... – dijo el uniformado con mucha amabilidad.
- Vamos a ir con el auto hasta mi casa a dejar unos paquetes y luego el señor vuelve a salir...
La persona de vigilancia, desde la ventanilla opuesta, lo miró a Emiliano con cierto desdén. Levantó la barrera habilitando el paso. Anduvieron un rato entre las hermosas casas que colmaban los alrededores hasta llegar a una de las más atractivas, tanto que causó mucha impresión y más envidia en el muchacho.
- Aquí es... Estaciona a la vuelta que bajamos las bolsas y los paquetes... – le expresó el hombre en tanto descendía del auto y se dirigía a la entrada principal.
El joven remisero dio la vuelta en torno a la casa y para su sorpresa, se encontró con un embarcadero en el mismísimo jardín de la casa, donde amarrado se mecía suavemente un inmenso yate (supuso que era lo que el hombre llamó "el barquito"). Empezó a bajar los paquetes y los bolsos, acercándolos a la nave. Observó movimientos a bordo y levantó la vista. Desde arriba, en lo que reconoció como el puente de mandos, un individuo con aspecto de ser el capitán o el por lo menos el piloto (o ambas cosas), estaba en apariencia preparando la embarcación para partir.
Enseguida le llamaron la atención voces femeninas que provenían de la parte trasera. Por pura curiosidad, caminó hasta la punta del muelle de madera y descubrió en la popa, que las expresiones eran de tres agraciadas señoritas, ataviadas con minúsculas bikinis, de exuberantes cuerpos, que hablaban en tono alto, reían y entrechocaban copas con bebidas. Cuando vieron a Emiliano, lo saludaron sonriéndole y agitando sus manos. Prestando atención a todo esto, el joven se sobresaltó, cuando escuchó la voz de don Julián a sus espaldas.
- Chico, confío en tu discreción... No es necesario que por el barrio alguien se entere de lo que acabas de ver... – sacó su billetera y de ella, dinero – Toma, cóbrate... Y ten esto como propina...
Aparte del importe del viaje, un billete de cincuenta pesos cambió de manos. Emiliano recorrió su boca cerrada con dos dedos juntos, en claro ademán que había conseguido su silencio. Volvió a su coche saludando, sin darse vuelta, a las chicas que se entusiasmaban con el aspecto del joven.
Todo el camino de regreso lo hizo pensando y acumulando celos de la posición del empresario. En los días subsiguientes, solo rondaba por su cabeza la imagen del chalet, el barco y sobre todo, de las mujeres. La única forma de sacarse estos imposibles deseos de la mente, fue quedándose mirando con resentimiento como uno de sus compañeros, cambiaba de automóvil, por otro casi recién salido de fábrica.
Había pasado casi una semana de aquel viaje al Tigre, cuando ese día al llegar a la remisería, la encargada lo estaba esperando.
- Emiliano... ¿Vos llevaste al dueño del supermercado al Tigre...? – al ver el gesto afirmativo del joven, continuó – Bueno, llamó por teléfono desde no sé donde, para que vos lo vayas a buscar... Dice que ya conocés el camino...
- ¿Cuando hay que ir...?
- Esta tarde, a eso de las siete tenés que estar allá...
Durante todo el resto del día, se olvidó de sus celos por todo lo que normalmente lo rodeaba. A partir que supo de la proximidad de reencontrarse con aquello que soñaba despierto, volvieron a él todas las imágenes de la situación económica del empresario. Pensó que quizás volviera a recibir una buena propina, pero también que él debería ser quien las diera. También le parecía que él era más apropiado para estar rodeado de esas beldades y no ese hombre de edad. De todas maneras, pensando en todo esto, se puso en marcha con suficiente antelación debido a que a aquella hora el tránsito hacia el norte era demasiado pesado. Llegó casi a la hora en que debía estar. El guardia de turno lo detuvo en la barrera y Emiliano le explicó a quien venía a buscar.
- Ah, sí... Pasá... Todavía no llegó, pero ya nos adelantó por teléfono que venías a buscarlo... – dijo el vigilador, en tanto le dejaba el paso libre.
Nuevamente rodeó la casa de don Julián hasta ver el muelle vacío. Se acomodó en el césped a esperar que llegara la embarcación. El día era hermoso. Tirado panza arriba con las manos detrás de su nuca, cerró los ojos mientras se imaginaba que todo esto era suyo. La tranquilidad del lugar y la tibieza del sol, lo hicieron entrar en un estado de somnolencia, que fue roto por la bocina del barco que se acercaba. El piloto, allá arriba del puente, maniobrando diestramente, acercaba el yate de popa. Ahí, en letras de pulido bronce, estaba el nombre de la embarcación. "Bribón". Algo en que no se había fijado en la oportunidad anterior, y que si bien, sorprendió a Emiliano, le pareció bastante coherente.
Otra cosa que la vez anterior no observó, era la cantidad de marineros que oficiaban de tripulantes. Muy uniformados en sus vestimentas, se veía a varios de ellos, preparar los equipajes a desembarcar, en tanto otros se aseguraban que el estribor del barco no golpeara con el muelle y lastimara su impecable pintura. No bien estuvo amarrado, colocaron un puentecillo por la que descendió don Julián, elegante en su vestimenta de sport. Detrás de él, dos de los marineros traían los bolsos y otros paquetes que dejaron al lado de automóvil de Emiliano.
- Las niñas se han descendido en una parada anterior, si es eso lo que estás buscando... – le comentó el viajero al muchacho, cuando vio a este buscando con su vista por toda la embarcación.
Saludó al joven remisero dándole la mano en un gesto de cordialidad y se apoltronó dentro del vehículo. El muchacho se encargó de poner todos las pertenencias del hombre sobre el coche. Un rato después estuvieron transitando por la Panamericana rumbo a la Capital.
- ¿Qué tal el viaje...? ¿Descansado el paseo...? – curioseó Emiliano, poniendo a su frase una doble intención.
- Sí... He aprovechado estos días para descansar un poco... – contestó el hombre como no percatándose del juego de palabras, y agregó – A propósito... Gracias por no haber hecho ningún tipo de comentarios... Podrían haberme cortado las vacaciones...
- Usted sabe que me debo a los clientes y que mi boca será una tumba... – pensaba que podría haber una nueva buena propina.
- Muy bien... Ahora me has de llevar hasta el Centro y me quedaré ahí... – manifestó el empresario – ¿Sabes una cosa...? Las niñas me han preguntado por ti. Me parece que les has caído bien. Les he dicho que tú eras un amigo que me ha llevado hasta el country...
Emiliano que había deseado todo lo del hombre, se sonrió sin hacer manifestaciones.
- Sí en mi empresa sigue todo así de tranquilo, dentro de un par semanas haré otro viaje, quizá más corto... – don Julián seguía con la palabra – Me gustaría que nos acompañaras... Digo, si no tienes problemas... Me caes bien y no creo que rechaces la proposición...
Los ojos de Emiliano se abrieron tanto como sus oídos. No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Enfrentó la mirada del hombre y solo atinó a asentir con la cabeza. Su imaginación se disparó tanto que por un momento se olvidó que estaba en la vía rápida de la autopista y al levantar el pie del acelerador, otros autos casi llegaron a tocarlo. La conversación hasta alcanzar el destino en el Centro se desarrolló únicamente acerca del futuro viaje que quizá realizarían.
Como Emiliano no debía rendir cuentas a nadie, ya que vivía solo con sus padres, aceptó de inmediato y sus dudas pasaban por "cuántos días iban a estar fuera", "qué ropa llevaría" y cosas por el estilo. Después de un rato, don Julián le pidió que estacionara frente a un edificio de departamentos en la zona más coqueta del centro y luego de abonar el importe del viaje (más una jugosa propina), tomó un portafolio de unos de los bolsos y descendió del automóvil.
- Hazme un favor... Lleva el resto del equipaje y los paquetes a casa... Si alguien te pregunta, dile que me has dejado en un restaurante de Puerto Madero... – le pidió antes de desaparecer en el lujoso edificio.
A partir de entonces, todos los días y cada vez que llegaba a la agencia, Emiliano preguntaba si había recibido alguna llamada en especial. Y un día sucedió.
- Emiliano, tenés que estar a las ocho menos cuarto en la casa de don Julián, para llevarlo hasta el supermercado... – le dijo la mujer que estaba en la mesa de la remisería – Parece que se le rompieron los dos autos...
Como era alrededor de las siete, dejó pasar un par de viajes, no fuera cosa que no pudiera estar a la hora que le había indicado. Fue hasta la casa del empresario y en el viaje hasta el local, este le dijo que iba a ser un viaje corto, de tres o cuatro días a partir del próximo viernes. Y le preguntó si le venía bien, si no tenía problemas. El joven hizo cálculos y todas las posibilidades estaban dadas. Dijo que sí, que tomaba el ofrecimiento, como quien se arroja a una pileta de natación en la oscuridad de la noche.
- El viernes pásame a buscar como el otro día, como si fuera un viaje más... – dijo el hombre y Emiliano asintió con la cabeza.
Al fin, podría cumplir una parte de sus ambiciosas ideas, las cuales no podía alejar de su mente.
Así, dos días después, en horas de la mañana, otra vez cargó los bolsos en el auto y partió con don Julián, raudamente. La conversación, al principio, versó sobre las condiciones del tiempo, ya que el día era espectacular, sin nubes en el cielo y una temperatura más que agradable. En determinado momento, Emiliano quiso saber, por curiosidad, quienes viajarían acompañándolos.
- Ya te enterarás... Me gustan las sorpresas... – expresó don Julián misteriosamente.
- ("Espero que este viaje no vayan nada más que un montón de tipos como él...") – razonó el muchacho mientras conducía.
- ¿Recuerdas donde está el almacén náutico, en el cual nos hemos detenido la última vez...?
- Sí... Creo que sí, don Julián...
- Bueno, necesito que te detengas ahí nuevamente, porque hemos de levantar unas cosas... Y no me llames más don Julián... Debes llamarme Julián como todo el mundo... Ah, y tutéame... – terminó así la conversación y se acomodó en el asiento como para dormitar el resto del viaje.
Esta forma de actuar le causó satisfacción, pero también le causó más celos y bronca.
Llegaron a la tienda de elementos náuticos y el hombre se despertó al frenar el automóvil en el estacionamiento.
- Ven si quieres, así te conocen, por si alguna tienes que venir tu solo...
Todos los empleados los saludaron cordialmente, cuando entraron al local. El hombre contestó a cada uno de ellos. Por supuesto, Emiliano hizo lo mismo.
- Espérame un momento acá... De paso pregunta y familiarízate con las cosas de un barco... – exclamó y se metió en lo que parecían oficinas, al fondo del local.
- ¿Quiere ver algo en especial...? – le dijo una de las bonitas vendedoras con su mejor sonrisa.
- No, gracias... Solo miraba... – le devolvió la sonrisa y se puso a recorrer el local.
Este estaba tan lleno de elementos para equipar embarcaciones, que solo faltaba un barco en el medio del salón, pero seguramente estaría en el fondo.
Después de esperar un rato y entretenerse adivinando como se llamaban cada cosa que no conocía, vio salir a su nuevo amigo cargado con unos paquetes que fueron raudamente tomados por los empleados para llevarlos hasta el auto.
- ¿Qué comprás cada vez que venís acá...? – lo interrogó el joven apenas puso el auto en marcha.
- Por ahora creo que no es conveniente decírtelo... Pero son cosas que necesitamos para varios días... – Emiliano no preguntó más.
Más tarde ingresaron al barrio privado y don Julián nuevamente entró primero a la casa, no sin antes recomendarle a muchacho que bajara los bolsos y paquetes y que guardara el auto en la cochera. Antes de hacer esto Emiliano observó al "Bribón" amarrado al muelle de madera. Cuando volvió del garaje se quedó esperando al empresario y tratando de ver que ocurría en el barco. Salvo el movimiento de los marineros, no pasaba nada más. Ni siquiera se habían percatado de su presencia. Pero sí prestaron atención cuando apareció el dueño del yate. Presurosos bajaron a buscar los bártulos que aun descansaban a un lado del joven.
- Vamos, subamos... – dijo el hombre tomando a Emiliano por el hombro. A este le llamaba la atención que hubiese venido solo. Ascendieron por la pequeña planchada y apenas pisaron la embarcación fueron recibidos por el capitán. Don Julián le presentó al recién llegado.
- Este es Emiliano, un buen amigo. Sobre todo muy discreto... – expresó – Ahora he de llevarlo a hacer una recorrida por el barco...
Así lo llevó por los camarotes (de paso le indicó cual sería el suyo), la sala de maquinas con su potente motor y el puente de mando, para terminar en la cubierta de popa donde estaba servida una mesa con una variedad de entremeses y botellas de champagne enfriándose en baldes.
- Sírvete... Haz de cuenta que estás en tu casa... En cuanto llegue un amigo partimos...
En la recorrida Emiliano contó hasta siete tripulantes, contando al capitán, pero una de las cosas que más le había envidiado al hombre y que él pretendía, eran las mujeres. Que no aparecían por ningún lado. Pronto llegó un vehículo del que descendió un solo pasajero que inmediatamente subió a bordo. Don Julián fue a recibirlo y lo trajo para presentarlo al joven.
- Este es Carlos... Gran amigo y socio en algunos negocios... – el recién llegado estiró la mano que Emiliano se apresuró a estrechar al tiempo que lo observaba. Un cincuentón, bien parecido, elegante en su vestimenta de sport, tirando a tipo adinerado de telenovelas. No sabía si le caía simpático o lo contrario. Tenía actitudes que lo hacía, lo uno y lo otro.
- ¿Podemos partir, Don Julián...? – preguntó el piloto.
- Sí... Ya sabes el recorrido...
("¿Qué es esto? – pensaba el muchacho - ¿Una excursión de paseo? ¿O acaso, un viaje de pesca...?"). De cualquier manera, no era esto lo que tenía en mente. Con un sobresalto imaginó que quizás el viaje tenía que ver con las bolsas que habían llevado a bordo. Esto lo animo a hacer una pregunta.
- Julián... ¿Ya estamos todos los pasajeros...? ¿No viene más nadie...?
- No... ¿Por qué...? – fue una respuesta seca.
- No... Por nada... Porque si sabía de esto, traía la caña de pescar...
Mirándolo a los ojos, Don Julián comenzó a reírse francamente, hasta desplomarse en un sillón sosteniendo una copa en la mano.
- Creo que sé lo que estás pensando... – expresó cuando la risa se lo permitió – Pero dilo de frente. Pregunta por las niñas...
- Muy bien... ¿Va a haber chicas en este viaje...?
- Tranquilo... Por supuesto que las habrá... Guarda la impaciencia, que no es buena consejera...
El hombre se dio vuelta y se puso a conversar con el otro señor que presentó como Carlos.
El yate después de navegar por algunos riachos, salió a un río importante que lo llevó al Paraná de las Palmas. Viajaron hasta allí a una marcha moderada para no molestar a otras pequeñas embarcaciones. Ya en el ancho río la velocidad aumentó casi al máximo. Atrás dejaron a viejos barcos areneros y a barcos mercantes que subían buscando ciudades importantes más al Norte. Se cruzaron con embarcaciones que llevaban leños o frutas. Y lanchas colectivas que llevaban gente. Botes de carrera con deportistas y botes isleños con gente del lugar. Emiliano observaba todo esto con cierto embeleso desde el puente de mando junto al piloto. Después de un tiempo de navegación, el timonel señaló la margen izquierda, donde se veía un lugar bastante poblado con un buen muelle para atracar.
- Esa es la bajada de Escobar... – le indicó al joven – No sé si la conoce...
- Sí... He estado allí un par de veces, pero siempre hemos venido en auto... ¿Vamos a parar ahí...?
- Sí, un rato... Luego seguimos viaje...
El muchacho se quedó en ese lugar para observar la maniobra de atraque. A medida que se acercaban, pudo ver sobre el muelle, para su propio regocijo, a tres señoritas que empezaron a agitar las manos a medida que el barco se iba aproximando al lugar que ellas estaban. Todo se hizo con extrema precisión para detener la nave y embarcar a las mujeres. Ahora Emiliano bajó del puente a la cubierta. Allí estaban las chicas. Y también estaban Carlos y Julián.
- Bien... Ahora vamos a almorzar... - este último invitó a pasar a todos después de presentar a cada una de las jóvenes.
El barco pronto reinició la marcha. Emiliano miró su reloj y pudo constatar que había pasado largamente el mediodía. Después de pasar cada uno por su respectivo camarote (a las mujeres les había sido asignado uno para las tres), aparecieron casi todos al mismo tiempo en el comedor. Las muchachas habían cambiado el atuendo que traían por minúsculos trajes de baño con una remera o un pareo por encima. El dueño del barco indicó los lugares que cada uno debía ocupar en la mesa y con eso se dio el gusto de formar las parejas.
Así Nicole quedó sentada junto al empresario, Nina al lado de Carlos y Deborah muy próxima a Emiliano. La nave avanzaba a una buena velocidad en las tranquilas aguas, como queriendo recuperar algún tiempo perdido. El día era maravilloso. Por lo menos así lo veía el muchacho. En tanto Julián había comenzado un juego amoroso con su pareja que se apreciaba de larga data, el resto conversaban entre sí.
Cuando fue servido el almuerzo, Emiliano observó un poco más detenidamente a las mujeres. La que acompañaba a Julián, se notaba la más veterana. Joven, pero no tanto, de rostro de suave aristocracia y un físico muy bien cuidado. Su comportamiento era el de una primera dama, por menos de la embarcación. Nina, por el contrario, parecía ser la más joven. Aunque su cuerpo delataba una reciente mayoría de edad, su rostro era el de una niña muy bonita. Una auténtica muñeca con mucho de timidez en sus actitudes.
Por último Deborah, con su rostro de diosa griega remarcado por una larga cabellera enrulada denotaba ser pura energía. No había parado de hablar desde que se sentaron. Gesticulaba permanentemente con las manos y sus prominentes pechos, saltaban de un lado para otro con sus movimientos como queriendo escaparse de la prisión del corpiño. Tenía una buena figura, quizás traída de la mano de un buen gimnasio o alguna actividad deportiva. Como si no fuera suficiente que no dejaba hablar al joven, cortaba la conversación de los demás para meter sus propios bocadillos.
La sobremesa se hizo hasta entrada la tarde. Seguidamente el dueño del barco y su pareja pidieron disculpas y desaparecieron camino al camarote de él. Lo propio hizo la otra pareja. Emiliano en su interior mascullaba su rabia de saber que esos dos hombres grandes –por no decir "viejos"-, estuvieran haciendo lo que su imaginación dictaba, mientras que él estaba aun sentado a la mesa.
- ¿Podríamos levantarnos y dar una vuelta, verdad...? – propuso, cuando en realidad no había mucho para recorrer.
Ella aceptó rápidamente, pero para desolación del muchacho lo primero que se ocurrió fue subir al puente de mando. Se paró al lado del timonel y lo aturdió con preguntas. Emiliano, sin saber que hacer, bajó a su camarote y se quedó en el esperando que pasara algo. Se puso a leer un libro que encontró hasta que se quedó dormido.
Cuando se despertó ya había caído la oscuridad y notó que la nave estaba inmóvil. Salió a la cubierta de popa y no encontró a nadie de sus nuevos amigos. Se dirigió a la cocina y preguntó a uno de los marineros, recibiendo por respuesta que los dos hombres y dos de las mujeres habían bajado al gomón y se marcharon hacia la costa.
-("¿Quién se habrá quedado...?" – pensó). Fue hasta el lugar de alojamiento de las mujeres y golpeó la puerta. Después de un instante esta se abrió y apareció Deborah, aun enfundada en su pequeñísima bikini. Parecía padecer una somnolencia igual a la de él, pero más aguda.
- Parece que continuaste con los festejos...
- No... Para nada... – ella cerró los ojos y sacudió apenas la cabeza – Fue algo de lo que comí o tomé que me cayó mal...
- Puede ser la falta de costumbre de navegar...
- No lo creo... Ya tengo la experiencia de haber navegado en varias oportunidades... – y también extrañada preguntó - ¿Dónde están los demás...?
- Nos hemos detenido y se fueron con el gomón hasta la costa a llevar o traer algo...
- Perdoname... Pasá, por favor... – abrió la puerta en su totalidad para cederle el paso al joven. El camarote como no podía ser otra manera estaba lleno de las distintas prendas que habían traído, desparramadas por doquier.
- Sentate por aquí... – le dijo al tiempo que hacía lugar en una de las camas. Ella se sentó en una banqueta en la otra punta del aposento.
- Puedo preguntar que se traen tu jefe y vos, aparte de lo obvio... – su voz tenía un tono imperativo.
- Primero y principal, Julián no es mi jefe... – y le narró como había llegado hasta allí, sin mencionarle su propio interés por tener las aventuras sexuales que envidiaba del "viejo".
- ¿Y debo creerte...?
- Por mí, hace lo quieras... Tu posición y la de tus amiguitas, no son precisamente de monjas carmelitas... No vinieron hasta acá, justamente para escuchar misa.
- OK. .. En algo puede que tengas razón...
Fue hasta un bolso, corrió un cierre y comenzó a revisar dentro. Sacó un pantalón de jean que traía enrollado y al desenvolverlo, lo primero que apareció fue un revolver (un Smith y Wesson "Detective Special") acomodado en su funda. Emiliano retrocedió en su asiento. Después del arma tomó una billetera de cuero que al desplegarla mostró una placa y una credencial. Se la aproximó bien cerca de la cara del joven para que este leyera "Policía" en la chapa reluciente, un nombre "Deborah Silva" y un grado "Oficial Principal". El muchacho perdió de vista el documento y por encima, miró a los verdes ojos de la chica entre desconcertado e interrogante.
- Quiero creer en todo lo que me contaste, porque necesito que me ayudes... – le pidió ella.
- No sé... Primero contame qué es lo pasa...
Luego de guardar nuevamente el arma y la credencial, Deborah se volvió a sentar.
- Hace ya un tiempo que por una denuncia anónima que recibimos, estamos tratando de averiguar, de que se tratan las actividades de Julián y compañía, en especial cuando vienen por las islas... – mirando directamente a los ojos del joven, continuó – Para esto me pusieron en el lugar donde Julián normalmente recluta las chicas para sus amigos en cada paseo... Como no se podía forzar la situación, recién ahora me tocó venir... Y justo me toca con vos...
- Hey... Yo sé que me gustaría tener la plata y la vida de Julián, pero no soy tan malo, ni tan feo... – protestó y curioso preguntó expectante – ¿Qué puede ser...? ¿Drogas...?
- Puede ser... No lo confirmamos... A propósito... ¿Cargaron algo cuando salieron...?
- Sí... Varias bolsas, que dijo que eran víveres para los días que estabamos afuera... Igual que la otra vez...
- ¿Qué...? ¿Hubo otra vez...?
- Sí... Pero como te conté fue la vez que yo llegué solamente hasta donde estaba atracado el barco. Vine como remisero...
- Está bien... Ahora lo que me extraña es que hayan bajado con las otras chicas...
- Habrán ido a pasear o algo así...
- Vení...Vamos a la cubierta de popa y veamos si hay algo para comer o tomar.
A Emiliano no le quedó más remedio que apagar de alguna forma sus fuegos internos. Se puso de pie e invitó a la muchacha a salir del dormitorio. Al pasar ella le tiró un beso con la punta de los dedos.
Caminaron hasta la popa y se acomodaron en sendos sillones. Uno de los marineros preguntó si deseaban algo.
- Sí, por favor... Traeme una botella de champagne... Sin descorchar... – dijo él desconfiando.
Se quedaron callados en el silencio de la noche. El único sonido era el golpe de las pequeñas olas contra el casco de la nave. El marinero trajo la bebida, Emiliano la descorchó, sirvió las copas y bebieron sin pronunciar palabras.
Un rato después, desde la oscuridad del río, les llegó risas y gritos de las chicas mezclados con el ronronear del motor del gomón. Enseguida ese sonido se apagó cuando llegaron junto al barco. Subieron a bordo sin dejar de hacer entretenidos comentarios entre ellos, que los movía a más risas.
- Hola, chicos... – exclamó Julián – Espero que no nos hayan extrañado y se hayan divertido...
- Lógico, Julián... – Emiliano puso un énfasis especial en sus palabras – Ya que nos dejaron solos...
- Bueno... Vamos a mudarnos de ropas para cenar, ya que he venido con mucho apetito.
La comida tuvo gran animación, de la que tanto Deborah y Emiliano participaron con animación para no dejar lugar a dudas que la estaban pasando bien. Después de una dilatada sobremesa, con los ánimos achispados, todas las parejas se dirigieron a cada uno de los camarotes de los hombres. Apenas ingresaron, Deborah se tiró en la cama al tiempo que se desvestía en parte.
- No te hagas ninguna idea rara... – le dijo ella al ver los ojos eróticos de él – Solo nos quedaremos acá para dormir...
Se dio vuelta y pronto se quedó dormida bajo la mirada, ahora azorada, de Emiliano.
Amanecieron abrazados en la cama, él detrás de ella y ambos apuntando en la misma dirección y con la misma vestimenta de la noche anterior. El brazo izquierdo del muchacho estaba sobre el cuerpo de la chica. Ella fue la primera en despertarse, y a pesar de la satisfacción que le produjo la íntima caricia, movió el brazo de él, despertándolo.
- Lavate la cara y los dientes... – le aconsejó con una enorme sonrisa – Mientras voy a mi dormitorio a hacer lo mismo y nos encontramos para desayunar...
El resto del día fue un calco del anterior, con la única diferencia de haber atracado en un lugar con playas donde aprovecharon para bañarse, tomar sol y almorzar en un importante comedor. Para los jóvenes confabulados, no hubo en ninguno de sus acompañantes, actitudes sospechosas, salvo en algún momento de la tarde, Julián desapareció por unas cuantas horas.
Por otro lado, como no podía ser de otra manera, Deborah y Emiliano al estar todo el día los dos juntos y, además, compartiendo el secreto de ella, fue muy poco lo que hizo falta para iniciar un enamoramiento sincero entre ellos. A causa de la resistencia de la muchacha, las cosas no habían pasado a mayores.
Sin embargo, esa segunda noche, después de la cena, al volver al camarote de él, comenzaron con un acercamiento que terminó despertando toda la pasión por ambos retenida. Cayeron en la cama en medio de abrazos y besos, quedando el cuerpo desnudo de ella sobre el de él. El físico entrenado de la joven lo mantenía aprisionado a él, con sus piernas y brazos. Pasaron de la lucha al erotismo. Se durmieron muy tarde agotados después de hacer el amor hasta sacarse la avidez de uno hacia el otro.
El sol alto que entraba por una de las ventanas, los despertó. El apetito que les había dado el goce, hizo que se vistieran rápidamente y concurrieran al comedor. Allí se dio la coincidencia de todos en la mesa. Julián aprovecho ese instante para anunciar que este era el punto más lejano que alcanzaban en esta excursión. A partir de ahora comenzaba el viaje de regreso. Como estaban cerca de la ciudad de San Pedro, desembarcaron y recorrieron una gran parte del lugar y aprovecharon para almorzar en una estancia de la zona.
Salvo Deborah y Emiliano, que se quedaron en la costa gozando de las bondades de un balneario, lo demás regresaron al barco. Ellos volvieron al yate entrada la tarde, para descansar un poco y dedicarse a la cena. No obstante, que la conversación durante la comida fue muy vivaz, el muchacho y su pareja sin hacer mucha tertulia, decidieron retornar a la intimidad del camarote, pese a los comentarios mordaces y burlones de los otros comensales. Repitieron el fuego y la pasión del amor de la noche anterior, hasta quedar exhaustos. Tanto que abrazados como estaban, se quedaron dormidos.
Se despertaron cuando comenzaron los gritos en algún lugar de la nave. Era una discusión muy fuerte entre una mujer y un hombre. La pareja de jóvenes saltó al mismo tiempo de la cama y se acercaron a la puerta. Abrieron un pequeño espacio y pudieron observar desde su posición, unos metros más allá, a Julián enfrentando a Nicole, su pareja. Seguían escuchando los alaridos de él y las réplicas de ella, sin llegar a entender porque era el altercado. Del hombre solo alcanzaban a ver su espalda y de la figura de la mujer casi nada pues se perdía en la penumbra apenas rota por las tenues luces de los pasillos.
Todavía no sabían si intervenir, cuando vieron que Julián extraía de su cintura, un arma con la que apuntó a la mujer. Deborah se puso una túnica por encima y comenzó a maldecir por haber dejado su revólver en el otro camarote. De cualquier manera, ya no había tiempo para más dudas. Abrieron totalmente la puerta, justo en el momento que con una explosión el arma era disparada. La dama con toda su aristocracia, dio unos pasos vacilantes hacia atrás antes de desplomar su humanidad a lo largo del pasillo. Pese a estar en la semioscuridad, igual se notó la gran mancha de sangre que se le formó en la remera.
Los jóvenes salieron del camarote con la intención de abalanzarse sobre el hombre, pero al acercarse, Julián se dio vuelta sobre sí y los apuntó directamente. Se frenaron sorprendidos y levantaron las manos tratando de indicarle que se calmara. No obstante el dueño del yate levantó más el revólver apuntando a la cabeza de Emiliano. La muchacha dio un paso al costado para salir de la línea de tiro y tener posibilidad de atacarlo, pero la mira la apuntó a ella. Y así empezó a pasar de uno al otro. Bajó un poco el mortal elemento y lo dirigió directamente al pecho del muchacho. Y disparó. La llama que salió de la punta del revólver, pareció extenderse hasta el cuerpo del chico. La primera sensación fue de sorpresa. Emiliano saltó y cayó hacia atrás, tomándose el tórax. Entonces, Deborah ágilmente aprovechó la oportunidad para saltar sobre el hombre. Este al verla venir, soltó el arma y se protegió con las manos del empellón de la chica.
Alguien tomó el revólver y disparó al aire. Como si se hubiese desenchufando un proyector, se detuvo la actividad de todo lo viviente, y nada se movió más. De pronto, todo cambió y las cosas comenzaron a tomar un ritmo precipitado, alocado.
Emiliano se tocaba el cuerpo buscando donde debía dolerle o sangrar. Pero para su alegría, o desencanto, no tenía nada de ello. Julián se había acurrucado con una rodilla en el piso para protegerse de los golpes de Deborah que nunca le llegaron. La muchacha tenía aun el brazo en el aire en el recorrido de un golpe de karate. Muchas luces se encendieron y desde el fondo Nicole recuperaba la posición vertical con su remera manchada de sangre o algo así. Con cara de susto se echó sobre Julián para abrazarlo y protegerlo. La mano que empuñaba el revólver era de Carlos, el que, contra toda lógica de la situación, sonreía ampliamente. Detrás de él estaba Nina. Más allá, el capitán y sus marineros observaban todo lo que había sucedido.
- Te dije que debíamos avisarle... Te dije también que hoy había que utilizar demasiados gritos y tiros... – le reclamó Carlos al empresario que aun no se había levantado del todo – Ahora hay que hacer todo esto de nuevo...
- ¿Qué es esto...? – dijo Emiliano, al tiempo que la muchacha seguía buscando la posible herida.
- Podría ser una cámara sorpresa, o algo casi... – Julián ya erguido, le contestó – El arma esa es de utilería con balas de fogueo...
- En realidad, estamos filmando un corto sobre la buena vida que llevan ciertos personajes... – continuó Carlos mirando sin disimulo al empresario – Para darle un poco más de emoción , el final tendría un poco de violencia...
- Pues no les hemos dicho nada, para que actuaran con más naturalidad y no se asustaran... – volvió a tomar la voz cantante el dueño del "Bribón" – De cualquier forma, no habíamos creído que el bochinche de hoy los sacara de vuestro camarote, al igual que la noche de ayer...
Por otro lado, Deborah no dio a conocer su condición de mujer policía, porque aun tenía su desconfianza.
- ¿Y qué eran esos viajes a la costa que hacían a diario...? – quiso saber.
- Hemos filmado en varias localidades, para rellenar en la edición... Esta noche pensábamos que habríamos de finalizar... – Julián tomó una copa que le alcanzó uno de los marineros – Les debo a ambos una disculpa... Como recompensa por todos los sinsabores pasados, les daré una participación en las ganancias de la película y un viaje sin sorpresas, para cuando les guste...
Emiliano, que todavía estaba en el suelo, con el cuello rodeado por los brazos de Deborah, por un momento dejó de tener envidia de Julián, pero solo por un momento. A pesar de lo que había prometido Julián, pensó que pronto tendría que volver a la remisería.
Sin embargo, no todo había terminado. Desde la oscuridad del río se escuchó la voz metálica de un megáfono, mientras se encendían muchos reflectores alumbrando el yate como si fuera un escenario.
- “¡Hey, del “Bribón”! ¡Esta es la Prefectura!! Están rodeados No se resistan. Están todos detenidos por tráfico de estupefacientes”.
Mariano se asomó a la borda para responderle con algún improperio, pero decidió callarse.
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Aun se tocaba el pecho Antonio, buscando a donde se había producido el impacto el disparo que casi lo arroja hacia atrás. Miró el reloj. Había pasado menos de un minuto. Exactamente cincuenta y siete segundos. Como hasta ese momento, seguían sin pronunciar palabras, pero escuchándose entre ambos. Con más calma, Antonio le expresó al hombre extraño...
- Una buena y una mala... Por un lado una bella mujer y una recompensa... Por otro, un disparo que puede producir un paro cardiaco y un final sin resolver...
- “No siempre será así...” – había algo en lo profundo de los ojos del hombre extraño – “Por favor, elige un nuevo elemento...”
Soltó con la mano derecha uno y tomó con la izquierda aquel que al girarlo decía: "AVARICIA".
Aca va otro de los cuentos que integra "En el Nombre del Remise". Para los inadvertidos, todo comienza alla abajo donde comienza el blog. Gracias por los comentarios.
GULA: (del latín gula):
Exceso en las comidas o bebidas y apetito desordenado de comer y beber.
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Gregorio estacionó su auto frente al lugar donde un cartel lo invitaba a almorzar. En realidad, el gran cartel anunciaba, así pintado muy toscamente, que la Gran Parrilla "El Tío" ofrecía carnes y achuras a precios muy baratos, y bebidas de todas las categorías.
Se trataba de una vieja casilla rodante montada sobre un terreno baldío, rodeada de una docena de mesas y sillas de plástico. Una "media sombra" de negra tela transparente que apenas dejaba pasar el sol, completaba el escenario. Dentro de la casilla, sobre una humeante parrilla descansaban unos cuantos chorizos, morcillas, carnes (sobre todo asado de tira) y diversas achuras. Posiblemente nada resistiría un examen bromatológico.
Un tacho de doscientos litros con hielo adentro, hacía las veces de heladera. En el fondo flotaban latas de cervezas junto a latas de gaseosas. Y unos cuanto sifones acompañaban a unas botellas de plástico de gaseosas de marcas indefinidas. Sobre una estantería estaban apoyadas unas cajas de vino barato con otras botellas de vino de una medianía calculada. Sobre el mostrador una fila de jarras de vidrio rodeaba a una damajuana del típico "vino de la casa".
Esta era la coreografía del lugar que Gregorio había elegido para almorzar. El sistema de servicio consistía, en hacer el pedido en el mostrador al dueño/parrillero, un individuo que “lucía” un delantal y un birrete que en alguna oportunidad habrían sido blancos Después había que sentarse en una mesa a esperar.
Esto ya había hecho Gregorio cuando se acercó el mismo muchachito que traía los pedidos, a preguntar que iba a beber.
- Una jarra de vino de la casa tinto y un sifón. – fue la respuesta del recién llegado.
Pasaron unos minutos después de haber llevado las bebidas, cuando volvió el chico con comida solicitada. En una fuente con brasas ardiendo debajo, trajo la oferta del día que consistía en "una parrillada para uno donde comen dos". El pibe agregó a la mesa la ensalada pedida, una panera con un par de panes, una de esas cosas que traen el aceite, el vinagre y la sal, además de un puñado de servilletas de papel, un frasco con chimichurri. Y platos y cubiertos para dos personas.
- ¿La otra persona viene enseguida...? – quiso saber el jovencito.
- No... Por ahora no hay otra persona... Anda nomás... – contestó Gregorio al tiempo que se abalanzaba sobre la comida.
No tardó demasiado en dar cuenta de todo lo comestible y casi todo el litro de vino y la soda.
Pronto, estaba recostado en la silla, como descansando, con un escarbadientes entre los labios. Se había aflojado el cinturón y jugueteaba con el vaso de vino tinto sostenido con los dedos, como si fuese a pasar el resto de su vida en esa posición. Con la mirada extraviada más allá de la calle, pensaba en que comería esa noche.
En tanto ahogaba un eructo que casi lo deja sin aire, prestó atención al resto de los comensales. Los más cercanos, eran una barra de siete u ocho muchachones con pinta de mecánicos, con ropas manchadas de grasas, quizás de alguna de las fábricas cercanas. Se notaban frescos y contentos con la alegría que da la juventud. Y por las carcajadas que despertaban cada frase que pronunciaba cada uno de ellos.
Un poco más allá, bien resguardados a la sombra, una pareja de ancianos era la contrapartida. Almorzaban, no con tristeza, sino con un gesto puritano. Poca conversación y modos de actuar muy elegantes para ese lugar. Pero la forma de vestir de ambos, hacía que se integraran con el ambiente que los rodeaba. Ella con negro y deslucido vestido semilargo, pasado hacía mucho tiempo de moda, con un gran escote que dejaba ver parte de sus envejecidos y caídos pechos. Él vestido con saco, camisa y corbata. Una corbata rayada de varios colores sobre una camisa floreada, fuera del pantalón y un saco de color indefinido, propio del mismo desgaste.
Después Gregorio miró hacía el fondo del terreno, donde estaba sentado un hombre solo (igual que él), sin comidas a la vista, pero con una caja de vino y un vaso sobre su mesa que bebía lentamente, quizás porque no tendría horarios que cumplir, personas que lo esperaran o destino que lo aguardara. Pensando que no debía importarle todo esto que vio, Gregorio se levantó con la pesadez de lo almorzado, fue hasta el mostrador y pagó lo consumido, más una no tan generosa propina. Cuando tuviera otro viaje por acá, volvería a comer aquí.
Caminó hasta su auto y descargó sus más de ciento veinte kilos (con uno sesenta y cinco de estatura), sobre el asiento. Protestaron los amortiguadores y elásticos, pero ya estaban acostumbrados. La enorme barriga que choca con el volante, provoca que sus brazos sean cortos para alcanzar a embocar la llave de contacto. Así con esfuerzo y con maña, puso el motor en marcha, al tiempo que de la gaveta que estaba entre los dos asientos delanteros, sacó una barra de chocolate que se puso a comer lentamente, disfrutándolo. (Para bajar la comida, según él).
Poco después que terminara la golosina, llegó a la agencia de remise desde donde había partido con el viaje que lo dejó cerca del lugar del almuerzo. En el momento de entrar al local la única que se encontraba era la encargada de la distribución de los viajes. En el medio de un eructo, que trató de ahogar, indicó el precio del viaje.
- Cinco pesos... – dijo con la poca voz que le permitía el escape de aire por su boca.
- Gregorio... ¿Dónde fue...? – quiso saber la señora - Hace como dos horas que salió...
- Fui hasta el cementerio y la vuelta paré a picar algo... – exclamó con una sonrisa de haber cometido una picardía y pedir disculpas.
La mujer meneo la cabeza pensando para sí misma que "no puede ser, un día de estos va a reventar..."
Se sentó, medio apretado, en uno de los sillones individuales. Justo en ese instante llegaron de sus viajes, dos de los choferes más cargosos de la remisería.
- ¿Qué hacés, gordo...? – no había otro modo de cómo podían apodarlo – ¿Paraste para comer parrillada...?
- Sí... ¿Por..?
- Porque te trajiste un pedazo de chimichurri en la camisa... – y lanzaron una risotada ante la seriedad de Gregorio y la mujer. Entonces el otro agregó...
- ¿Sabés como lo llaman al gordo...? "Sopa espesa"... Porque la grasa no le deja ver el fideo... – Otra carcajada.
Gregorio, gordo bueno, los miraba y como queriendo acompañarlos en su jolgorio, sonreía sin ganas. Después de todo estaba acostumbrado a tantos palos y ya tenía el lomo duro. Se puso de pie pesadamente y encaró hacia la puerta. Justo en ese momento comenzó a sonar el teléfono. Alguien del otro lado, dio los suficientes detalles como para prolongar por un rato la conversación y pedir que le mandaran un remise a determinada dirección. Desde la puerta, Gregorio sabiendo que le tocaba salir a él, se quedó esperando.
- Gregorio... Tiene que ir hasta esta dirección en el Centro y traer una señora hasta el médico que está acá a la vuelta... – lo despachó la encargada alcanzándole un papel donde estaba escrito la calle y el número donde debía de ir. Tomó la pequeña nota y se marchó hacía su vehículo. Los que quedaron en la agencia continuaron haciendo comentarios entre ellos y riéndose.
- A ver si aflojan un poco con las cargadas... – le recomendó la mujer desde detrás del escritorio, pero lo suyo aparentemente cayó en saco roto.
Siguiendo las indicaciones de la guía de calles y manejando sin mucho apuro, Gregorio llegó al barrio adonde estaba el domicilio indicado, no sin antes, casi caer en la tentación de detenerse en un puesto de ventas de "panchos". La vivienda señalada era una auténtica mansión, acorde con el vecindario de los alrededores. Rejas contra "los amigos de lo ajeno" y un enorme jardín separaban la vereda de la enorme casa de dos plantas y muchas ventanas. Trabajosamente el hombre bajó de su auto y se acercó al portero eléctrico. Lo hizo sonar y esperó la contestación que no tardó en llegar en forma de interrogatorio averiguando de quién se trataba.
- Soy del remise y busco a la señora... – leyó el papelito - Elida...
- Un momento... Enseguida sale la señora... – y el "clic" que oyó le indicó que se había terminado la comunicación.
Por las dudas que tuviese que bajarse otra vez del coche, Gregorio se quedó de pie junto al mismo. Pasaron unos cuantos minutos cuando de improviso, se abrió la refinada puerta enmarcada en toscanas columnas y como en una entrada a un escenario teatral (así le pareció a Gregorio), hizo su presentación la dueña de casa.
Señora que, estimó el hombre, rondaría los cincuenta años (no más, quizás menos). Un rostro de claros ojos, aun muy bonito, con un suave maquillaje y castaños cabellos cayendo sueltos sobre sus hombros. Un cuerpo delgado de suaves curvas, cubierto por una vestimenta sencilla (pantalón, camisa y zapatos bajos, todo al tono), pero muy elegante. Se deslizaba con la elegancia de una reina.
Después de cerrar la boca que tenía desencajada por la sorpresa, Gregorio corrió su abultada figura para poder abrir la puerta del coche. La mujer lo saludó con toda amabilidad antes de ascender. Ni bien lo hizo, él rodeó el vehículo y se instaló detrás del volante. Puso todo el máximo de empeño para arrancar lo más suavemente posible, como si la dama se fuera a destruir o desaparecer mágicamente.
- Señor... ¿Le han dicho adónde tenemos que ir...? – habló la mujer por primera vez.
- Sí, señora... A la vuelta de la agencia... Quiero decir, al médico... A su médico... – a pesar de su turbación, puso su mejor acento de amabilidad – Y perdóneme la indiscreción... ¿Por qué no utiliza un remise de donde usted vive...?
- No... No es indiscreción... Sencillamente porque hace poco tiempo que me he mudado a este lugar y no conozco las agencias de la zona, si las hay... Así que el doctor me recomendó su agencia y me dio su teléfono... – iluminó su rostro con una sonrisa – Supongo que debe ser por la confianza que él les tiene en todo sentido...
- Deberemos darle gracias al doctor... Y vamos a tratar de que merezcamos esa confianza ante usted...
- ¿Cómo se llama usted...? – quiso saber la dama.
- Gregorio, señora...
Y a partir de ahí, continuaron conversando todo el resto del viaje. Variaron los temas desde las actuales condiciones meteorológicas, la actualidad nacional, pasando por las necesidades triviales de cada uno dentro de su entorno, hasta un dejo de temas más personales. La llegada al destino fijado, cortó el coloquio.
- Greg... ¿Me permite que lo llamé así...? – el hombre asintió con la cabeza – Debo regresar, más o menos, en una hora a mi casa... Así que me gustaría que usted me llevara de vuelta...
- Creo que no habrá problema, señora...
- Bien... Lo espero... – descendió la mujer y se perdió en la casa del médico cuando este abrió la puerta.
Gregorio volvió a la agencia más henchido que nunca, si ello fuera posible. "Cantó" el precio del viaje y le dijo a la encargada que debía volver a buscar a "su" pasajera dentro de una hora.
- No hay problema, Gregorio... Vaya tranquilo... – era norma de la casa que cada chofer hiciera ciertos viajes cuando eran reclamados, pero que esto no se hiciera a menudo con diversos pasajeros, porque acarrearía falta de trabajo para aquellos que no eran pretendidos.
A partir de entonces, para Gregorio, las manecillas de los distintos relojes que consultaba, parecían estar detenidas o que avanzan más lentamente que nunca. Se había olvidado, prácticamente de su necesidad de comer. Solo quería volver a ver a aquella mujer y continuar con la agradable conversación que habían mantenido. Cinco minutos antes que se cumpliera el tiempo establecido, montó en su vehículo y dio vuelta a la manzana hasta estacionarse frente a la morada donde el facultativo tenía su consultorio.
Para desesperanza de Gregorio, la señora tardó casi quince minutos más de lo estipulado. Cuando la vio saludar al médico despidiéndose, bajó del auto lo más presuroso que pudo para alcanzar a abrirle la puerta. La sonrisa que ella le dedicó hizo estremecer al galante Gregorio. Estaban circulando nuevamente de retorno al elegante barrio, cuando la dama lo tomó de sorpresa al comenzar a hablar antes que él pudiera hacerlo.
- Greg... Perdóneme usted ahora la indiscreción, pero me gustaría saber como es su familia... Usted parece una muy buena persona y habrá gente muy orgullosa de usted... – Se inclinó ella hacia delante y al darse vuelta Gregorio para responderle, se encontró con la generosa vista que dejaba el botón desprendido de la camisa femenina. Algo dormido se despertó en él. Medio atragantado y volviendo rápidamente la vista al frente antes de pudiera causar un accidente, el rollizo personaje buscó una respuesta que hiciera continuar la conversación.
- La historia de mi vida es muy corta y sencilla... – comenzó a memorizar – Era muy pequeño cuando vine con mis padres desde el interior. Vivimos acá en la gran ciudad, juntos muchos años, hasta que ellos decidieron regresar a Mendoza, a su lugar de origen, donde todavía viven. Yo me quedé y me las arreglé solo para mantenerme... Estudié algunas cosas que nunca terminé... Y trabajé, siempre trabajé... – Gregorio estaba atónito de cómo le fluían las palabras desde su interior.
- Perdóneme nuevamente, Greg... Pero tengo alguna necesidad de hablar con alguien – tomó de vuelta la palabra la mujer – Por eso mis preguntas... Usted no parece una persona mayor, pero aun así debe haber habido amores en su vida... Si le parezco muy indiscreta, dígamelo...
- No... Está todo bien... Y sí.... Por supuesto que los hubo... – dijo con un tono como descontando que hubo una gran cantidad, cosa que no había sido así – Pero no, últimamente... – y recorrió con gesto de sus manos, su propio físico.
- A ver, Greg... ¿Puede perder algo más de tiempo...? Le pagaré todo el viaje y la espera que haya...
- Por supuesto, señora... Estoy a su disposición... – contestó el hombre turbado por la decisión de la dama.
- Bien... Primero, no me llame más señora... Me siento muy grande... Mi nombre es Elida... Segundo, si no tiene problema, lléveme hasta la avenida de la Costa a la zona de los restaurantes... – todo era una larga orden que Gregorio (ya pensaba en un "choripan" de los que vendían en la Costanera), debía cumplir – Y mientras vamos, si tiene ganas, cuénteme de su juventud, sus romances... – al ver la cara de desencanto, de él, agregó – Por favor, no se ofenda... Creo que me gustaría escucharlo...
Comenzó contando algunos amoríos reales y después continuó con otros que no eran tanto. Tan ensimismado iba en su relato que por un momento se distrajo y casi choca contra un taxi que circulaba en su misma dirección.
- Che, gordo...! ¿Estás ciego...!? Fíjate por donde manejas...! – el grito del individuo que conducía el otro vehículo lo trajo a la realidad. Lo sacó de ese mundo casi perfecto que había formado en derredor de él. Se puso rojo de vergüenza y no contestó. La mujer pensó que el color era por el enojo causado por las palabras y que no respondió por educación. Así que con voz ronca expresó...
- No le dé importancia... Y cuénteme algo más... ¿Hay una señora de...?
Gregorio menea la cabeza con sonrisa triste, de resignación.
- No... No hubo nunca una señora de... Ni creo que a esta altura del partido, la haya...
- Hey... No se dé por vencido tan fácilmente... Nunca se sabe lo que le puede deparar el destino...
Y así conversando, casi sin darse cuenta, ya estaban transitando en dirección al norte por la avenida de la Costa, paralela al Aeropuerto de la ciudad. Ahí dentro de la estación aérea se veían una cantidad de aviones detenidos a la espera de sus pasajeros, otros que lentamente se aproximaban a las cabeceras de la pista y alguno que ya corría por ella, elevándose ruidosamente buscando las nubes del atardecer. A la derecha, el ancho y majestuoso río, sobre cuyas aguas color león, navegaban algunos veleros y enormes buques cargueros sobre el horizonte.
Al final del terreno del aeródromo, alrededor de un complejo deportivo, se alzaban los numerosos locales de diferentes tipos de comidas.
- ¿Dónde le gustaría que la deje, señora...? Perdón... Elida... – preguntó Gregorio, disminuyendo la velocidad.
- Un poco más adelante hay un tipo cafetería, con un balcón hacia el río... Ese que está ahí... – indicó la dama.
Hábilmente, Gregorio maniobró y estacionó su coche de punta contra el cordón de la vereda entre medio de otros vehículos aparcados.
- Bien, Elida... ¿La tengo que esperar...? – quiso saber el hombre mientras su mente cavilaba que en el tiempo que tuviese libre, aprovecharía para ir a comer alguna cosa en alguna de los locales vecinos.
- Sí... Por supuesto... Pero me tendrá que acompañar a tomar un café...
- Por favor, señora... No sé si debo...
- No me llame más "señora"... Y no acepto que se niegue a acompañarme... Lo estoy invitando... – el tono de su voz era amable, pero firme.
- Si es así, no me queda más que aceptar... Pero permítame que sea yo quien la invite...
- Veremos... – contestó la mujer al tiempo que atravesaba la puerta, abierta gentilmente por el obeso caballero.
Ascendieron por una escalera que rechinaba al paso y al peso de Gregorio. Los no pocos espectadores presentes desde sus respectivas mesas, giraron sus cabezas, curiosos, en dirección a la pareja que no prestaron atención al interés suscitado. Realmente, desde ese balcón la vista era magnifica. El río, con el sol cayendo a espaldas de la pareja, dejaba ver a lo lejos, las primeras islas del inmenso delta. Se sentaron uno frente al otro en una mesa al lado de la baranda. Él luchaba contra su tentación de pedir algún alimento que frenara sus ansias de comer. Se acercó un mozo y ella pidió un vino.
- Una copa de chardonnay, bien helado, por favor...
Él aprovechó la ocasión para pedir un aperitivo suave, especulando que vendría acompañado por una picada.
- ¿Desea algo para comer...? – invitó la señora captando el gesto de angustia de él..
- No..! Gracias... – negó vehementemente.
Después que fueron servidas las bebidas, Gregorio desparramado en su asiento, gozando de esta desusada situación para él, se atrevió a preguntar.
- Elida... Cuénteme... ¿Qué significa todo esto...? – dijo mirando de frente sus claros ojos.
- Nada extraño... – contestó ella sonriente – En principio es conversar con alguien como le dije antes. Parece que le tocó a usted y le agradezco su buena onda hasta acá.
- Ahora bien... Hablemos ahora sobre usted... – propuso Gregorio, al tiempo que daba cuenta de quesos, fiambres y otras cosas que en platitos adornaban la mesa – No me diga que alrededor suyo no hay nadie que satisfaga su necesidad de amistad...
- Sí... Tengo muchos amigos, pero ya sus conversaciones me resultan aburridas...
- ¿Y su esposo...? – interrogó él, mientras que casi se atragantaba con los maníes, aturdido de su propia osadía al hacer esta consulta.
- Esperaba la pregunta... – respondió mirando largamente el horizonte sobre el río – Quizás deba saber que soy viuda... Mi esposo, un gran tipo, falleció hace ya unos cinco años, dejándome una conveniente fortuna que no me permitirá pasar privaciones durante el resto de mi vida. No hemos tenido hijos. Con los parientes de él mantengo una relación, no mala, pero poco fluida. Ellos tienen sus propias fortunas. Como le decía al principio tengo una buena cantidad de amigos. Desinteresados y de los otros. Sinceros unos y codiciosos otros. Quizá sea un poco apresurado, pero me gustaría saber, hipotéticamente, de que lado estaría usted en caso de que mutuamente nos brindáramos nuestra amistad...
Sonrió Gregorio tomándose un tiempo para contestar.
- Debo suponer que nuestro encuentro tiene aspecto que puede continuar por un rato prolongado... – pensaba cada palabra que iba decir – Así que me pondría del lado de los buenos... Por otra parte, si me pusiese del otro bando, no se lo contaría...
Mientras ella esbozaba una suave risa, el ruido atronador de un avión que pasó sobre ellos para aterrizar en el aeropuerto vecino, cortó momentáneamente la conversación.
- Muy bien... Muy sincero lo suyo... – la dama comenzó a ponerse de pie – Si no tiene inconveniente, me gustaría que me llevara de regreso a mi hogar...
Llamó al mozo y quiso pagar él, pero ella no se lo permitió de ninguna manera. En el camino de vuelta conversaron acerca de sus propios gustos musicales, de cine (Gregorio solo iba al cine cuando hacía compras en los hipermercados, que no era a menudo), sobre pinturas (él no sabía nada), de deportes populares (de esto, era ella la que no sabía nada) y terminaron riéndose uno de otro. Así llegaron a la puerta enrejada de la mansión. Ella preguntó cuanto debía del viaje y puso al remisero entre la espada y la pared. Elida notó la turbación del hombre. Entonces sacó la billetera, extrajo dinero de ella y se lo puso en el bolsillo de la camisa de Gregorio.
- Creo que con esto alcanza para el viaje y la espera... Si no es así, se lo pagaré la próxima vez... Y si sobra, la próxima vez paga usted... – dijo la mujer guardando su billetera.
- Sabe que no debería cobrar el momento agradable que he pasado, pero en la agencia me cobrarán la comisión...
- No me diga más... – respondió suavemente y se despidió – Yo llamaré... Adiós y nos vemos...
La última visión que tuvo de ella, fue cuando cruzó la gran puerta de entrada. Arrancó Gregorio su auto en un estado de euforia. Se fue pensando que esto merecía un auténtico festejo para agasajarse por la nueva amistad. Cuanto hacía que una mujer no lo consideraba como un amigo. En la agencia solo tenía compañeros de trabajo y la mayoría pesados bromistas. Y ahí no tenía más remedio que estar todo el día y todos los días. Esto era diferente.
Metió la mano en el bolsillo y sacó el dinero que le había puesto la dama. Era más que suficiente para pagar el viaje y aun mucho más para una buena y opípara cena. Recordó que en el camino de vuelta existía una cantina bien puesta para comer mariscos hasta hartarse, algo que hacía rato quería disfrutar con avidez.
Al día siguiente llegó a la agencia casi sin poder sostenerse por la pesadez de las comidas y bebidas consumidas la noche anterior. No hubo digestivos, ni sales efervescentes que lo aliviaran. Saludó con una inclinación de cabeza y se derrumbó en uno de los grandes sillones.
- Me dijo la chica de la noche que menos mal que llamó para avisar que se "cortaba", porque estabamos extrañados por su tardanza... – la señora de la mesa inició una conversación - ¿Buen viaje, no...? Digo por el importe que "cantó"...
Gregorio no se atrevió a abrir la boca por temor a que se escapara todo lo que tenía adentro. Pero no le quedó más remedio que hacerlo.
- Sí... Estuvo bueno de verdad... – se sentía tan bien que su alegría compensaba su malestar estomacal.
- A propósito, Gregorio... Tiene una reserva para las siete de la tarde, a la misma dirección de ayer... Llamó una señora y pidió que fuera usted.
Después de escuchar esto, el hombre si se hubiera hinchado más por el orgullo, seguro que hubiera explotado toda su ropa como el increíble hombre verde de los "cómics"
- ¿Dijo adónde va a ir...? – preguntó.
- No... Pero debe ser el mismo viaje de ayer o parecido porque me dijo que quizás tendría bastante espera.
- ("Ojalá que así sea...") – pensó y calculó que faltaban unas doce horas para el encuentro.
Doce horas de un día que a pesar de haberse movido con varios viajes. Pareció no pasar nunca. Tanto pensó en la atractiva Elida, que casi se olvidó de almorzar. Más, su apetito era insaciable. Se detuvo en una "panchería" donde - a manera de comida rápida y liviana - deglutió una media docena de Superpanchos y una gaseosa grande. Cuando casi llegó la hora, decidió pasar por su casa para cambiarse de ropa. Un rato después estaba pulsando el portero eléctrico de la reja de la mansión.
- ¿Quién es...? – dijo la voz metálica del oro lado.
- Del remis...
- Empuje la puerta y pase... – lo sorprendió el pedido. Quizá él debía esperar en el lugar de acceso a la casa.
- Voy a esperar en la puerta... Gracias...
- No, señor... Está todo bien... Pase...
("Bueno. Si debía ser así.")
- Un segundo... Voy a cerrar el auto y vuelvo.
- ¿Está con auto...?
(“Y, sí... ¿Qué soy...? ¿Un remisero a pie...?”)
- Cuando se abra el portón de la derecha, entre el auto y estaciónelo en la playa...
Cuando llegó al lugar del estacionamiento, observó que había una buena cantidad y variedad de vehículos. Aunque el suyo no desentonaba, los otros se veían, muy nuevos, impecables. No se tomó el trabajo de cerrarlo con llave y se dirigió a la puerta de entrada de la casa. Una vez allí tocó nuevamente el timbre y apareció una de las mucamas que lo invitaba a pasar.
Y ahí estaba Elida, espléndida en su informal vestido floreado, largo y ajustado para resaltar sus curvas.
- Hola, Greg... – se acercó y lo besó en la mejilla – Sé que está trabajando, así que este es un viaje con total espera... – mientras ella lo tomaba del brazo, él se sentía de nuevo en el brete de si debía cobrar el viaje, o no.
- Pase, que va conocer a unos amigos... – ella lo invitó con mucha amabilidad.
A medida que fueron introduciéndose en la casa, Gregorio rápidamente miraba curioso su formato. Un gran salón con dos escaleras semicirculares que llevaban al piso superior ("una para subir y otra para bajar, ja..." - rió para sus adentro), le pareció de películas. Pasaron a otro ambiente que era una gran biblioteca coronada por un hogar apagado y muchos sillones. Estaban una docena de personas, entre mujeres y hombres. Y lo que enseguida le llamó la atención, es que eran todos obesos. Un poco menos, tanto, o más que él. Conversaban todos entre ellos, animadamente cuando la dueña de casa los interrumpió.
- Señoras, señores... Él es mi amigo Greg... – y no se molestó en nombrar a los demás, quienes desde lejos, asintieron saludando con la cabeza, o simplemente agitaron su mano.
- Estos son parte de los que le hablé ayer... – dijo la mujer a manera de aclaración - Hay más en la piscina...
Recorrieron varios pasillos y desembocaron en un gran estancia con una inmensa pileta de natación. Otra vez se repitió la misma escena. Otros gordos, otra presentación (más elevada la voz para tapar el sonido de la música ambiente) y las mismas respuestas como saludos.
- ¿Un aperitivo...? – invitó la señora de la casa y fueron a un barcito en un rincón de la gran habitación. Puso una copa en la mano de él y tomó una para sí.
- Salgamos al jardín... – no le daba tiempo a hablar a Gregorio – Hasta que todos se preparen para cenar... Debo suponer que no me va a desairar si lo invito...
- Lo que usted ordene, señora... – puso énfasis en esta última palabra, haciéndole notar que era una broma.
Cuando regresaron al interior de la casa, lo hicieron por la entrada a un gran comedor, donde en una larga mesa ya estaban ubicados todo el resto de los invitados. Solo quedaban libres, el asiento de la cabecera y otro a su lado. En cuanto se ubicaron, el grupo de mucamas, empezaron a traer platos y más platos, de las comidas más diversas. Elida solo probó unos pocos bocados de cada plato, pero el resto, no dejaba ni migajas. Y Gregorio no sabía que hacer. Si acompañar a la dama en su mesura ó comer a la par de los desaforados. Optó por lo primero para no quedar mal con la dueña de casa. Muy a pesar suyo.
- ¿No desea algo de lo que ve...? – expresó Elida con un acento extraño.
- No, gracias... Así está todo bien... – contestó él, aguantando la mirada de ella – La suficiente comida y poca bebida...
Pasó un buen lapso, en los que ellos siguieron conversando, para que el resto de los comensales quedaran prácticamente tirados, repletos de tanto comer. Ya nadie hablaba, después de los postres.
- Vayamos a tomar un café... – le dijo en voz suave la anfitriona y se levantó de mesa haciendo caso omiso al resto.
Él la siguió como el paje a su reina. Camino por dentro de la casa hasta llegar a una puerta batiente que empujó para ingresar a la cocina, de impecable limpieza. El personal ahí reunido, que descansando en derredor de una mesa, amagó ponerse de pie al verla.
- No... Está bien... Está bien... – exclamó la dueña de casa – Solo venimos a tomar un café con ustedes... Josefina, excelente la comida... Muchas gracias...
Una de las chicas se había apresurado a servir los dos pocillos con café en un mostrador con grandes banquetas que existía en un rincón. Mientras él prefirió permanecer de pie, ella se montó en uno de los altos asientos.
- Bueno... Estos que has visto son parte de la gente que normalmente me rodea... – inició Elida esta parte de la conversación, tuteándolo, lo que de alguna manera, agregaba más confianza al trato entre ellos – En estos momentos, muchos de ellos, estarán durmiendo la mona tirados en algún sillón y otros estarán buscando algo más para comer o tomar. Algunos son insaciables...
- Una duda que me gustaría despejarme...
- Sí... Ya sé... – se adelantó ella – ¿Por qué son todos gorditos...? Hay una razón especial que más adelante la vas a conocer... Pero por ahora conformate con saber que no noto la diferencia en lo físico con otras personas... Además, aparte de los glotones que la mayoría son, también es gente de buen talante, inteligentes, alegres y de buena predisposición... Al igual que vos...
- Bueno... Gracias... – lo dejó sin palabras.
- Josefina, haga preparar mi habitación... – se dirigió nuevamente a la mujer que parecía ser la encargada de todo.
- Elida, si desea descansar, me retiro... – dijo él optando por una actitud caballeresca.
- No... Por favor... No te retires aun... Tomemos otro café... – en la mirada de ojos claros de ella hacia sus propios ojos, Gregorio sintió algo raro.
Trató de bajar la mirada, pero no pudo.
- O mejor... ¿Por qué no me acompañas a tomar una copa de champagne...? – la invitación era una orden.
- Sí... Por supuesto... Como no... – no sabía que decir.
- Josefina, mande una botella de champagne a mi habitación.
Empezó a andar y Gregorio detrás de ella. Atravesaron la casa por un lugar donde no se cruzaron con los otros invitados. Mientras recorrían la mansión, la mente de Gregorio trabajaba a destajo tratando de descifrar que estaba sucediendo, pero estaba tan embotado por la situación que no lograba coordinar ideas. Solo entendía que debía ir detrás de ella.
Por la parte trasera de la casa, subieron escaleras hacia el piso alto. Desembocaron a un pasillo en cuyo otro extremo se veía el balcón que unía las dos escaleras de la sala principal. A ambos lados del pasillo, una cantidad de entradas a recintos que imaginó dormitorios. Abrió una de esas puertas y accedieron a una cámara, en donde lo primero que llamaba la atención, era un gran lecho redondo que coronaba la habitación.
Pero, por ahora, a Gregorio le interesó más una mesa rodante en la que habían trasladado champagne, unos pequeños sándwichs, saladitos y otras delicias. Más esto tampoco le duró mucho.
La dama tomó posesión de la escena cuando se volvió y se detuvo frente a él y sin decir nada comenzó a desvestirse, despacio y con elegancia, arrojando el vestido y quedando con una pequeña prenda blanca que apenas cubría su intimidad y que contrastaba con el bronceado de su piel. Lo abrazó a Gregorio y se dejó llevar a la cama por el hombre, quien a su vez, fue dejando el reguero de sus ropas y calzado. Él tomó delicadamente, todo lo que ella le ofreció. Se amaron hasta que brillaron de sudor y pronto ambos alcanzaron sus objetivos con aullidos de placer. Nunca se puso reparos a la corpulencia de él. Después ella se quedó dormida y él se quedó admirando a la desnuda Bella Durmiente, hasta que después de un rato, esta despertó.
- Siempre tuve un talento especial para dormirme con luz, música, cámara y acción... – trató de justificarse la dama con un gesto gracioso. Creyó Gregorio que había llegado otra vez el momento de sacarse las dudas.
- Quizá ahora me quieras decir la respuesta a lo que me intriga... – dijo de corrido, como queriendo sorprenderla.
Ella puso una mano sobre la boca de él y respondió con aire misterioso.
- Hay una razón especial para mí que no te puedo decir por ahora, pero cuando llegue el momento y estemos lejos te lo diré... – expresó mirándolo profundamente y continuó – Pero para compensar, te daré otra sorpresa. Si tienes el tiempo necesario, podremos ir a visitar a tus padres un par de días. Compraré dos pasajes de ida y vuelta en avión, nos alojaremos en un gran hotel y alquilaremos un auto para ir hasta la finca de tus padres... Por favor, dime que te parece bien...
A pesar de la sorpresa, el instinto de Gregorio ya maquinaba a mil por hora. La agencia le debía muchos días que no se había tomado francos. Así que decidió aceptar con todo deleite.
- Muy bien... Yo me encargaré de todo... – manifestó sonriendo la mujer.
Ella se volvió a acercar haciéndole sentir la seda de su cuerpo desnudo, excitándolo, abrazándolo y besando sus labios para que el erotismo no decreciera.
Por un par de días no tuvo noticias de ella y no se atrevió a llamarla. Una tarde sonó el celular de Gregorio y su corazón empezó a latir con fuerza cuando vio el número de la mansión en la pantalla.
- Hola... – solo atinó expresar él.
- Greg, ya tengo todo arreglado... – la voz sonaba muy entusiasmada y a la vez excitada de emprender lo desconocido – El día viernes a las siete de la tarde, partiremos en el vuelo 2121 desde el Aeroparque. Como hoy es miércoles, tendrás tiempo de arreglar todo lo tuyo y avisar a tus padres. Nos encontraremos en el aeropuerto, una hora antes de la partida...
- Te pasaré a buscar, porque dejaré el coche en la playa de estacionamiento del Aeroparque... – se ofreció como caballero que era.
- No es necesario... Debo terminar unos trámites en el centro e iré directamente al aeropuerto... Y te contaré el porque de los amigos voluminosos... Un beso grande y piensa en mí...
Y cortó. Sí, cortó. Dejando a Gregorio con las palabras en el borde de sus labios. Claro que pensaría en ella. Con mucho fuego interior, pero también con mucha curiosidad por las circunstancias que llevaba toda la trama.
Comenzó otra tensa espera que tuvo que soportar Gregorio mientras pasaron esas horas para volver a reunirse con la mujer que le hizo sentir nuevamente lo que era el amor. Avisó en la agencia de remises que dejaría de trabajar a partir del mediodía del viernes hasta probablemente el lunes o martes a la mañana, según cuando regresara.
Y también sentía por dentro el hormigueo de ser la primera vez que iba a volar en un avión. Por fin llegó el día. Desde la jornada anterior, ya tenía preparado un bolso (recién comprado), con todas sus pertenencias que llevaría. No mucho. Solo para tres días. Los nervios y el trajín de los últimos preparativos, hicieron que el almuerzo haya sido escaso en comparación del que hacía diariamente. Lo importante era el horario. A las siete de la tarde despegaría el avión y a las seis era la presentación preembarque. Hasta el aeropuerto, tardaría más o menos una hora (era viernes, mucho tránsito). Con salir alrededor de las cuatro y media, tendría bastante tiempo para llegar tranquilo.
Así lo hizo. Faltaban unos minutos para la esa hora y ya estaba en el auto repasando mentalmente para no olvidarse nada. Plata y documentos llevaba. El resto iba todo en el bolso. Y se puso en marcha. Tal cual lo previsto, la cantidad de vehículos era importante. Por las dudas, y en la tranquilidad del horario, manejaba con mucho cuidado. Sorteó rápidamente el puente de acceso a la Capital (por suerte, no había piquetes). Para adelantarse un poco al resto del tráfico, tomo por la avenida de la Costanera Sur.
Como una nueva forma de canto de una sirena para él, el aroma de los puestos de "choripan", le resultó irresistible. Miró su reloj y calculó que todavía tenía tiempo porque se había adelantado en sus previsiones. Así que podría dar cuenta de un par de sándwichs. Bajó del auto, hizo el pedido y una vez que tuvo el "choripan" en una mano y un vaso de vino en la otra, se acomodó otra vez detrás del volante. Repitió esta operación un par de veces. Mientras comía observó que delante de su coche se detenían dos policías patrulleros en motos. Consultó la hora en ese momento y vio que eran más de las cinco y media. Sabía que estaba relativamente cerca, pero le quedaba el tiempo justo.
Sin poder con su genio fue hasta el puesto y pidió un "choripan" más, que iría deglutiendo por el camino. Volvió al auto con la comida y después de sentarse, la dejó sobre el tablero en tanto se ajustaba el cinturón de seguridad. Tomó nuevamente el sándwich, mientras ponía en marcha el motor y arrancó el auto. Le dio el primer mordisco y una mezcla de jugo de chimichurri y grasa caliente cayó sobre su pecho. Pegó un salto y soltó el volante justo cuando se movía el vehículo.
Lo que ocurrió después, fue un pequeño impacto, pero lo suficiente para volcar una de las motos de los policías, que se derrumbó pesadamente sobre la otra, cayendo ambas en el medio de la calzada. Frenó bruscamente y enseguida se encontró rodeado por los dos policías y muchos curiosos. Al tiempo que Gregorio no salía de su asombro (y de su quemadura), los uniformados trataban de volver a poner verticales sus pesadas máquinas. Con la ayuda de otros comedidos lograron su objetivo. Primero revisaron las posibles roturas u otro tipo de daños. Conversaron entre ellos y después se volvieron hacia Gregorio.
- Documentos... – dijo uno de ellos de mala manera.
- Por favor, oficial... Tengo que tomar un avión en el Aeroparque en media hora...
- Sí, pero primero vamos a solucionar esto... Registro, cédula verde y seguro... – habló el otro.
Gregorio manoteó la billetera y empezó a sacar lo pedido. Otras cosas caían sobre su falda. Uno de los policías tomó la documentación que le alcanzaba.
- Pierdo el avión... – dijo con un hilo de voz.
- A ver el pasaje...
- No... Lo tengo en el aeropuerto...
- Baje del auto, abra el baúl y ponga las manos sobre el capot... – le ordenó el que llevaba la voz cantante.
Como para enloquecerlo más a Gregorio, empezó a sonar su teléfono celular.
- ¿Puedo atenderlo...? – preguntó.
- Un minuto, nada más...
De otro lado de la línea, escuchó la calidez de la voz de Elida.
- ¿Qué pasó...? ¿Te has arrepentido...?
- NO...! No... Estoy acá en el Centro con un pequeño problema que enseguida solucionaré...
- No creo que llegues a tiempo... Así que te cambiaré el pasaje para el próximo vuelo y te esperaré ansiosa en Mendoza, en el Gran Hotel... – y otra vez lo dejó con las palabras en la punta de la lengua.
Mientras un policía revolvía todo el baúl, el otro confeccionaba un acta con todos los datos del hombre para el seguro. El tiempo se le escapaba rápidamente y los trámites parecían no acabar nunca. Quizá porque no abrió más la boca o por su pinta de gordo bueno, le devolvieron sus documentos, más una recomendación.
- Le recomiendo ir hasta la comisaría y hacer una exposición sobre lo sucedido. Para su compañía de seguro cuando haga la denuncia... – fue lo último que dijeron los policías que ya estaban montados en sus máquinas y se alejaban.
Había perdido mucho tiempo (el reloj ya marcaba las siete menos cuarto), ni siquiera vería al avión partir.
De cualquier manera apuró la marcha a través de las calles aledañas al puerto para llegar lo antes posible. Allá a lo lejos, Gregorio podía ver ya los terrenos iluminados por las luces de la pista del aeródromo. Justamente donde se iniciaban estas instalaciones, el semáforo detuvo la marcha de nuestro hombre. No importaba ya, tendría tiempo. Estaba en la primera fila rodeado de un sinfín de vehículos.
El aeropuerto dejaba ver, a la izquierda, la pista que se perdía en la profundidad de la noche, donde apenas se apreciaba allá en el fondo el movimiento de las aeronaves. Ya una de ellas venía deslizándose veloz por la ancha cinta de cemento. Pero Gregorio no le prestaba atención, sumido en sus propios pensamientos ("¿Se habría enojado Elida por su demora...? Se enteraría al llegar al destino que los uniría nuevamente...").
Levantó la cabeza, porque algo malo, algo que estaba por causar destrucción, comenzaba a suceder. El avión que venía carreteando con todas las luces encendidas, desde el fondo de noche y que debía levantar vuelo, no lo hizo y después de romper el cerco perimetral del aeropuerto, se arrastró de panza cruzando la avenida, lanzando un intenso alarido y un chisporroteo de muchos colores. El pájaro metálico, muy herido, pasó por delante de los coches detenidos. Chocando y arrastrando a otros automóviles que habían ingresado desde la avenida transversal.
Gregorio y todos los demás conductores y sus acompañantes, como si estuvieran en un cine, vieron como el largo aparato se partía en dos, arrojando y desparramando a sus ocupantes por calles y veredas, rompiendo todo a su paso para detenerse en un montículo de tierra formado en la vereda opuesta y explotar en llamas. Algunos automovilistas movieron sus coches tratando de escapar ante la posibilidad que el siniestro se extendiera. Otros, como Gregorio, bajaron dejando sus propios vehículos y corrieron hacía alguna parte, sin rumbo, tratando de ayudar a las víctimas. A lo lejos ya se empezaban a escuchar sirenas. Gregorio corrió como pudo hacía el fuego donde se veían figuras ardiendo. Llegó hasta donde le permitió el calor y otra explosión lo hizo retroceder.
Como fantasmas iluminados por las llamas, quienes habían alcanzado a saltar se desplazaban por el predio. Llegó Gregorio hasta un lugar donde encontró a un hombre abrazado a un niño, ambos chamuscados y con las ropas hechas jirones. Los animó a incorporarse y a retirarse a un lugar más seguro. Volvió en un intento de ver si encontraba a alguien más. Por encima del crepitar del fuego se escuchaban los ayes de dolor que venían desde lo que quedaba del avión incendiándose. Nuevamente se aproximó hasta donde el calor ponía coto. Trataba de ver si alguien más necesitaba su ayuda, cuando otra inmensa explosión lo arrojó para atrás, haciéndolo rodar hacia la calle.
Las primeras autobombas y las primeras ambulancias del propio aeropuerto, trajeron los bomberos y médicos que empezaron a atender a los heridos que encontraban, y entre ellos, hallaron a Gregorio, quien al principio fue confundido por su estado lastimoso, con uno de los accidentados. Mientras lo alejaban en una camilla de la alta temperatura que producía el incendio, se le clavó una rara sensación de incertidumbre y alcanzó a preguntar.
- ¿Tienen idea adónde iba ese avión...?
- Sí... Cuando veníamos para acá nos informaron que se trata del vuelo 2121que iba para Mendoza... – le informó el hombre de blanco alzándose de hombros.
Gregorio cerró apretadamente los ojos.
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Antonio que también tenía los ojos cerrados, los abrió prontamente, porque sentía un fuerte calor que lo envolvía con el aroma particular de combustibles quemados. Sin embargo, nada a su alrededor era capaz de elevar la temperatura ambiente hasta ese punto.
- “Fue una visión realmente dantesca... ¿Verdad...?” – preguntó el hombre extraño.
Preocupado, Antonio miró todo lo que lo rodeaba, pues nuevamente parecía no haber transcurrido el tiempo. Cosa que confirmó al mirar su reloj.
- El hombre obeso estaba allí... – la curiosidad lo llevó al remisero a preguntar – ¿Y la mujer...? ¿Estaba en ese vuelo...? ¿Cuál era el misterio de las personas gordas...?
El hombre extraño solo se limitó a encogerse de hombros.
- “Quizás en algún momento saquemos más conclusiones... Pero por ahora deberás dejar ese elemento que tienes en la mano y tomar el siguiente...”
Esta vez Antonio tuvo la precaución de mirar que hora era, para luego comparar. Soltó la pieza que decía "GULA" y tomó al azar una de las que quedaban, sin prácticamente mirarla. Esta tenía una forma extraña de pez. Al girarla en su parte inferior estaba escrito: "ENVIDIA".
Aca va el segundo de los cuentos de "En el nombre del Remise". Perdon por la tardanza... Si lo publicado hasta ahora, alguien lo leyó, y fue de su agrado, por favor dejen un comentario. Aun falta seis cuentos más...
PEREZA: (del latín piglitia):
Flojedad, descuido o tardanza en la acción o movimientos. Negligencia, tedio o descuido en las cosas que estamos obligados.
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Pedro, como todas las mañanas, golpeaba con sus manos la mesita de luz en la oscuridad, tratando de acertarle al despertador que trinaba sin cesar. Sin abrir los ojos, su mujer a su vez lo golpeaba a él para que callara ese bochinche infernal. Escuchó el llanto de su pequeño hijo justo en el instante en que la palma de su mano apretó con toda fuerza el botón para interrumpir el accionar de las campanillas. La mujer se levantó, tomó a la criatura y con ella en brazos se dirigió a la cocina a calentar el café que había preparado antes de acostarse. Sabía que ahora vendría la misma "ceremonia" de todos los días. En el modesto departamento, no era necesario alzar mucho la voz para hacerse escuchar entre los diferentes ambientes. Pero a ella esto no le importaba.
- Vamos...!!! Levantate...!!! – gritó mientras se debatía en tratar de calmar el llanto del pequeño (que, por supuesto, se asustaba más con los alaridos) y con una mano sola, alcanzar la caja de fósforos, sacar uno, encenderlo, girar la perilla de la cocina, encenderla y colocar la cafetera sobre la llama.
- Pedro..., Pedrito... – le dijo ahora a su marido con voz más suave, ya que el niño se había vuelto a dormir, desde el marco de la puerta del dormitorio.
Pero pudo más su natural impaciencia. Dejó al niño (que nuevamente comenzó a llorar) en su corralito que hacía de cuna, revoleó por los aires la sábana y la frazada que cubría a Pedro, lo tomó del pijama y lo arrastró fuera de la cama. La grotesca figura del hombre, entre dormido y despierto, tratando de ponerse de pie desorientado, casi le sacó una sonrisa a la joven mujer. A los tropezones, queriendo embocar las pantuflas que se resistían, Pedro caminó hasta el baño. Al abrir la puerta se enfrentó con la imagen que le devolvía el espejo del botiquín. La mata de cabellos revueltos sobre la cara de sueño con los ojos hinchados, no le causó buena impresión, así que metió la cabeza debajo de ducha de agua fría que abrió para, de paso, sostenerse de la llave. Sabía que estaba salpicando todo el baño, pero no le importó. Más tarde Carmen, su esposa, se encargaría de limpiar todo como todos los días. Salió del baño y en el dormitorio tenía toda la ropa que usaría ese día, arriba de la cama. Se vistió sin ninguna clase de apuro y en la cocina encontró a su esposa con el niño en brazos mirando los noticieros de la mañana de la televisión. ("Más asaltos, más secuestros, más muertos... Bah... Lo de todos los días..."). El desayuno estaba servido sobre la mesa. Sorbo a sorbo como saboreando cada trago, dejo atrás el café con leche mezclado con algún pedazo de pan con manteca. Cuando terminó, besó a su mujer, a su pequeño y salió del pequeño departamento. Recorrió las pocas cuadras hasta donde iba cada día a buscar el auto que le servía de empleo y que un vecino le daba para trabajar.
- Che, Pedro... Mirá la hora qué es... Cada vez venís más tarde... Y cada día traes menos de recaudación... – le reprochó el dueño del auto, con justa razón.
- Bueno, don Carlos... Lo que pasa es que hay poco trabajo... – se quiso justificar Pedro.
- Mira, Pedro... No sé que pasa, pero mejor ponete las pilas... Y a ver si hoy lavas el auto de una buena vez.... – cortó la conversación el hombre al tiempo que retornaba a su casa.
Pedro arrancó el auto y miró el indicador de gas que no estuviese marcando la luz roja de la reserva. (Más tarde, si tenía ganas, revisaría el agua y el aceite) Por ahora todo estaba bien. Unos cuantos minutos después llegó a la agencia. Dio un paso dentro del local y empezó a escuchar la voz de la encargada.
- Pedro, a ver si viene más temprano... – le dijo de mala manera la mujer y agregó – Y no se duerma en los viajes... Ah, y lave el auto...
Dio la impresión que el joven no había escuchado absolutamente nada, ya que se derrumbó en uno de los sillones, tomó una de las viejas revistas que "adornaban" la agencia y se ocultó detrás haciendo que leía. Uno a uno de fueron yendo los colegas que estaban antes que él y llegando otros. En un momento determinado se asomó en el cuadro de la puerta una anciana señora.
- ¿Tiene auto...? – le preguntó a la encargada.
- Sí, señora... – le contestó esta – ¿Hasta dónde viaja...?
- Hasta el Centro, cerca del Obelisco...
- Muy bien, señora... Pedro... ¿Puede llevar a la señora...? – parecía una pregunta, pero era como una orden.
Pedro que había escuchado la conversación, y dado que los viajes al Centro le caían mal por el intenso transito que había a esa hora, mencionó algo como justificativo para no ir. La encargada no tuvo ningún reparo en fijarse quien continuaba en la lista de los turnos y decirle que llevara a la pasajera. Después de todo, cualquiera quería hacer un viaje largo que aseguraba un buen importe en pesos, salvo a Pedro con sus pocas ganas de hacer las cosas. No tardó mucho en aparecer un señor elegantemente vestido con un portafolio en una de sus manos
.
- Buenos días, señora... Un auto, por favor... – dijo con voz grave y amable.
- Como no, señor... ¿Hasta dónde va, señor...? – la mujer lo atendió con máxima deferencia.
- Voy hasta Adrogué, pero necesito que me espere un rato y me traiga otra vez. ¿Puede ser...?
- Sí, como no... – dijo la encargada y volviéndose se dirigió al hombre que estaba tirado (ni siquiera sentado) en el sillón - Pedro, lleve al señor...
Pedro que había escuchado toda la conversación desde atrás de la revista que cubría su cara, pensó en tanto se levantaba...
- (Menos mal que no agarré el viaje al Centro. Y encima a este hay que esperarlo, así mientras podré tirarme un "apolillo"...)
Pausadamente, Pedro fue tomando por las calles y avenidas que lo llevaron al destino señalado por el elegante hombre. Salvo alguna indicación de cómo llegar hasta el lugar a que se dirigía, no se cruzaron palabras. Tampoco la apatía de Pedro hacía de él un gran conversador. Ya estaban dentro de la localidad fijada, cuando el señor le indicó:
- En la primera a la derecha, en la mitad de cuadra sobre la derecha...
El lugar estaba poblado de grandes chalets y hermosas residencias, que convertían el barrio en un lugar muy especial.
- En esa casa misma... ¿Me va a esperar, no...? – dijo el caballero mientras se disponía a descender.
- Sí... ¿Cuánto va a tardar, más o menos...? – le mencionó Pedro como al pasar.
- Más o menos una media hora... – le expresó a través de la ventanilla abierta del acompañante.
Al tiempo que se arrellanó en su asiento preparándose para dormir un rato, el joven vio como el señor tocaba timbre (posiblemente un portero eléctrico) y abría la puerta accediendo por un pasillo a la enorme casa que solo se podía ver, no más allá de las plantas que la rodeaban. Sintonizó la radio en una emisora con música y puso el volumen para que apenas se escuchara.
Prácticamente enseguida se quedó dormido y siguió así por un prolongado tiempo. Esto no le permitió ver como, aproximadamente a la media hora, el hombre salió de la casa y cuando se dirigía a subirse nuevamente al coche, fue abordado por cuatro individuos que se abalanzaron sobre él y golpeándolo, lo introdujeron en otro vehículo que estaba estacionado con el motor en marcha detrás del remis de Pedro. Quien, a su vez, seguía durmiendo acostado, tan acurrucado, que tuvo la fortuna de no ser visto por los maleantes. Pero la que había visto todo lo sucedido era la vecina. Sí, esa vecina que no tiene otra cosa que hacer que estar espiando por una de las ventanas de su casa en cada momento del día. Y lo mejor que hizo fue llamar a la policía.
A Pedro lo despertó el sonido del escándalo a su alrededor. Instintivamente miró el reloj y vio que había pasado más de una hora desde que su pasajero descendiera. A partir de ahí, lo que pudo ver a su alrededor era algo semejante a una serie de televisión (de esas policiales que le gustaba ver). Prácticamente a su lado, a través de la ventanilla divisó a un agente de la policía departamental que empuñaba con las dos manos una pistola (que le pareció enorme) apuntando en dirección al suelo, y que le estaba gritando, algo así como una orden.
Pedro se fue levantando despacio en su asiento, tratando de no causar una reacción violenta en el hombre armado. Cuando ya casi estaba bien sentado, erguido en la butaca, miró en torno a él y no pudo dar crédito a sus ojos por lo que sucedía.
La tranquila calle, en ese momento, estaba transformada en un pandemonio de cámaras de televisión (algunas lo apuntaban), montones de policías, cintas de distintos colores que no permitían el paso de los curiosos por la zona.
También alrededor del auto estaba colocada una cinta que no dejaba pasar a nadie, salvo a aquellos investigadores que estaban trabajando agachados buscando cosas en el piso o en el auto, sin tocarlo. Cuando ya era la tercera vez que le gritaba, le entró en el cerebro lo que decía el gigantesco personaje vestido de pantalón oscuro y camisa celeste sobre la cual resaltaba el chaleco antibalas con inscripción "Policía".
- Abajo...!!! Las manos sobre el techo...!!! Las piernas separadas...!!! – le vociferaba mostrando el arma que no lo apuntaba, pero que podía causarle mucho daño si el individuo se lo proponía. Mientras bajaba del auto con las manos en alto, Pedro observó por encima del hombro del policía, más policías que parecían atentos a cualquier extraño movimiento suyo.
Empezó a balbucear frases en tono de preguntas o justificativos antes de llegar a apoyarse en el coche. Pero no bien lo hizo, manos expertas comenzaron a recorrer su cuerpo cacheándolo en busca de algo sospechoso. De sus bolsillos pronto salieron su billetera con sus documentos y la poca plata que había hecho hasta ese momento, el llavero con las llaves de su casa, el pequeño teléfono celular y un par de pequeños y sucios papeles donde alguna vez anotó alguna dirección o algún teléfono junto a un viejo ticket del supermercado.
- Las manos en la espalda...! – expresó el hombre cuando terminó con el registro. Pedro obedeció (no le quedaba otra que hacer) y sintió un dolor cuando le ajustaron las esposas. Sin muchos miramientos lo obligaron a darse vuelta. Entonces se encontró cara a cara con una figura vestida con un elegante traje (a pesar del tiempo que denotaba su uso). La blanca camisa con el botón de arriba desabrochado, desde donde caía una corbata de color claro. El susto que Pedro tenía, hicieron pasar por alto todos estos detalles. La cara de la persona que lo estaba mirando a los ojos, mostraba una suave sonrisa que se contraponía con los gestos adustos de los que lo rodeaban.
- Muy bien,... – miró el documento que tenía en su mano -... Pedro. Me vas a decir rápidamente que hacías aquí...
La mente de Pedro estaba demasiada abotargada de pensamientos e ideas para poder coordinar una frase coherente. Y de pronto estalló.
- Soy remisero y vine a traer a un señor a esa casa... –quiso darse vuelta para señalarla, pero fuerte manos lo sujetaron.
- ¿Y cómo era el hombre...? – dijo el de civil.
Pedro trató de describir al que había sido su pasajero, con la mayor cantidad de detalles que intentaba recordar.
- Traje gris, o algo así. Camisa, corbata... Ah... y un portafolio... – le transpiraban mucho las manos – Entró en esa casa y me dijo que lo esperara, más o menos, media hora... No sé nada más...
- ¿No tenía algún detalle en especial? ¿No estaba nervioso? – insistió el hombre de la ley.
- No... No... - contestó Pedro al tiempo que hundía la cabeza entre las piernas ya que las esposas no le permitían hacer otro movimiento.
- Bien, González... Llévelo para la comisaría y déjelo demorado hasta que llegue el fiscal y decida que hacer con él... – ordenó el hombre de la corbata clara.
Un colega y acompañante se le acercó, al tiempo que formulaba una pregunta.
- ¿Qué le parece...?
- Que es un "perejil"... Llamá al número de la agencia y confirma si realmente existe y si trabaja allí... – y encendió su décimo cigarrillo negro de la mañana.
Pedro tuvo que pasar el resto del día por un montón de interrogatorios hasta entrada la noche en que alguien decidió su liberación. Preguntó por el auto y le informaron que el propio dueño lo había retirado. Con las pocas monedas que le quedaban, hizo un llamado para tranquilizar a su esposa y el resto le sirvieron para regresar a su casa. Al abrir la puerta del departamento, se encontró con la figura de su mujer que por encima de la cabeza del bebé, lo miraba en silencio, como si fuera otro interrogatorio. Y sí que lo era. Cerró la puerta con un fuerte golpe.
- No tengo nada que ver..! Lo llevé hasta donde me pidió y me dijo que lo esperara. Y me dormí hasta terminar en la comisaría...
La mujer se adelantó hasta abrazarlo sin decir palabras, pero demostrando su adhesión a la inocencia de Pedro. El abrazo fue largo y doloroso. Después de estar un buen rato así juntos, el hombre se desnudó totalmente y se metió debajo de la ducha para sacarse esa sensación de mugre que le había quedado después de todo lo sucedido. Salió del baño y a pesar de lo hambriento que estaba, se derrumbó en la cama, y como ya era su costumbre, se quedó profundamente dormido. La joven, también como lo hacía siempre, lo terminó de acomodar entre las sábanas
.
De pronto Pedro abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras y todo era silencio, salvo el suave ronronear del sueño de su esposa. El reloj le mostraba que había dormido un rato largo, pero que aun falta bastante para que sonaran las campanillas. Encendió la luz tenue del velador y se percató que no estaba puesta la alarma para que repiquetearan. Sonrió pensando en que su esposa asumió su cansancio y decidió dejarlo dormir un poco más.
Pero la sonrisa enseguida dio paso a un gesto de preocupación, por todo lo que traería como consecuencias, lo sucedido.
La policía que no lo dejaría en paz por ser el único testigo. El dueño del auto, que quién sabe si se lo volvería a dar. Y si así fuera, en la agencia si quisieran volver a que trabajara allí. Los vecinos, los pasajeros, la gente que lo miraría a él con un gesto de sospecha por haber estado ahí.
Corrió la palanca de la alarma y después de quedarse un largo espacio de tiempo mirando el cielorraso, cayó nuevamente en un profundo letargo. Cuando atronó el despertador comenzó la rutina de todas mañanas, pero esta vez con diferencia que todo lo hizo con más velocidad y más orden.
Ni Carmen, su esposa lo podía creer. En el momento de desayunar puso en la televisión, uno de los noticieros de esa hora. No tuvo que esperar mucho para que desde el aparato un joven señor elegantemente vestido, con un micrófono en la mano, dijera que "aun no se habían encontrado ningún indicio de la persona secuestrada".
Un sentimiento de culpa corrió por el cuerpo de Pedro, a pesar de su inocencia. Como de costumbre cuando los informativos no tienen otra cosa, continuaban exhibiendo imágenes del día anterior en las que se veía a Pedro cuando era interrogado y luego llevado al lugar de detención. Lo que no se aclaraba era que había sido dejado en libertad.
Le dio un beso a su pequeño hijo, uno muy largo y profundo a su esposa y salió a enfrentar el mundo que lo rodearía. Don Carlos, el dueño del auto, se sorprendió fuertemente al verlo cuando abrió la puerta de su casa.
- Pedro... Pensé que todavía te tenían adentro... – fue su comentario para recibirlo.
Y Pedro nuevamente tuvo contar todo con lujo de detalles desde que salió de la agencia hasta que lo liberaron.
- Pero en la televisión no dicen nada que te largaron... – don Carlos tenía un dejo de desconfianza.
- Bueno... Pero es así... - Pedro ya estaba demostrando su impaciencia – ¿Puedo llevar el auto para trabajar...?
- Bueno, por mí no hay problema... Eso sí... Revisale el agua, el aceite y lavalo... Y trata de no meterte en más quilombos, que no tengo ganas de andar buscando el auto por las comisarías.
Así Pedro llegó a la agencia donde fue recibido por sus compañeros como una "estrella" de la televisión. Trataba de contestar la avalancha de preguntas, debajo de la montaña de brazos que lo palmeaban.
- Pedro, la policía primero nos llamó y después vino a averiguar sobre tu vida y ese viaje en especial... Querían saber sobre tu forma de ser y la mayoría le contaron todo sobre u pereza crónica... – le comentó la dueña de la agencia en cuanto pudo liberarlo del cerco que formaban los otros choferes. Que no paraban de hacer sus propias crónicas, y cuando no, una que otra "cargada".
- Así que te agarraron "apolillando"... Era lógico...
- Y en la comisaría... ¿Los otros presos te dejaron dormir...? – las repuestas eran grandes risotadas que proferían ellos mismos.
- ¿Y ahora que vas a hacer...? – lo interrogó la mujer desde atrás del escritorio.
- Por ahora, trabajar... Porque sino no comemos... – contestó. Y apuntando al aparato de televisión preguntó - ¿No viste si apareció el tipo...?
- No... Creo que no lo encontraron todavía...
- Bueno... Cuando me toque, dame un viaje, así me saco un poco la mufa que tengo encima...
No pasaron más de diez minutos, cuando le salió un viaje a Capital. Lo que no notó era que un auto que llevaba arriba a tres tipos, de aspecto poco amistoso lo empezó a seguir a una respetable distancia. Así todo el día. Cuando esperaba en la agencia, no podía sacarse de la cabeza el tema del secuestro. ("El tipo subió acá porque vive cerca... O no... ¿Y si lo tuvieran por acá cerca...?"). Estos pensamientos, hicieron que de pronto recordara a un compañero de la escuela, que hoy era uno de los "capo" más pesado que había en el barrio de emergencia del fondo del Partido.
Hizo unos viajes más y le pidió permiso a la mujer de la mesa para "cortarse". Rápidamente llegó hasta una de las calles que rodeaba la "villa". Una banda de chicos, algunos con sucias y rotas zapatillas y otros descalzos, jugaban al fútbol en el medio de la calzada. Más allá una barra de adolescentes tomaba cerveza a la sombra de un frondoso árbol. Pedro estacionó el auto junto a ellos que lo miraban con curiosidad hasta que un par de ellos se levantaron y se acercaron al vehículo.
- Morocho... ¿Hay un diez para la "birra"...? – dijo uno apoyándose en el marco de ventanilla.
- Ando buscando al "Caño" Miguel... – fue la contestación de Pedro, aguantando la mirada del muchacho.
- ¿Sos amigo del "Caño"...? – algo fue cambiando en la expresión.
- Sí... – seca la respuesta.
- ¿Sabés dónde vive...?
Pedro solo asintió con la cabeza.
- Pasá... Pero acordate que estamos acá... Dejá el auto que nosotros te lo cuidamos... – expresó con una mueca parecida a una sonrisa antes de volver a sentarse con el resto de sus amigos.
Pareció que era dejar la oveja al cuidado del lobo. Pero no quedaba otro remedio. Caminó por los pasillos entre las precarias viviendas. Recordó la casa de aquella vez que se ratearon de la escuela y fueron hasta allí para buscar "guita para ir al cine". Se habían hecho buenos amigos hasta que el "Caño" tomó para el lado de salir a "apretar" gente. El mismo "Caño", lo hizo separarse de él.
Hasta entonces, Pedro siempre trató de ayudarlo, ya sea, invitándolo a la casa de sus padres a comer, otras veces con ropas –algunas usadas, otras nuevas– y en alguna oportunidad le tiró un "mango" también. Pedro golpeó la puerta de una casa que por sus mejoras, sobresalía un poco sobre las demás. Sin abrirse mucho la abertura, se asomó el rostro apergaminado de una anciana.
- ¿Está Miguel, señora...? – preguntó el joven.
- ¿Quién lo busca...? – interrogó a su vez la mujer.
- Pedro... – esta sola palabra dijo.
Y el "Caño" salió de detrás de puerta abriéndola de par en par. Se unieron fuertemente en un largo abrazo, como dos hermanos que hace mucho que no se ven. Esto era así.
- Pedro... Que sorpresa... Pasá... Seguro que no venís simplemente de visita... – le dijo mientras acomodaba un par de sillas junto a la mesa – Abuela... ¿Hay una cerveza para un amigo...? – y la viejita desapareció detrás de una cortina.
- Miguel... Necesito un favor... – comenzó Pedro.
- Lo que necesites... – lo interrumpió su amigo.
- Tengo que encontrar al tipo que secuestraron o los que lo secuestraron, así aclaro mi situación y me sacó de encima a la policía que me viene apretando... – y le contó todo desde que apareció ese hombre en la puerta de la agencia hasta que volvió hoy mismo a trabajar.
- Mirá, Pedro... No tengo ni idea de quienes pudieron haberlo hecho. Por otro lado, sabés que no se puede "deschavar" así nomás a los que hicieron el trabajo.
- Miguel, te pido por favor... Creo que ni mi señora me cree que soy inocente... Y menos la policía... No quiero volver a pasar otra noche en la comisaría y menos en una cárcel, por algo que no tengo nada que ver... – expresó Pedro casi llorando, en el momento que la anciana dejaba una cerveza y dos vasos sobre la mesa – No es para hacerles problema... Solo quiero decirles, que digan de alguna manera, que yo no tengo nada que ver con el secuestro...
- OK, Pedro... Espera hasta mañana... – el "Caño" llenó los dos vasos, le dio uno a Pedro y lo animó a brindar... – Ahora la abuela te va acompañar hasta el auto, por las dudas... Y no te duermas...
Al día siguiente, Pedro estaba dormitando en el frente de casa de una pasajera. En el momento que esta dio un portazo luego de subir, el joven volvió a la realidad y entonces se percató de una pequeña hoja de papel que habían colocado en el limpiaparabrisas. Al principio creyó que era un folleto de propaganda, pero notó hasta donde se veía que no tenía nada escrito. Se bajó un momento del auto y lo tomó. Leyó una dirección que había allí escrita y más abajo la advertencia: "Anda solo".
Dejó transcurrir el resto del día hasta bien entrada la tarde. Ya tenía localizada la calle después de haber consultado la guía de calles y hasta allí fue. El barrio era un barrio común de los alrededores de la ciudad. Con sus casas bajas, matizadas con alguna más próspera. La mayoría con fuertes rejas contra la inseguridad. La casa de la dirección anotada tenía un frente de piedras con una cubierta de tejas, dejando un cuidado jardín al frente. Las luces públicas rompían la oscuridad de la noche. No se veía a nadie circular por estas veredas.
A Pedro le entró la indecisión de qué hacer. ¿Qué iba decir? De cualquier manera, no se quería quedar sentado dentro del vehículo, porque se sabía capaz de no resistir a quedarse dormido. Al fin tomó una determinación. Tocó el timbre desde el portón de rejas de hierro. Allá se abrió apenas la puerta y se asomó el rostro de una bella señora de mediana edad.
- Perdón, señora... Sé quien está de visita y me gustaría hablar con el dueño de casa... – dijo Pedro tratando de no levantar mucho la voz.
La mujer cerró nuevamente la puerta y al cabo de unos instantes se volvió a abrir mostrando en su marco un individuo de un físico desarrollado vestido con ropas deportivas. Miró con desconfianza hacia ambos lados.
- No se preocupe, señor... Estoy yo solo... – Pedro estaba apoyado en las rejas, tomando con ambas manos, la parte más alta que alcanzaba, en una actitud de rendición y a la vez indicar no estar para nada armado.
Lentamente el hombre se empezó a acercar al lugar donde estaba el muchacho. El hueco de la puerta de la casa fue cubierto por otro sujeto. A medida que el sujeto se aproximaba, Pedro notó un gran bulto en su cintura que no dejaba lugar a dudas de que se trataba. Se detuvo a unos tres pasos antes de llegar al portón llevando la mano hasta debajo de la campera.
- Decime qué querés, porque no te conozco... – dijo con una voz suave que no condecía con su físico y actitud.
- Sé a quien tienen de visita en la casa y quiero hablar con el que manda... – a medida que articulaba las palabras, Pedro se sorprendía de su propia voz.
- A ver... Date vuelta para el lado de la luz... – dijo el tipo y el joven se movió lentamente - Ya sé quien sos vos... El remisero que estaba durmiendo...
Pedro asintió con la cabeza al tiempo que trataba de tragar saliva y le era imposible. El hombre sonrió malamente y miró otra vez para todos lados.
- ¿Cómo llegaste hasta acá...?
- Eso no importa... Déjeme pasar que necesito hablar con el que esté al mando de todo esto. Por favor... – esto último como una forma de convencimiento.
Un rato más tarde Pedro estaba de pie en la sala de la casa frente a otro individuo que, sentado en un sillón, daba la impresión de ser el jefe. Una inmensa cicatriz en forma de "L" cruzaba su mejilla izquierda. Detrás de él, la mujer que lo atendió primero, bebía alguna cosa, apoyada en el respaldo del asiento.
- Dos cosas quisiera saber... Quién te mandó hasta acá... Y qué querés acá... ¿No serás poli....? – expresó de mala manera el maleante mientras jugueteaba con un arma.
- Lo primero no lo puedo decir, pero es un amigo... No, no soy de la policía... Soy remisero y justamente vengo a pedirle por favor, que cuando se comunique con alguien le diga que yo no tengo nada que ver...
El secuestrador se rió por lo bajo.
- Ya no me importa quien te mandó hasta acá... – y dirigiéndose a sus secuaces les ordenó - Métanlo con el otro... Después veremos que hacemos con él...
Pero los malhechores antes de encadenarlo en un pequeño baño, le pegaron una bestial paliza para que confesara quien más sabía de este escondite y pudiera localizar la casa.
- Vamos a apurar el cobro del rescate con lo que sea, así lo largamos al viejo, y al pibe lo tirás en la tosquera... – dispuso el que llevaba la voz cantante.
Tirado en el suelo con las manos atadas al caño de desagüe de la pileta, Pedro dentro del dolor que tenía todo su cuerpo por los golpes recibidos, pensaba como había llegado a meterse en esta situación. De pronto todo se sacudió con una serie de estruendos, tiros, golpes de puertas, gritos, ordenes en voz alta. Y otra vez silencio. Que se rompió cuando tiraron abajo la puerta del baño.
Momento en que casi estalla el joven corazón de Pedro. A esto hubo que agregarle la aparición de dos figuras vestidas totalmente de negro hasta el pasamontañas que solo dejaba sus rabiosos ojos. Las armas que empuñaban y que lo apuntaban, dejaron de hacerlo y los ademanes de tranquilidad que le hacían, le hizo reconocer quienes eran.
Lo soltaron de sus ataduras, solo para llevarlo a otra comisaría (otra vez en un patrullero y otra vez volvió a dejar solo el auto con el que trabajaba). En la dependencia policial, lo curaron, alguien le comentó que lo habían seguido todo el tiempo, porque equivocadamente desconfiaban de él. Que habían liberado al secuestrado y que la banda, aparentemente, estaba toda apresada. "Que el extenso brazo de la ley, etc., etc.". Casi llegaron a mimarlo antes de largarlo en medio de una nube de periodistas.
Escapó como pudo y como pudo llegó hasta su hogar. Donde su mujer (y acaso, también su pequeño hijo), lo esperaban con más tranquilidad y alegría. A pesar de los sufrimientos pasados, durmió como un niño. Sin culpas y sin arrepentimientos. Cuando amaneció se sentía de buen ánimo. Después de la rutina diaria de higiene y desayuno, fue hasta la casa del dueño del coche, a buscarlo nuevamente, ya que sabía que este lo iba a recuperar en la noche anterior. El hombre al verlo venir, lo encaró de mal humor.
- No, pibe... No estoy para bancarte todos los despelotes que te metés a cada rato... Así que tratá de conseguirte otro auto... O mejor, otro trabajo... – y sin decir más se metió dentro de su casa.
Desalentado, Pedro siguió caminando hasta la agencia. Cuando llegó, otra vez tuvo que soportar las bromas e interrogatorios de sus colegas.
- ¿Vas a trabajar...? – lo interrogó la mujer desde detrás del escritorio.
- No tengo más auto... No me lo quiere dar más... Así que si saben de alguno, avísenme... – le respondió en tanto se tiraba en uno de los sillones, como queriendo disipar algún cansancio del alma, más que físico. Se empezó a quedar dormido, cuando de pronto algo lo sobresaltó.
Levantó la vista hacia el televisor en el momento en que el conductor del noticiero decía...
"Gracias a la acción de un remisero fue desbaratada la banda de secuestradores que tenía en su poder al importante empresario Aníbal Chávez Losada y por el cual pedían una cifra millonaria como rescate. La familia en agradecimiento por haber sido liberado el señor Chávez, sano y salvo, gracias a la intervención del remisero, le entregarán a este, el monto que ofrecían como rescate a quien diera algún indicio. Monto que asciende a la no despreciable suma de trescientos mil pesos."
Pedro empezó a sentirse mareado ya que no podía dar crédito a lo que acababa de oír. Su grito de inmenso júbilo fue tan grande que se perdió en el espacio.
Pero ese grito no llegó nunca hasta una casa perdida en el campo donde un individuo con una inmensa cicatriz en forma de "L" que cruzaba su mejilla izquierda hacía planes para tomarse revancha contra ese remisero inútil que arruinó sus planes.
Ni hasta una casa en un barrio de precarias viviendas, donde su morador pensaba en ir a buscar una parte de la recompensa. “Y que no se hiciera el loco de querer negársela...”
- - - - - - - - - - - -
Sin salir aun de su abstracción, Antonio escucho la voz del hombre extraño como en una letanía.
- “Ahora ya has visto la segunda de las estaciones...” – pareció como si lo que expresó, le hubiese fluido de una total armonía interna – “Ahora te invito a tomar otro elemento...”
Antonio, por un momento, quiso resistirse a cumplir lo que parecía más una orden que una invitación. Pero dejó el cilindro achatado de decía "PEREZA" y tomó el objeto que parecía un escarabajo, lo giró y miró lo que estaba grabado.
El hombre extraño lo miró en forma interrogante.
- “Dilo sin temor...” – le garantizó mentalmente.
- "GULA"... – exclamó Antonio, ahora con más curiosidad que temor, a sabiendas de lo que ocurriría. La luz lo envolvió...
A raiz de un inoportuno corte de luz, la introducción a los cuentos y el primer cuento, salieron fraccionados. Asi que, todo empieza con el titulo "El extraño y los siete pecados" y finaliza mas arriba donde dide final del cuento. Perdon y gracias por leer. Quito
Encendiendo la luz del velador, Fernando se sentó en la cama.
- Pa, contame que te pasa...
El hombre lo miró a los ojos a su hijo, mientras que en sus pensamientos trataba de armar todo lo último sucedido y recién cayó en cuenta de todo lo que le había pasado. Se sentó en el borde de la cama y con mucha vergüenza, buscó de emplear las palabras adecuadas.
Comenzó desde el momento de aquel día en que llegó a la casa y no encontró a nadie. La sorpresiva visita que recibió y lo que tuvo que vivir, o que creyó vivir. Y de esto, instantes después no había pasado nada. Le narró como lo habían chocado y luego asaltado y que luego apareció amarrado a la cama de hospital, o algo parecido. Y ahora volvía a aparecer en su propia cama. En su relato, Ignacio tuvo siempre revoloteando en su mente, la imagen de la pasajera/enfermera, sin embargo, no le pareció necesario o adecuado mencionarla.
- ... y ahora no sé ni siquiera en que día vivo. – terminó con su relato.
- Bien... Hoy es miércoles trece y me da la impresión que no pudiste tener tiempo real para vivir todo lo que me contaste. – le dio el joven su parecer.
(Miércoles trece, pensó Ignacio) Entonces faltaban cuatro días para ir a buscar a la enfermera al Aeroparque.
- Pa... Hablando con toda sinceridad... ¿Tu mal carácter no tendrá que ver con todas estas fantasías o imágenes con que te ves atado a camas?
- No lo sé... Pero trataré de cambiar.
En ese momento se tocó la nuca y volvió a sentir el dolor del golpe.
- Pero, ¿me asaltaron y me golpearon, no? – fue una pregunta para él mismo. Prácticamente sabía la respuesta del hijo.
- ¿Cuándo y cuánto te robaron...? Te repito que no hubieras tenido tiempo para todo. – fue la contestación que esperaba. El hombre se levantó como con un resorte, fue y volvió rápidamente del dormitorio. Al regresar traía un puñado de dinero en sus manos. El joven en gesto de amistad puso un brazo alrededor del hombro de su padre.
- ¿Ves que no han robado nada? Pensalo bien y tratá de cambiar, o en serio, te vamos a tener que llevar a un psiquiatra... – le aconsejó el muchacho – Y ahora vamos a dormir el rato que nos queda.
Por supuesto, Ignacio no pudo volver a cerrar los ojos. Así, un rato antes de la hora que lo hacía todos los días, se levantó, se duchó y después de desayunar marchó a la remisería.
Apenas ingreso al local, su primera mirada se dirigió al almanaque que estaba sobre la pared y donde se cambiaba diariamente la fecha. Era la misma que le había dicho su hijo.
Saludo afablemente a la señora que estaba en la mesa de recepción y luego a sus propios compañeros. Todos le correspondieron el gesto de la misma manera.
- Don Ignacio, ¿cómo anda del golpe que se dio en la nuca...? – se interesó uno de ellos.
Se tocó en la zona afectada y se percató que además del dolor que experimentaba, se le había formado un chichón.
- Bien, creo... Gracias... – titubeo porque no sabía como preguntarle al otro remisero, de que manera se había enterado. – ¿Cómo sabe que me he golpeado...?
- ¿No se le cayó el capot en la cabeza? Yo estaba en viaje, pero me contaron los muchachos...
- Sí, pero quedé medio aturdido y no me acuerdo, ni siquiera, quien me atendió. – pensó que era una buena justificación.
- Yo siempre le digo: “Don Ignacio, arregle el soporte del capot que un día le va a romper la crisma.” – intervino la encargada – Y al final casi lo mata.
Por más empeño que ponía, Ignacio no podía recordar de todo lo que le manifestaban. Sin embargo, en su cerebro rondaba que lo habían asaltado y que era un hospital donde despertó. También le parecía recordar que él cumplió con el horario de su turno, pagó la comisión diaria y se retiró. Empero, no rememoraba haber llegado a su casa.
- Don Ignacio, por favor, hoy no se olvide de pagarme la comisión. Ayer con el asunto del golpe, se me fue y no pagó. – lo distrajo la señora, coincidiendo con sus pensamientos.
- ¿Cómo que no pagué...?
- No. Acá está la planilla de ayer...
Él recordaba que sí, lo había hecho. Nunca le había sucedido algo así. Empezó a pensar que la imaginación le jugaba una mala pasada. ¿Qué era verdad y qué era producto de su imaginación? Sospechó de una conspiración, pero era casi imposible. No tendría sentido. Hasta llegó a divagar con extraterrestres que lo llevaban de un lugar a otro.
Sin embargo, tomó la decisión de dejar todo como le contaban y esperar a no experimentar más esa doble vida.
- Como anda medio desmemoriado, le recuerdo que el domingo tiene la pasajera esperándolo en el Aeroparque. – le informó la encargada.
- Sí, gracias... – volvió a su mente la enfermera. (“¿Cómo? ¿No era que ya había regresado?”)
A partir de entonces todo cambió. El trabajo y la buena voluntad que puso de manifiesto para no volver a estar irritable con sus colegas y los pasajeros, sumado a que en su casa todo se había alterado para mejor, ya que ahí vivían en un ambiente de absoluta cordialidad y afectos mutuos, hizo que los días le pasaran rápidamente hasta llegar al domingo.
Trató de llegar al Aeroparque un rato antes de la hora fijada. Pensaba en dejar el auto en la playa de estacionamientos, pero antes transitó lentamente frente a las puertas de la aerolínea por la que viajaba su esperada bonita y simpática pasajera. Era su intención comprobar si había arribado, y aun así, se sorprendió al verla en una de las salidas, de pie con su valija junto a ella.
Detuvo Ignacio el automóvil junto al cordón y le hizo señas para que advirtiera su presencia. Cuando ella se percató, él descendió del vehículo y se acercó a saludarla. Cargó la valija en el baúl y partieron.
Comenzaron a conversar, no bien él tomó por la avenida Costanera.
- ¿Cómo está...? ¿Perdón, cómo es su nombre? – preguntó la dama.
- Ignacio...
- ¿Cómo está, Ignacio?
- Por suerte, me siento muy bien. Me ha sucedido un montón de cosas esta semana. Y quizá, espero, no vuelva a tener más reacciones de ira.
- ¿Qué le pasó...? ¿Se puede contar...?
Le contó las fantasías que consideró haber vivido como en una mala película. Luego le narró lo que le dijeron que había pasado en realidad y que él no recordaba. Inclusive le mencionó la aparición de ella misma en una de sus figuraciones.
- Bueno... Me causa alegría y satisfacción que sueñe conmigo...
(“Y con su perfume...” – pensó Ignacio)
A partir de ese momento, el resto del viaje, fue una charla agradable hasta el domicilio de la mujer.
- Ignacio, cada vez que necesite viajar, voy a pedir por usted... – dijo con determinación – Veo con mucho agrado que verdaderamente ha cambiado. Será hasta la próxima...
De pie en la vereda donde recibió su equipaje, la pasajera/enfermera le dio un beso en la mejilla del hombre y desapareció en su casa.
Ignacio subió a su automóvil y se alejó con una sonrisa de quien se siente auténticamente bien.
Reunidos en una importante confitería de una importante avenida, la mujer de Ignacio, sus hijos y algunos compañeros de la agencia, sonrieron complacidos y se estrecharon las manos, junto a la “enfermera”, quien en realidad era estudiante de psicología y el falso médico.
- Espero que esto le sirva de lección para que deje, para siempre, de estar violento... – dijo Fernando, el mayor de los hijos del remisero.
- Carlos, menos mal que no lo lastimaron mucho tus amigos cuando lo asaltaron... – manifestó el hombre que representó al simulado facultativo al hijo menor.
- Y a vos, Roberto, gracias por representar tu papel de “médico” y por prestar tu casa para transformarla en un “hospital”... – le respondió el joven.
- Pero creo que el agradecimiento se lo debemos dar a nuestra amiga Lidia. – expresó la madre de los muchachos – Lo tuyo fue impagable. Tu falso viaje a Córdoba fue perfecto...
- Me hubiese gustado ir una semana a Córdoba y no ir y venir solo hasta el Aeroparque... – contestó la “enfermera” – Y disculpen si mi amiga se pasó en su actuación de “fantasía sexual”.
- Un poco de celos me causó... – dijo la esposa de Ignacio – Pero lo importante es que entre todos conseguimos dar vuelta su carácter. Gracias nuevamente y brindemos por ello – completó, abrazando y golpeando los hombros de sus hijos, en actitud de triunfo.
Todos alzaron sus copas, tazas o el recipiente de lo que estaba bebiendo, justo, en el mismo momento, en que por la doble puerta de vidrio de entrada de la confitería, ingresaba Ignacio con su rostro enfadado, rumbo a ellos...
- - - - - - - - - - - -
Antonio experimentó una sensación, como sí un pedazo de película terminara en forma inconclusa. Vio en su mano el elemento que recién acababa de leer: "IRA".
En su cerebro la voz del hombre extraño lo terminó de sacar de su sopor. Todo a su alrededor era igual. El tiempo, definitivamente, no había transcurrido nada más que lo que le llevó leer la palabra en la cosa que sostenía.
- "Has visto una de tus siete estaciones..." – la entonación que llegaba a la mente de Antonio, seguía siendo la misma, de absoluta paz, aun cuando ordenaba – “Abandona esa y toma otra...”
Antonio sin salir de su asombro por haber sentido que vivió algo para lo que no tenía tiempo material, dejó lo que tenía en una de sus manos y con la otra, tomó sin pensar una un cilindro achatado que se acomodó a la palma de su mano.
- "Bien... Lee en voz alta lo que esta grabado al pie..." – casi le ordena el hombre extraño.
Antonio primero leyó para sus adentro y luego se escapó por primera vez el sonido por sus labios frente al hombre extraño...
- "PEREZA"... – dijo con sumisión, antes que la luminosidad lo envolviera...