El extraño y los siete pecados
El extraño y los siete pecados
Ahí estaba él, como cada vez que Antonio transitaba por esa angosta avenida. Antonio creía que ahí estaba todos los días. Creía que únicamente no lo ha visto, en los días que llueve intensamente. La esquina donde siempre estaba, alguna vez fue una gran mueblería y con el tiempo se transformó en un gran baldío encerrado por una cerca de madera, de donde se descascaraba el papel de los carteles con la cara de algún político, alguna bailanta o lo que fueron las ofertas de algún supermercado.
Cada vez que se detuvo en el semáforo de esa esquina, lo observó durante casi el minuto que le dio la luz roja. El siempre estaba sentado en su silleta de patas de madera y – debió adivinar – un asiento de lona. A su lado había una mesa sobre la cual se apoyaban, siete u ocho elementos, que por lo visto, no interesaban a ninguna de las personas que caminaban presurosas por la avenida.
Su cuerpo delgado, estaba vestido siempre con un descolorido pantalón gris y una camisa blanca, que habría conocido mejores tiempos. Si bien, eran siempre las mismas prendas, le llamó la atención su austeridad y su aseo que le daban una sensación de señorío. Cuando lloviznaba o llovía levemente, se cubría con un impermeable, o bien, con una vieja campera cuando el tiempo se tornaba frío.
Pero lo que más tiempo le tomó para observarlo, fue el rostro del hombre. Definitivamente no era un rostro normal. (¿Qué es un rostro normal?). Su cabeza, totalmente calva se estiraba por encima de su nuca. Y como si fuera para compensar, su frente hacía un alero sobre el hueco de los ojos. Dos grandes cejas claras dejaban adivinar en el fondo de las cavidades, sus grises ojos, pintados arriba de dos esferas que parecían querer escaparse de las órbitas. Miraban y no miraban a ninguna parte. O quizá a algún recuerdo. Un paisaje, un hogar, una mujer. ¿Quién podría saberlo?
Sin embargo, era su prominencia nasal, lo que realmente era el motivo de la observación de Antonio, en cada oportunidad que quedó al alcance de su mirada. La nariz, que nacía de entre sus cejas, caía prácticamente recta, a plomo (no hacia delante), hasta encima de su boca. Pero desde su nacimiento, ya ancha, se va agrandando hacia los costados, formando la figura geométrica de un largo trapecio aplastado contra la faz, y de una gran base. Las fosas no se veían porque se perdían detrás de la dilatada carnosidad. Lo que dejaba la primera impresión, es que habría tenido un accidente o una brutal enfermedad. (¿O habrá nacido así?). Su boca era una delgada línea que coronaba un amplio mentón con una rajadura en el centro.
De cualquier manera, su cara irradiaba mucha serenidad y un dejo de aristocrática nobleza.
Y de toda su humanidad, solo daba señales de vida, su mano izquierda que mantenía extendida hacia delante, con la palma ahuecada hacia arriba, los dedos abiertos como un abanico abierto, efectuando un leve movimiento como sopesando alguna cosa. Los abundantes transeúntes, tampoco le prestaban importancia a este gesto.
En el momento que Antonio tuvo la oportunidad, prestó un poco más de importancia a aquello que había sobre la mesa y que no despertaba interés entre la gente.
Este, aparentemente era un viaje más. En su trabajo de remisería, muchas veces debía hacer viajes sin pasajeros, llevando sobres o pequeños paquetes. Y esto estaba haciendo en esta oportunidad.
Cuando estaba por llegar a la esquina del hombre extraño (por lo menos lo era para Antonio), un colectivo por delante de él detuvo su marcha ante la advertencia de la señal roja del semáforo, justo en el centro de la calzada. Con más intención de adelantarse al ómnibus, que de curiosear, se colocó entre el enorme vehículo público y el cordón de la vereda a la altura del singular personaje.
Pero esta vez, prestó un poco más de su curiosidad a las piezas sueltas que estaban en exhibición por encima del tablero cubierto por una tela negra. Rápidamente, porque no eran muchas, alcanzó a ver que solo había elementos de diversas formas. Una pirámide, una semiesfera, otras que parecían un pez o un escarabajo y, desde la distancia, algo con la forma difusa de un animal parecido a un pájaro. Desde su puesto de observación, a Antonio todo le pareció tener la apariencia de estar construido en mármol, o bien, un material similar.
Se encendió la luz verde del indicador de tránsito y con la torpeza que le daba el escudriñamiento, no avanzó con la suficiente presteza, sino que lo hizo un momento después que partió el colectivo, lo que le permitió todavía observar, por último, algo así como un reflejo extraño en cada una de las piedras.
Con la primera marcha de velocidad colocada, arrancó mezclándose en el torrente de automóviles que avanzaba por la avenida. Volvió a compenetrarse en el manejo y a pensar en el destino final de ese viaje y atrás quedó el recuerdo del hombre extraño y sus extrañas pertenencias.
Un par de días después, una media mañana, Antonio estaba sentado en su vehículo leyendo las noticias que traía el diario, al mismo tiempo que en el estéreo sonaban las melodías clásicas de la Radio Nacional.
- Tonio... ¡Tonio...! – Antonio no escuchaba el llamado de la recepcionista de la agencia de remise, por el sonido de la música.
- ¡Antonio...!!! – entonces ella le golpeó el techo del auto. El golpe sobresaltó al hombre.
- Hey... ¿Qué pasa...? – contestó arrugando el ceño.
- ¿Por qué no se queda adentro, como todos los demás choferes...? – le recriminó la mujer y solo recibió un bufido como contestación – Tome... Tiene que ir acá...
Le alcanzó un papel garabateado. Antonio leyó la dirección, al tiempo que la recepcionista regresaba a su puesto de trabajo.
(“Otra vez esta vieja al Centro, justo a esta hora con el quilombo que hay...”) – pensó el hombre. En el ínterin que ponía en marcha el motor de su auto, mentalmente hizo el recorrido que tomaría para evitar la aglomeración de tránsito a lo que se sumará, seguramente, el corte de los puentes y las calles por parte de los piqueteros.
Rápidamente recorrió las cinco cuadras hasta la casa de la pasajera que debía recoger. Otra cosa que le molestaba a Antonio, era tener que bajarse del auto a tocar el timbre en lugar de hacer sonar la bocina, porque sabía que no lo escucharían. Pero ya que estaba abajo, cuando salga la señora, le abrirá la puerta trasera para que ella ascienda. Sabía que esto producía siempre una buena impresión y quizá garantizará una buena propina. Por fin, apareció la dama muy engalanada y con un excesivo maquillaje. Cuando se acercó al auto la saludó con afectada cortesía.
- Buenos días, doña María... ¿Cómo está usted hoy, señora...?
La mujer contestó el saludo al tiempo que se arrellanaba en el asiento trasero del automóvil. Antonio volvió a su puesto tras el volante e inició el viaje luego de preguntar hasta donde irán para asegurar el destino. A partir de entonces intercambiaron pocas o ninguna palabra. Antonio, tiene muchos años de manejo de vehículos, de los cuales una buena cantidad son de remisero. Esto le permitía manejar casi por instinto, sin especular en ello y sumido en cualquier otro pensamiento.
Las calles van quedando atrás y Antonio fue considerando diversas cosas para sus adentro: (“¿Estará libre el puente...?¿Ese ruido en el tren delantero, será grave...? Esta misma tarde lo llevo al mecánico...”).
En el momento de desembocar en la angosta avenida que los llevará hasta al límite que separa la Provincia de la Capital, Antonio estaba acomodando la sintonía de la radio, de manera de escuchar la música y no molestar a la pasajera. Aprovechó que en ese instante no aparecía ningún vehículo y dobló ingresando a la avenida. (“Bueno... Parece que hay poco transito”) – calculó en su pensamiento. Aceleró la marcha y su mente retornó a ese ruidito que el tren delantero hacía otra vez. Raudamente se aproximó al semáforo en cuyo cruce estaba el baldío con la cerca de madera. La luz roja hizo que disminuya la marcha, pero no se detuvo porque la luz amarilla que se encendió transitoriamente, dejó lugar a la verde que habilitó el paso. La escasa velocidad con que atravesó la intersección, le dio tiempo a Antonio para buscar la presencia del hombre extraño. No está. (“¿Estará enfermo...?¿Le habrá pasado algo...”). El sol que brillaba en lo alto actúa como un “flash” en las retinas de Antonio y algo fuera de lo común le fue llegando al fondo de la mente. (“¿Qué es...?¿Qué está sucediendo...?”). No se veían personas por la avenida. Tampoco vehículos andando. Las veredas, los negocios, la plaza, el club se veían deshabitados (“Pero si siempre a esta hora hay muchas personas caminando por aquí...”).
- ¿Se fijó, señora...? No se ve a nadie en la calle... Ni siquiera autos andando... ¿Qué raro, no...? – miró por el espejo retrovisor buscando a la mujer que no se dignaba a contestarle. No la alcanzaba a ver y especuló que estaría dormida detrás de su asiento. Allá en el fondo de la avenida se veía el final de la misma donde deberá girar a la derecha y encarar la subida al puente. Sin razonarlo, fue aumentando la velocidad como queriendo escapar de un mal sueño. Ya alcanzaba la esquina a doblar y lo hizo con una brusca maniobra.
- Por favor, don Antonio... ¿Podría ir un poco más despacio...? – la voz de la mujer lo sorprendió, pero más se sorprendió, al ver por el espejo a la mujer sentada sobre la parte derecha del asiento trasero. Antonio balbució una disculpa, al tiempo que levantaba el pie del acelerador, no solo por el llamado de atención de la pasajera, sino por la cantidad de vehículos delante de él.
De reojo, miró las veredas llenas de personas que caminaban, esperaban en las paradas de los colectivos o tomaban sol sentados en las mesas de una cafetería.
Ya estaba encarando la subida al puente cuando divisó los primeros efectivos policiales y gendarmes, con sus impresionantes ropajes de seguridad, cascos y escudos, que causaban cierta aprensión y que se encargaban de desviar y canalizar el tránsito para que se formara una sola mano de ingreso a la Capital.
- Otra vez los piqueteros... – rezongó en voz alta con ganas de vociferar alguna palabra obscena, pero pensó en la señora que estaba ahí detrás. (“Bueno... Por lo menos se puede pasar...”). Por delante de su automóvil, un inmenso colectivo rojo, avanzaba resplandeciendo bajo el sol. (“Espero que esta bestia meta la trompa, así pasamos rápido...”).
Rebasó esa pequeña “tierra de nadie” entre los dos bandos y comenzó a contemplar disimuladamente, de costado, a los hombres encapuchados, armados con palos y a las mujeres que llevaban pecheras de fuerte color amarillo y que descansaban sus humanidades sentadas en los cordones de los senderos peatonales, algunas con pequeños niños en sus faldas, otras sosteniendo acaloradas pancartas y muchas empuñando termos en sus manos con los vertían el agua caliente para los mates. Todo este escenario, al que hay que sumar el incesante retumbar de los bombos, intimidaba interiormente a Antonio mientras duraba el cruce. Había pasado todo el tumulto y entonces continuó la marcha por la avenida que en la Capital recibía el caudal de autos. Otra vez ese ruido en el tren delantero. (“Me parece que es un rulemán...”), razonó olvidando todo lo que sucedió hasta hace no muchos minutos.
Pronto llegó al destino indicado y dejó a su pasajera. Cobró el importe del viaje (“No dejo un peso de propina, esta vieja llena de guita...”), saludó secamente y comenzó el regreso. Calculó en forma especulativa, hacer un poco más de camino e ir por otro puente (“No sea cosa que este lo cierren del todo...”). Un rato después, estacionaba nuevamente frente a la agencia de remises.
Cuando ingresó, luego de “cantar” el importe del viaje, les contó al resto de sus colegas lo vivido en el puente con relación a los piqueteros. De lo que cree recordar, respecto a lo que sucedió en la avenida (“Mejor no les cuento, porque sino me van a volver loco con las cargadas...”). Llegó el final del día de trabajo, saldó las diferencias con la agencia y después de pasar por la estación de servicios para completar la carga de los tubos de gas, Antonio regresó a su casa.
La ducha relajó un poco su cuerpo, sin sacarle el cansancio del día. Se miró en el espejo del baño que le devolvió su imagen de poco más de cincuenta años, una barriga que sin bien no es tan grande, crecía con un ritmo continuo. Después de todo no tenía un físico deficiente. Le sonrió al de la calva incipiente que le devolvió la sonrisa. Aprovechó la oportunidad para preguntarle si sabía que fue lo que pasó en la avenida. Y el personaje que está enfrente le contestó con la misma pregunta. Evidentemente, no era esta la forma de resolver lo que le daba vueltas en la cabeza. Mientras transcurrió la cena, una mezcla de milanesas con puré y monotonía diaria, decidió no referirle tampoco el incidente a su esposa ni a sus hijos. Un par de horas después, cerca de las once de la noche, como todos los días, se metió en la cama. No alcanzó a tocar la almohada y ya estaba dormido y roncando.
En algún momento de la madrugada, Antonio se despertó empapado por la transpiración, tratando de huir de un terrorífico sueño, del que ya mismo no recordaba de que trataba. Se quedó despierto en la oscuridad escuchando la respiración pesada de su esposa que dormía a su lado.
Miró el radio-reloj en su mesa de luz cuyo ojo luminoso indicaba que eran las 03:47. Luego de revolverse incomodo en la cama, meditó que aun le quedaba un poco más dos horas para dormir antes de levantarse. Trató de conciliar el sueño nuevamente y solo consiguió dar un montón de vueltas, hasta quedar otra vez boca arriba con los ojos inmensamente abiertos. Le volvía a la memoria, los hechos de la mañana anterior.
En especial, lo ocurrido en la angosta avenida. Ahora, a pesar de esforzarse en recordar, todo se hacía muy vago. (“¿Cómo dicen los policías en las series de televisión para que los testigos recuerden...? Cierre los ojos, ubíquese en el lugar el hecho y vuelva a revivirlo... Trate de fijarse en los detalles que se presenten...”).
Antonio cerró fuertemente los ojos y trató que su imaginación lo llevara a estar sentado detrás del volante de su auto y llegando a la avenida. Y entonces, se fijó que estaba desierta, que no venía ningún vehículo por ella en ambos sentidos. Veía las aceras desiertas de seres humanos y también de algún animal. (“¿Dónde están..? ¿Adónde fueron todos...? ¿Un accidente, un incendio...?”) A medida que se veía avanzando por la calzada hacia el final de la avenida, todo el paisaje era igual. El silencio era total y casi se escuchaba. Pero había un detalle que no puede recordar. (“¿Qué es...?”). Como si estuviese rebobinando una película o un vídeo, volvió a cuando retomaba la vía en cuestión. Ingresó a la avenida y mentalmente la recorrió otra vez, buscando algo que se le haya pasado por alto. Allí estaba el semáforo encendido en rojo, que pasó vertiginoso al amarillo y al verde. Descendió la rapidez del vehículo y antes de apurar de nuevo la marcha, miró al costado y todo se detuvo. El hombre extraño, tampoco se hallaba en el lugar de siempre. Lo que sí está, es la mesa con los exóticos elementos sobre ella. Sintió dentro de su cerebro, que la ausencia de ese personaje, dejando abandonado sus pobres pertenencias, tiene que ver con todo lo que ha sucedido.
Volvió a abrir los ojos y las imágenes retornaron a archivarse al fondo de su mente. Miró el reloj, que parecía burlarse, cuando le dijo que falta menos de una hora para que tuviese la obligación de levantarse. A pesar que la música (por supuesto, clásica de la Radio Nacional) no es estridente, lo sobresaltó despertándolo de mala manera. Se había vuelto a dormir y después sintió pesadez y pereza para levantarse.
Alrededor de las siete llegó de regreso a la agencia, para comenzar un nuevo día. Cuando ingresó saludó a la dueña de la remisería, que está allí sentada desde temprano.
- Antonio, vaya a buscar los chicos de “41-20”...
Así, solo con dar el número de la dirección, ya él sabía (al igual que todos sus compañeros) adonde tiene que dirigirse. Durante todo este viaje (no es lejos la escuela donde van los chicos), solo pensaba en esa mezcla de realidad, imaginación y sueño. Se concentró en que algo tenía que hacer para que algo más pudiera vislumbrar o intuir. (“Cuando tenga un viaje por la zona, me acercaré al hombre extraño... ¿Para qué...? No lo sé”) Un intenso dolor de cabeza es todo lo que tenía hasta ese momento. (“Y encima ese maldito ruido en el tren delantero...”). Después de haber efectuado cuatro o cinco viajes más, calculando la hora en que abre el taller, desde la puerta de la agencia “cantó” el importe del último traslado y agregó:
- Margarita, me “corto” un rato para ir al mecánico. Tengo que hacer ver un ruido que puede ser en el tren delantero. No creo que sea nada grave. Cualquier cosa la llamo por teléfono... – mientras se alejaba no alcanza a ver como la mujer asentía con la cabeza, en tanto que su pintarrajeado rostro maduro denotaba disgusto por no contar con un auto por, quién sabe, cuanto tiempo.
El mecánico salió de debajo del coche, bajó el gato que mantenía el auto en vilo y con un gesto de casi fastidio le dijo “que el inconveniente es solo un buje gastado, que no tendrá problemas y que si tiene tiempo vuelva el sábado que le cambiará el repuesto deteriorado”. Antonio bajó los hombros, aliviado porque no era nada peligroso y resignado por tener que convivir con ese ruido en el tren delantero hasta el día sábado. Dos días más. Para sacarse hasta cierto punto todo esto de la mente, pensó que lo mejor que podría hacer, era ir hasta la avenida e intentar descubrir algo que lo ayudara a comprender que sucedió el día de ayer.
En aquel momento condujo su auto un poco más veloz que de costumbre, hasta llegar cerca del lugar donde creía que pasó todo. Estacionó en una de las calles perpendiculares, ya que en la avenida estaba prohibido hacerlo y comenzó a caminar. Pronto dobló por la comercial arteria. Caminó por ella una, dos, tres cuadras. Nada raro, salvo la cara del gigante que se encontraba custodiando la entrada del supermercado de los chinos (¿o son coreanos?). Pero eso era otra cuestión.
Desde la mitad de la cuadra vio al hombre, cuya cara siempre le ha llamado la atención. A medida que se aproximaba, sentía como si su propio dolor de cabeza estuviera disminuyendo (¿Era esto una forma de alcanzar la paz interior?). Ya Antonio se hallaba cerca y observó que el hombre no cambiaba su actitud de siempre. La única diferencia que notó al llegar al lado del hombre, era que la mano que balanceaba hacia arriba y hacia abajo, tiene el dedo índice apuntando hacia el piso, como señalando algo en la vacía vereda. El remisero se detuvo junto a la mesa. Puso todo el empeño de su interés y curiosidad en las piezas que se hallaban sobre la misma.
Una leve y singular luminosidad rodeaba la base donde se asentaba cada uno, como linternas encendidas y puestas boca abajo. Cuando levantó una para observarla mejor, la luz se hizo más potente y el hombre extraño giró su cabeza en dirección hacia él y detuvo el movimiento de su mano izquierda.
De pronto como en un sueño, un mal sueño, todo desapareció alrededor de Antonio. Desaparecieron la gente, los autos. El sol desaparece y cambia todo por una noche sombría. Los animales –perros y pájaros – dejaron de estar ahí. Los muchos edificios –casas y comercios – que formaban el paisaje hasta donde alcanzaba la vista, pasaron a ser grises panteones que parecían formar un quieto y silencioso cementerio. El hombre extraño comenzó a ponerse pie y a adquirir una inusitada vitalidad. En el medio de la oscuridad, solo brillaba por sí mismo, el objeto en la mano de Antonio, quien no acertaba, entre ver esta luminosidad o la figura del hombre que ya parecía alzarse en un tamaño superior a la de él. Su propio sentido instintivo de supervivencia, hizo que arrojara el elemento que la blanca palma de su mano, aun alojaba.
Moviéndose con una rapidez que le causaba extrañeza a él mismo, dio la espalda al personaje y comenzó a alejarse al máximo de la velocidad que daban sus piernas, desandando el camino en dirección a donde había dejado su vehículo. Su mente confusa, solo captaba que en derredor suyo, todo era tenebrosidad. Corriendo como podía llegó hasta la esquina en la que debía girar para reencontrarse con su coche.
No había recorrido más de media vereda por la calle transversal, cuando se dio cuenta que nuevamente todo cambio. El sol estaba ahí, la gente caminaba por ahí, un perro ladraba y un pájaro cantaba. Los edificios habían recuperado sus colores desteñidos, pero que ahora le parecían de un alegre arco iris.
Volvió directamente a su casa y aquella noche no pudo cerrar los ojos. A cada momento revivía la escena junto a ese hombre.
Al día siguiente, se levantó temprano, tanto como para quedarse un buen rato viendo los noticieros de la televisión. Quería ver si encontraba en alguno de ellos, algo que hablara de las circunstancias extrañas que le había tocado vivir. Nadie mencionaba nada. Después de efectuar toda la rutina matinal de higiene y desayuno y aunque todavía era temprano, partió para la agencia de remises.
- ¿Qué le pasó...? ¿Se cayó de la cama...? – lo abarajó la dueña Margarita antes que él pudiese decir “Buenos días” - ¿Se siente bien, Antonio...?
- Si... No... No sé... ¿No dijo nada la televisión de algo que haya pasado por acá cerca...?
- Sí... Hubo un tiroteo grande para el lado de la villa que está para el otro lado de la vía. Parece que secuestraron a alguien “gordo” y la “poli” siguió al tipo que fue a buscar la plata del rescate. En la televisión hablaban de mucha “guita”. Mataron a dos de los “chorros”. Hubo dos “canas” heridos...
- No... Yo digo para el otro lado. Para el lado de Capital... – la interrumpe Antonio para que deje de hablar.
- No sé... Creo que no... No escuche que haya pasado nada importante, aparte de lo que le conté... ¿Por qué...?
- No... Nada... Nada... Por nada...
- Bueno, ya que está acá, sáqueme esta reserva. Vaya dentro de diez minutos a la casa de la señora de González, que va a tomar un ómnibus en Retiro...
Antonio salió a la calle en la fresca mañana y se quedó apoyado con codos en el techo de su coche. Por supuesto que lo de ayer no se quitaba de sus pensamientos.
Lo que tenía bien asumido, ya desde hace buen rato, es no volver a pasar cerca del hombre extraño.
- Antonio... Ya pasaron más de diez minutos... ¿Va a ir o no a lo de los González...?
No hubo nunca un sonido más estridente que lo sacase de su letargo y que lo hiciera reaccionar tan violentamente. Rápidamente se sentó detrás del volante y puso el motor en marcha. En un santiamén llegó a la casa donde le han indicado. La señora sola, con un pequeño bolso – donde debe llevar un poco de ropa – lo estaba esperando en la puerta. Cuando lo vio venir, se acercó al cordón de la vereda, mostrando con esta actitud su ansiedad y apuro por llegar a su destino.
- Buenos días, señora... ¿A Retiro...? – le preguntó Antonio no bien termina de cerrar la puerta del lado del acompañante donde se ha sentado la mujer.
- Sí... A la Terminal de Ómnibus... Mejor me siento adelante, para que no le hagan problemas... – le dice la señora.
- Si, gracias... Y, además, le voy a pedir un favor... Si me puede pagar antes de llegar...
- Sí... No hay problema...
Porque el problema es que si la policía o los inspectores municipales, detectaban que se trataba de un remis – sobre todo de la Provincia – lo harán pasar un mal rato, que terminará en el momento que un billete cambie de mano, por lo que el viaje dejará de ser redituable. La señora no ha parado de hablar desde que se alejaron de la casa. Primero fue el tema del tiempo y la meteorología, después el tránsito, más adelante sus vecinos, sus hijos y hasta su marido. Antonio cada tanto respondía con un monosílabo que daba pie a que la señora siguiera con su perorata.
Pero el remisero solo pensaba en los sucesos del día anterior. Reflexionaba que quizá debería volver al lugar con otra persona que lo acompañe. Quizá su propia mujer o alguno de sus compañeros. Podría ser que las cosas ahora no se repitieran, al acercarse al hombre extraño. O quizá la anomalía se reiterase y fueran dos, los que pasasen por la locura.
¿Pero cómo explicarle a su ocasional acompañante, por que debía acompañarlo hasta allí? De entrada lo tildaría de loco. Que su cabeza no funcionaba bien. ¿Volver solo? Eso sí que por ahora, ni loco.
- Don Antonio... ¿Le pago ahora...? – escuchó la voz de la dama a su lado.
Estaban detenidos en el semáforo al costado del “importante hotel de la zona de Retiro”, casi sobre la plaza que lo separa de las estaciones de ferrocarril.
- Sí... Gracias, señora...
Recibió el importe y se concentró en lo que quedaba del viaje. Debía dar la vuelta por la Avenida de los Inmigrantes, encarar la subida a la Terminal y dejar a la señora. Por suerte, cuando estacionó, los policías que estaban allí, en ese momento se encontraban entretenidos con otro vehículo. No bien la mujer descendió y cerró la puerta, aceleró la marcha para bajar y salir de la Terminal.
Puso rumbo de retorno a la agencia. Encaró por dentro de Puerto Madero y volvió pensando que pasaría si se desviaba lo necesario y pasaba por la angosta avenida. Pasar rápido y echar una mirada de costado. Si lo pensaba bien, no creía que pudiera pasar nada y podría ver una vez más al hombre extraño. Mientras pensaba en todo esto, ya se había desviado de su ruta a la agencia. Faltando poco para llegar, meditaba las alternativas de pasar rápido o más lentamente. ¿Qué le era más fuerte? ¿El miedo o la curiosidad? Cruzó el puente de Capital a Provincia y casi enseguida a la izquierda apareció la angosta avenida. La encaró velozmente, pero de a poco fue reduciendo la velocidad. Faltaban dos cuadras para llegar a la esquina del hombre extraño, cuando triunfó la curiosidad, su curiosidad. A pesar de la cercanía del ómnibus que venía detrás de él, pegado a su paragolpes trasero, dobló en la primera bocacalle a la derecha con toda violencia y frenó para estacionar en un lugar libre.
Descendió y cerró el auto dando un portazo (lo que no era su costumbre). Volvió andando hasta la avenida y se detuvo en la esquina. Esperó que pasara algo, pero todo seguía de la misma manera.
Continuó andando hacia donde estaba el hombre extraño, mientras miraba hacia todos lados, esperando que se produjera nuevamente aquel fenómeno. Nada. Llegó hasta la esquina que quedaba en diagonal con la otra donde estaba sentado el personaje. El paisaje a su alrededor no variaba de ninguna forma.
Aprovechando que no aparecía auto alguno, cruzó una de las calles con meditada lentitud. Observó en torno a él y vio a un señor tirando de la correa de un perro y a dos adolescentes con uniformes de algún colegio privado haciéndose arrumacos. Una señora cargada de paquetes y bolsas, se cruzó en dirección contraria dirigiéndose hacia donde él había dejado atrás.
Solo le quedaba esperar que la luz del semáforo tuviera la tonalidad verdosa para poder él atravesar la avenida. Por el otro lado la luz roja detiene los vehículos. Atravesó por delante de ellos, mirando a la cara de los conductores, como demostrando una fugaz autoridad sobre quienes están ahí detenidos.
Todo era tan fugaz que ya estaba delante del hombre extraño. Se detuvo como esperando un golpe que nunca llegó. Nada se alteraba. El hombre extraño levantó la vista en dirección de Antonio. Sus miradas se cruzaron. Antonio trataba de decir algo, pero su cerebro no le ordenaba a sus labios emitir sonidos.
De pronto oyó la voz del hombre con toda claridad y mesura, sin que este abriera la boca. No hablaba pero las serenas palabras llegaban a su mente...
“- Antonio, has regresado. A pesar del trance que has debido superar, tienes la valentía de enfrentar lo desconocido, lo que yo y todo lo que merodea representa para ti...”
Ni el hombre, ni Antonio frente a frente movían un solo músculo. La gente seguía pasando sin dar importancia a las quietas figuras.
“– Escucho el pensamiento de tu mente que dice que quieres saber como me llamo... – continuó el individuo – Solo sigue llamándome hombre extraño como cada vez que pasaste por esta vía o como hasta ahora...”
“Pero esa atracción hacia mí en cada ocasión que recorriste por esta marea de vehículos o el solo hecho de prestarme atención cuando todos pasan a mi lado sin siquiera mirarme, te dará la oportunidad de tener una recompensa...”
Antonio no puede evitar sentir un escalofrío que recorre todo su cuerpo cuando desafía los grises ojos del hombre.
“- Siento que estás dispuesto a saber que es lo que trato de decirte.”
“- Bien... Comenzaré... Delante de ti, sobre la mesa hay siete elementos distintos. Cada uno tiene la particularidad de concederte un deseo. Veo que te sorprende gratamente esto. No, no estás soñando... Es la realidad, otra realidad...”
“– En la parte inferior de cada uno de los elementos está escrito cada una de las transgresiones comunes en los humanos y que hasta causan satisfacciones. Cada vez que tomes uno de ellos, te transportarás dentro de una persona de tu conocimiento. Vivirás un tiempo gozando o sufriendo por él mismo. Luego volverás aquí y tomarás otro elemento y así hasta completar todos. De cada uno te quedará un recuerdo y una experiencia. Al final volverás a ser tu mismo y decidirás, si quieres seguir con alguna de las formas de vida de las que te tocaron vivir de acuerdo a los elementos...”
“– Siento en ti aun muchas dudas... Puedes también, como estás pensando, volver a cruzar la avenida, la angosta avenida, que en la otra vereda te estará esperando la vida como la has vivido hasta ahora y todo esto para ti desaparecerá y ni siquiera un sueño volverá a ser....”
“– Te preguntas y me preguntas quien soy y qué obtengo al final de esto... Podría ser yo un ser venido del espacio que está adoctrinando gente para una futura invasión de fuerzas extraterrestres. O bien, un miembro de alguna fuerza diabólica, formando un ejército para instituir el mal. También podría alguien que ha viajado desde otra dimensión... Pero no tienes porqué aumentar más tus temores... No soy nada de todo esto...”
“– Solo soy alguien que tomó una posta y que se equivocó en la elección definitiva... No, ahora no te diré cual fue esa elección... Quizás al final te cuente mi historia... En este momento tienes poco tiempo para elegir... La luz del semáforo está por volver a cambiar...”
“– Bien... Veo que al fin has decido afrontarlo... Debes tomar un elemento de mesa, leer lo que dice debajo y pensar en la primera persona que te venga a la mente...”
Antonio tomó una vez más la misma semiesfera que una vez había tenido en su mano. Entonces si se comenzó a repetir el escenario pasado... El elemento cobró vida propia y se iluminó dando luz a las sombras que empezaron a rodearlo. Lo dio vuelta y entre los rayos de luz leyó... “LA IRA”...
1
IRA:
(del latín ira)
Pasión del alma que causa indignación y enojo. Apetito o deseo de venganza.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ignacio había salido hacía unos diez minutos de la agencia para efectuar el viaje que le habían dado. Llegó a la dirección que estaba escrita en el papel y estacionó frente a la casa. No pensó en bajarse. Sus propias suposiciones le decían que no tenía porque hacerlo. La bocina de auto había dejado de funcionar desde tiempos inmemoriales y no tenía intenciones de arreglarla. Igualmente en un gesto de cólera dio un puñetazo sobre el centro del volante, donde estaba el elemento para accionarla. Por supuesto que no ocurrió nada. “Ya van a salir...” – pensó para sí mismo. Como sí la hubiera llamado con el pensamiento, se abrió la puerta de la casa y apareció la señora que deberá viajar.
- Por fin, señora... – elevó la voz Ignacio desde su asiento en el auto.
- ¿Qué por fin...? Si no me asomo por la ventana, no me entero que ya había llegado... – dijo la dama al tiempo que ascendió al vehículo dando un portazo que lo hizo temblar todo.
Ignacio se dio cuenta que la había hecho enojar y gozó para sus adentro, pues era su satisfacción cuando la gente que lo rodeaba alcanzaba su mismo estado de ánimo.
Él siempre estaba enojado y sacaba todo el provecho posible de ello. Como cuando se enojaba con los ocasionales transeúntes u otros conductores a los que amenazaba alzando su puño, haciendo gestos iracundos, para que lo dejen adelantarse en su andar, aquellos que son más apacibles y que dan paso. En su casa no cambiaba su forma de ser. Su esposa y sus hijos debían soportar su constante mal humor. No llegó nunca al límite de pegarles, pero la frontera estaba ahí nomás.
Cuando llegaron al destino final de este viaje, bruscamente detuvo el andar, se dio vuelta en dirección a la pasajera y le dijo secamente: “Cinco pesos”. La señora revolvió su cartera buscando el dinero.
- No sé porque no tienen la plata a mano cuando están por llegar... – el hombre refunfuñó en voz alta.
- ¿Qué le pasa...? ¿Está apurado...? – respondió la señora, al mismo tiempo que le alcanzaba el importe que se apresuró a encontrar.
- ¿Sabe qué pasa...? Tengo otros clientes esperando... – respondió de mala manera.
- Ya voy a hablar con la dueña de la agencia... – dijo la dama al tiempo que descendió del remise.
- (“Ma sí... Andá a quejarte a tu abuela...”) – pensó mientras pisaba al acelerador, dejando atrás el humo y el chillido de las cubiertas. Regresó a la agencia casi al mismo tiempo que otro de sus compañeros. No bien dijo el importe del viaje a la recepcionista, se dio vuelta en dirección al otro chofer que entraba detrás de él y le espetó casi con violencia:
- No se le va a ocurrir salir antes que yo...
-
El muchacho, a pesar de conocerlo bastante, se encontró sorprendido por la virulencia con que fueron expresadas las palabras.
- No, don Ignacio... Estoy acostumbrado a respetar los turnos... No tengo la costumbre de pasar a los demás, como ciertas personas de por aquí...
- No quiero pensar que lo dice por mí... – a pesar de ser superado en la diferencia de edad y de físico, Ignacio se puso frente a frente con el joven, a sabiendas que normalmente se imponía el respecto de los demás hacia sus años. Pero igual se trenzaron en una fuerte discusión mirándose a los ojos. Hasta que intervino la dueña, que sacó a Ignacio para la calle.
- Ignacio, yo lo conozco a usted desde hace mucho tiempo y hasta le tengo cierto aprecio. Sé que trabaja bien y no me falla nunca. Pero, por favor, no le puedo andar pidiendo a cada rato que no se pelee con los otros choferes, ni con los pasajeros... – le expresó la mujer.
- Bueno... La culpa la tienen estos borreguitos nuevos, que se creen que van a llevar el mundo por delante... – se trató de justificar el hombre.
- También llamó recién la señora del último viaje... – la dueña le cortó la palabra – Ignacio, no me gustaría que deje de trabajar conmigo. Pero, trate de mejorar un poco el carácter... Ahora vaya a buscar a la señora de avenida Las Heras 2115 y la lleva hasta la Capital... Y acuérdese de lo que le dije respecto a los pasajeros...
Cortando la conversación y revoleando su enorme figura, dio media vuelta y se introdujo nuevamente en la agencia.
- (“Mocosos de mierda... Y la otra vieja alcahueta...”) – mascullaba el individuo su rabia, mezclada con la satisfacción de creer tener a todos dominados.
Era la primera vez que iba a buscar a esta nueva clienta.
- Mejor que esté en la puerta, sino le cobro la espera... – se dijo en voz alta.
Cuando aun le faltaba una cuadra para llegar, vio a lo lejos, a quien sería su próxima pasajera. Estaba cerca del cordón de la vereda esperándolo. Era una mujer joven, muy bien parecida, de gracioso rostro enmarcado por cabellos cortos y renegridos. Pantalones y remera ajustados le remarcaban un físico cargado de generosidades. Llevaba unos cuadernos y libros apoyados a la altura de pecho.
En el momento de detenerse frente a ella, la ira de Ignacio se había aplacado por la visión, pero no del todo, ya que al estacionar, a propósito, lo hizo súbitamente, sin hacer ningún tipo de señales que advirtiera su disparatada conducción. Tanto que los vehículos que venían detrás debieron realizar precipitadas maniobras para no llevárselo por delante. Tronaron las bocinas de los que se vieron afectados, siendo contestados por los gestos descomedidos o de obscenidad de Ignacio.
- ¿Usted es del remis...? – le preguntó asomándose a la ventanilla la dama, cuando se detuvo el vehículo.
- Sí, señora... – le contestó fingiendo poner cara de sorprendido y abriendo los brazos como indicando “¿Qué es todo esto?”.
Ella se acomodó en el asiento trasero, y al ver que el remisero no arrancaba, en una actitud más que evidente, que no lo haría hasta que le indicara en destino (a pesar de ya lo sabía), se lo señaló de una manera suave, como si no se hubiese percatado del gesto descomedido de él.
- Por favor... Vamos a ir hasta donde está el Instituto Neuropsiquiátrico, cerca de la estación Villa del Parque... ¿Conoce por ahí...? – le preguntó irónicamente – Sino le digo por dónde ir...
- Claro que conozco... – puso primera y arrancó bruscamente – Si no conociera estaría trabajando de otra cosa...
- Por supuesto... – completó ella con una sonrisa poniendo paños fríos a la conversación.
- ¿Trabaja en un hospital...? – rompió el silencio Ignacio después de un rato de viaje.
- Algo parecido... Se trata de un Instituto para personas con enfermedades mentales... Lo mío es trabajo de enfermera profesional con personas con arrebatos de irascibilidad, por decirlo de una forma elegante...
- Gente enojada... – afirmó él – ¿Y son peligrosos...?
- Generalmente no... Son más peligrosos cuando conducen un vehículo...
En principio, Ignacio no se dio por aludido. Quizás porque desde el asiento de atrás le llegaba un perfume de mujer, que hacía mucho tiempo, no disfrutaba. No solo amenguó su ira permanente, sino que, además, despertó en él sentimientos de lejanos placeres.
Como para despuntar un vicio, cada tanto se peleaba con algún otro conductor o algún transeúnte que cruzaba por delante de él. Pero no era la virulencia propia de todos los días.
- ¿Y cómo se lleva con los más malos...? – preguntó luego de transitar más de la mitad del viaje.
- Con la mayoría muy bien... Siempre a cambio de pequeños favores... Pero no piense mal... – aclaró la mujer al ver la cara del remisero – Los favores son comprarles cosas que les gustan, como puede ser algo de música, o postres y golosinas...
- Usted dijo que con la mayoría... ¿Y con el resto...?
- Por lo general son psicópatas que, por su enfermedad, podrían llegar casi a matar a otra persona...
- ¿Y su marido qué dice...?
- Soy soltera... – contestó ella sonriendo por el matiz que llevaba ahora la conversación.
- Entonces su novio...
- Nada... No tengo compromisos, por ahora, así que puedo hacer lo que se me antoja...
Se produjo una especie de embarazoso silencio que Ignacio rompió un poco más adelante.
- Perdóneme que la traiga de vuelta al tema... ¿Cómo los tratan ahí adentro...? – no sabía por qué, pero quiso enterarse.
- Bien o mal, depende de cómo se lo mire... Casi siempre se busca de tratarlos bien dentro de las posibilidades del instituto... – de pronto se puso seria y algo más tenebrosa – Pero la cosa cambia cuando se ponen insoportables...
Ignacio levantó el pie del acelerador, como si con ello escuchara mejor o, tal vez, tratara de mejorar su carácter.
- Se los ata a la cama, se los puede tranquilizar con calmantes. Todo depende del momento... Cuando no queda otro remedio, se llega inclusive a aplicar shocks eléctricos...
- ¿Y está permitido todo eso...?
- Mientras no salga lastimado, o que no se enteren los medios... Pero mejor, cambiemos de conversación... – suavizó su semblante y volvió a sonreír – Perdóneme ahora usted, pero lo estuve observando y creo que usted debería tomar algún calmante suave por las mañanas...
A Ignacio se le pararon los pelos de la nuca, como una comparación con los animales salvajes.
- ¿Usted cree que estoy loco...? – le reclamo a ella.
- Bueno... Loco, no... Demasiado irritable... Y esa actitud suya, a la larga, no es buena consejera...
- Usted lo dice porque, como todas las enfermeras, siempre creen que se saben todo...
- Todo, no... Algunas cuantas cosas que hemos estudiado y otras por experiencias personales...
Mientras hablaban, Ignacio seguía despotricando contra todo lo que estaba en el exterior del vehículo.
En el momento de llegar a destino y antes de bajar, la pasajera le hizo una clara advertencia.
- Tenga cuidado... Esto empieza así y termina en un loquero...
- Bah... No creo que sea para tanto...
Después que dejó a la mujer, el diálogo pronto fue olvidado, salvo aquella pequeña luz sobre lo último que dijo: “Empieza así y termina en un loquero”. Pero por ahora nada lo haría cambiar.
Antes de llegar a la agencia se encontró con que una de las calles estaba cortada una mano a todo lo largo de la cuadra. Lógicamente, el tránsito era lento y se tornaba cada vez más pesado, lo cual hizo que la impaciencia de Ignacio fuera en aumento, hasta el punto de detener el motor del auto y descender en claro gesto de rebeldía (un piquete de uno solo, como solía decir). Los vehículos que los antecedían, poco a poco, se fueron yendo a medida que tuvieron paso. Sin embargo, los que venían detrás de él, atronaban con sus bocinas. Volvió a ascender a su coche, arrancó y apuntó a los conos de color naranja que estaban en el medio de la calle. No dejó uno solo en pie, pese a la protesta y gritos airados de los obreros. Pero como tenía toda la vía libre delante de él, se escapó sin que lo alcanzaran, con lo que consideró un triunfo lo que había hecho.
Un par de días después, había casi olvidado lo acontecido con la pasajera/enfermera y seguía acumulando rabietas y haciendo maldades por la calle. Asimismo en su casa, continuaba maltratando a los suyos e idéntico proceder tenía en la agencia de remise. Todos, su familia, sus escasas amistades y sus colegas de la remisería, pensaban que debían hacer algo para cambiarlo sin lastimarlo.
Comenzaba una nueva jornada en que llegaba a la agencia con la cara de pocos amigos común en él.
- ¿No pueden poner los autos más juntos o más separados, así no tengo que estacionar en la otra cuadra...? – entró quejándose como siempre.
En realidad, su auto estaba ahí nomás, cerca del local.
- Espere un poco que ya nos vamos todos y se queda solo... Y puede estacionar donde se le antoje... – le contestó uno de los jóvenes choferes.
Ignacio levantó su dedo índice, apuntando al que tuvo el descaro de contestarle. Pero era tanta su rabia que no pudo articular palabra y salió de la agencia para seguir con su ira en la soledad de la vereda.
Veía como se iban yendo sus colegas y como llegaban otros. Prestaba atención a todo, para que no se le ocurriera a alguno, adelantarse a su turno. Sobre todo porque sabía que ya pronto le tocaba a él.
- Ignacio, tiene que ir a buscar a la señora de Las Heras 2115... – le gritó la encargada de la recepción desde la puerta del local.
- (“La enfermera, otra vez...”) – pensó con un cierto sabor a complacencia, mientras se subía al auto y arrancaba.
La llegada al frente de la casa de la mujer, fue un calco de la vez anterior en su pelea con el resto de los automovilistas.
Justo en el momento de estacionar, apareció la pasajera arrastrando una valija con rueditas. Si no fuera porque la mujer le causaba simpatía, le hubiera hecho cargar a ella misma, el equipaje en el asiento delantero. Pero descendió del coche, fue al encuentro de la pasajera y tomando la valija, la depositó en el baúl. La enfermera ya estaba acomodada en el asiento trasero, cuando Ignacio se sentó detrás del volante.
- Parece que vamos de viaje... – comentó él después de saludar a la dama – ¿Hasta dónde la llevo...?
- Lléveme hasta el Aeroparque, por favor...
- Se va lejos, parece... – en realidad su comentario fue para “chusmear” adónde ella iba.
- A Córdoba... A un congreso de neuropsiquiatría... – le contestó ella con amabilidad.
Pero el instinto de mala persona, le hizo decir a Ignacio.
- ¿Qué aprenden ahí...? ¿A como atar los pacientes a la cama...?
La mujer dejó escapar una sonrisa y no pareció hacer caso al comentario.
- Quizá entre otras cosas importantes, se haga un análisis sobre nudos y otras yerbas, pero no es lo principal del congreso... – le respondió ella.
- Perdone el comentario de recién, no fue mi intención molestarla... – expresó el hombre después de silencio embarazoso.
- No es nada... – contestó la mujer y continuó – Lo que veo es que su carácter no ha cambiado y si sigue así, va a terminar atado a una cama...
El sobresalto le hizo perder por un momento la noción del manejo y casi se lleva por delante a otro vehículo. Aun a sabiendas que el incidente lo hubiera producido él, igualmente le hizo señas descomedidas, como si el otro fuera el culpable.
- ¿Ve lo que le digo...? – se apoyó ella en el suceso que acababa de ocurrir.
Ignacio decidió cambiar la conversación.
- ¿Y hasta cuándo se queda...?
- El congreso termina el viernes, pero siempre el sábado nos juntamos para celebrar el encuentro con viejos amigos. Así que con suerte, estaré volviendo el domingo...
¿Qué sintió el hombre? ¿Celos, acaso? Bueno, algo parecido... Quizá su misma ira perpetua, en otro momento no le permitía ser infiel, pero ahora sentía algo distinto.
- Voy a necesitar que me venga a buscar... – prosiguió la dama – Yo llamaré a la remisería desde Córdoba para decir en que vuelo y a qué hora llego... ¿Podrá venir usted...?
- Sí... – se apresuró a decir Ignacio – No creo que haya problemas...
Así, entre otros comentarios intrascendentes, llegaron al aeropuerto. Luego de cobrar el viaje, amablemente, algo muy fuera de su costumbre, Ignacio sacó la valija del baúl, la dejó sobre la acera y extendió su mano lo que fue correspondido por un fuerte y prolongado saludo de ella.
La miró alejarse rumbo a la puerta automática hasta que desapareció tras los cristales.
A pesar de otros percances que le habían sucedido hasta de regresar a la remisería, fue el perfume que había quedado de la muchacha, lo único que recordaba de ella y lo que lo siguió mareando.
Después de un día lleno de discusiones y peleas, a lo que estaba acostumbrado y que parecía mantenerlo complacido, como era su rutina diaria, Ignacio llegó a su casa. Al entrar cerró la puerta de mala manera y arrojó los manojos de llaves sobre la mesa del comedor (sabía que enseguida su esposa las colgaría en su lugar). En la casa todo era silencio.
- María...! María...!! – exclamó en voz alta, pero María no respondía. Hizo un gesto de fastidio al no ser contestados sus llamados. Comenzó a caminar hacia la cocina, cuando se percató del papel escrito que estaba sobre la mesa. En el mismo, con la letra pequeña muy reconocible después de veinticinco años de casados, decía: "Me fui a la casa de la tía Coca y los chicos a la Facultad. En la heladera tenés comida para calentar en el microondas. Besos. M.".
Releyó varias veces la pequeña misiva y no lo podía creer. En tantos años de casados nunca le había hecho algo así y no era cuestión que empezara ahora. Ya lo iba a escuchar cuando regresara.
Abrió la heladera y lo primero que encontró, fue una jarra con jugo de naranja. (“De esa porquería de sobrecito”, como solía decir). Miró la comida y como no estaba acostumbrado a hacer nada de la casa, la desechó de plano. Solo bebió un par de vasos del jugo, en contra de su gusto, pero no le quedó otro remedio por la sed que siempre traía.
Fue hasta el dormitorio y se tiró en la cama así como estaba, sin desvestirse. Solo se sacó los zapatos. No supo cuando se durmió, pero sí cuando se despertó. Porque no era un despertar común. Se quiso dar vuelta y no pudo. Estaba atado de las muñecas y los tobillos a las cuatro puntas de la cama, con las piernas y los brazos abiertos como en una ejecución. Su primera reacción fue pensar en un reflejo instintivo, cómo había llegado a esta situación tan horrible. Pero de inmediato explotó su furia.
- MARIA...!!! MARIA...!!! – gritó y nadie contestó.
- FERNANDO...!!! CARLOS...!!! – llamó a sus hijos, pero tampoco tuvo respuesta. No sabía qué hora era y no podía verla por las ataduras. Sentía un gusto extraño en la boca y algo le picaba en la nariz. No recordaba haber comido o tomado nada que tuviese ese gusto, cuando llegó a su casa. Estaba por comenzar a reclamar a viva voz por alguien que lo ayudara, cuando alcanzó a ver una mano que se asomó por el pequeño resquicio que dejo la puerta al abrirse, llegó hasta accionar el interruptor de luz y todo quedó en la más absoluta oscuridad.
- ¿Quién está ahí...? Desátame...!!! – hizo fuerza para zafar de sus ligaduras, pero era imposible. Las telas estaban fuertemente amarradas ("¿Cómo se las habían puesto?" - pensó). De pronto escucho en la sombra de la habitación un jadeo muy cerca de su rostro y olió un perfume que creyó conocer dentro de esta locura.
- ¿Quién es...? – volvió a gritar – Ya, desáteme..!!! - rugió como una orden y a cambio solo recibió un suave chistido pidiendo silencio. Una mano acarició su cara. Trato de retirarla, a pesar de poco movimiento que podía realizar. En ese momento Ignacio notó que la mano era suave, por lo que por una fracción de segundo le causó placer. Sin embargo, enseguida explotó en un ataque de furia.
- MARÍA...!! Desatame y encendé la luz en este momento...!!! – vociferó al azar.
Esa mano no podía ser de ella. Sintió un cuerpo deslizándose en la cama junto al de él. Se movió lo suficiente como para tratar de resistirse y al mismo tiempo no dejar que ese cuerpo se alejará. Sintió una pierna que pasaba sobre su abdomen aplastado por la posición y que, quien poseyera esa pierna, quedaba en medio de sus piernas. Con manos hábiles, quien quiera que fuera, desabrochó cada botón de su chaleco y de su camisa. El pecho del hombre subía y bajaba con ritmo acelerado. De ninguna manera no podía evitar sentir un íntimo regodeo. El cuerpo femenino (porque el perfume, quizás conocido, y la suavidad de la forma de actuar, eran indudablemente, de una mujer) se apretó contra el físico desmejorado de él. Cuando ella se encaramó a Ignacio, este sintió que la sedosa piel de un cuerpo desnudo, llameaba al contacto con la suya. El rostro de la mujer estaba muy cerca de la cara del hombre. Los labios de ella besaban sus labios, sus ojos, sus mejillas, a pesar de los movimientos negativos para evitarlo. Elevando los ojos en la oscuridad, Ignacio pensó...
- ("¿Qué hace esta mujer...? ¿Dónde están todos...?") – ya había dejado de gritar, quizás porque sabía que era inútil o porque le estaba gustando lo que sucedía. La boca comenzó a descender por su pecho, lo que hizo que aumentará el ritmo de los latidos de su corazón hasta parecerle que escapaba de su pecho. Lo que ella hizo allá abajo, produjo que su cuerpo y su cerebro estallaran al mismo tiempo.
No tuvo tiempo Ignacio de pensar, ya que los labios de la mujer volvieron a buscar los suyos. Estaba muy excitado y aunque seguía atado, no protestaba. Sobre todo, porque el cuerpo que tenía encima, ahora demandaba ser atravesado por el órgano exaltado de él. Cuando ello ocurrió, el instinto de Ignacio quiso acompañar la cadencia de los movimientos, dentro de las limitaciones de sus ataduras. Pero nada quedaba librado al azar. La situación lo llevó a explotar en un par de ocasiones, con o sin su consentimiento. No lo supo nunca.
Junto a su oído la mujer jadeaba, mientras él respiraba a más no poder, y por un momento, solo un instante, Ignacio creyó morir por falta de aliento y de cómo su corazón estaba acelerado.
- Sé que te gustaría festejar este momento... – escuchó el susurro de ella y quien sin esperar que le respondiera, continuó – Así, en la oscuridad, vamos a sellar este encuentro...
La voz le sonó como algo conocido. Un corcho produjo un pequeño estampido y el aroma de vino espumante, inundó el ambiente. Los ojos de él, ya acostumbrados a la oscuridad, dieron paso a una visión muy tenue de la figura que estaba frente a él y que no alcanzaba a reconocer.
Una mano pasó por debajo de la nuca del hombre y elevó su cabeza hacia delante. El pico de una botella se apoyó en su boca. La fresca bebida le pareció una bendición para su extrema sed. Solo bebió un largo sorbo y la mano dejó caer nuevamente la cabeza en la almohada. De pronto, en la mente del remisero, todo se volvió a hacer oscuro y antes de adormecerse, creyó ver alrededor de su lecho que parecía fúnebre, a sus compañeros de la remisería. Y a su propia esposa y a sus hijos. Luego todo fue quietud, silencio y sombras hasta perder totalmente los sentidos.
- Hey, viejo... Está la cena... ¿Te vas a levantar a cenar...? – como en un pozo escuchaba la voz de su esposa que le hablaba desde la puerta de la habitación. No podía terminar de reaccionar. Notó que estaba acurrucado en posición fetal.
De repente se levantó de un salto, como para demostrarse a sí mismo, que no estaba amarrado a la cama. Nada había cambiado en el dormitorio, desde que llegó a su casa y se fue a dormir. Estaba igual de vestido como se había echado en la cama.
Se levantó y se dirigió al baño. Tenía un gusto amargo en la boca, nada que ver con la bebida que le pareció tomar. Le dolía todo el cuerpo. Quizá podría atribuirlo a tantas horas sentado en el auto, pero nunca tuvo un dolor así. Más aun, sentía un ardor en sus partes íntimas, que no le disgustaban. Se mojó un poco la cara y acható con un peine sus cabellos revueltos. Sentía, o se sentía en él, un perfume extraño, que le agradaba, porque no era la primera vez en poco tiempo que disfrutaba.
En el comedor ya estaban su esposa y sus hijos sentados alrededor de la mesa, esperándolo para iniciar la cena. La permanente actitud de enojo de él, engendraba que las comidas fueran prácticamente en silencio. Pero esta vez, su propio sentimiento de culpa, logró que tratara de iniciar una conversación.
- ¿Cómo está tu tía Coca...? – le dijo a la esposa. Y aunque lo dijo de una manera que quiso ser amable, sonó como un serio pedido de explicaciones por el viaje de la mujer.
- Fui a lo de la tía Coca para ver si había... – Ignacio no la dejó terminar la frase, levantando una de sus manos.
- No... Esperá... Solo te preguntaba cómo está ella y su familia... – con esta frase dicha con toda tranquilidad, logró que tanto su esposa como los hijos levantaran la vista de los platos y lo miraran con cierto asombro.
- Bien... Está bien... Preguntó por vos y le dije que estabas trabajando... – la mujer no salía de su asombro por el cambio.
Ignacio siguió hablando buscando la conversación de los demás. Preguntó a cada uno de chicos como les iba en la Facultad, algo que prácticamente nunca había hecho. Se interesó en lo que estaban estudiando en ese momento. Todo en un ambiente que casi parecía cordial. Hasta que los chicos pidieron permiso para retirarse.
- Sí... Vayan, por favor... – los oídos de los demás no estaban acostumbrados a tremenda gentileza.
- Yo también me voy a dormir, que mañana hay que levantarse temprano... – le expresó la esposa.
- Espera un momento...! – se apresuró a llamarla cuando pensó que en esa misma cama que ella se acostaría, algo había pasado un rato antes. La mujer se volvió y lo miró interrogante con los ojos bien abiertos, sin articular palabras.
- No... Está bien. No pasa nada... – se rectificó – Me quedo un rato más mirando la tele...
Le daba miedo volver a meterse en el lecho matrimonial. Pero no le quedó más remedio que hacerlo después de cambiarse de ropas, tomar agua y volver a pasar por el baño una vez más. Ahora temía cerrar los ojos. Pero pudo más el cansancio. Se estaba peleando en forma enardecida con una figura a la que veía difusa en el aire. Y de pronto estaba otra vez atado a una cama. La pasajera/enfermera lo pinchaba con inyecciones, lo golpeaba y lo obligaba a hacerle el amor acostándose sobre él con su bello cuerpo desnudo.
Pero esta vez se despertó, saltando de la cama, interrumpiendo el sueño de goces y de padecimientos.
- ¿Qué te pasa, viejo...? – también su esposa se despertó sobresaltada.
- María, tenemos que hablar...
- Ahora no... Es muy tarde... Mañana, por favor... – y se acomodó para seguir durmiendo.
Iba a reaccionar mal, pero lo pensó un poco, se dio media vuelta y procuró de adormecerse nuevamente, tratando de hacer lo posible para no volver a caer en lo que había estado soñando (¿o quizás no era así?).
Se levantó por la mañana con el cuerpo doliéndole por la mala noche pasada. Saludó a su esposa y a sus hijos mientras apuraba un café que sirvió él mismo, antes de salir para la agencia. Allí entró saludando a todos los presentes en un gesto nunca visto. La encargada lo miraba con mucha curiosidad.
- Don Ignacio... Llamó desde Córdoba, la señora que llevó ayer al Aeroparque, para que la vaya a buscar el domingo a la mañana. Llega en un vuelo alrededor de las once...
- Muy bien... Gracias, señora... – respondió él con cortesía.
- ¿Se siente bien, don Ignacio...?
- Sí, gracias... – y se fue a la calle a retocar la limpieza de su auto, repasando, si lo que había sucedido el día anterior, fue producto de su imaginación o si realmente había sucedido. De por sí, fue innegable la existencia de los dolores y el perfume. (“No puede ser esa mujer... Estaba muy lejos.”). La reminiscencia olfativa también le trajo el recuerdo de haber estado atado a su cama.
Así recorrió toda la jornada, tratando de no alterarse hasta llegar al final del día de trabajo, cuando emprendió la marcha de regreso a su casa.
En el camino lo detuvo un semáforo de una calle común con muy poco tránsito. La sorpresa le llegó por la espalda. Un automóvil lo chocó por detrás. Fue solo un encontronazo de paragolpes, pero alcanzó para que explotara lo que había retenido todo el tiempo. Bajó tan exaltado que solo observaba los posibles daños que se habrían producido en su vehículo. Cuando avanzó hacia el otro automotor en su actitud beligerante, recién puso atención que dentro del viejo y descuidado coche, se hallaban cuatro jóvenes con una apariencia y actitud de gente de mal vivir. El que ocupaba el lugar del acompañante, descendió y con toda impunidad, extrajo de entre sus ropas un arma que a Ignacio le pareció enorme y con la cual le apuntaba directamente entre los ojos. Así como precipitó sus ganas de pelear, ascendieron sus pulsaciones y su presión sanguínea.
- ¿Qué te pasa, viejo de mierda...?
- Nada... Nada... – empezó a tartamudear Ignacio.
- Entonces, subí y andate antes que te rompa la cara...
- Sí, pero mí.... – comenzó a hacer un reclamo, pero no alcanzó a terminar la frase porque algo lo golpeó feo por detrás y perdió el conocimiento.
Cuando lo empezó a recuperar, lo primero que notó era que estaba atado a una cama. Esta vez la habitación era clara con un montón de aparatos médicos que lo rodeaban.
- ¿Dónde estoy? – fue lo primero que atinó a decir – ¿Por qué estoy acá?
- ¿Se va a portar bien ahora? – le dijo lo que parecía ser un médico de blanco delantal.
Trataba Ignacio de razonar en cómo había llegado a esta situación, pero solo podía pensar en las ligaduras que aprisionaban sus muñecas y sus tobillos.
- ¿Por qué me tienen atado así? – dijo.
- Parece que no recuerda que agredió a varios de nuestro personal cuando lo trajeron... – le hizo memoria el facultativo sin sacar las manos de los bolsillos del delantal.
Las palabras del médico le rememoraron en parte lo sucedido. Llegó a su mente la imagen de un joven apuntándolo a la cara con un inmenso revolver y luego una pantalla en negro. El recuerdo también le devolvió el dolor en la parte anterior de la cabeza.
- Doctor, ¿me podrían soltar? – trató de decirlo lo más apacible posible.
El médico se cruzó de brazos y con una seña de cabeza, asintió a los otros ocupantes del cuarto para que soltaran las ligaduras. Cuando estuvo liberado, todos retrocedieron atentos a la reacción de Ignacio. Sin embargo, esta no se produjo, ya que el hombre estaba más asustado que violento. Se sentó en la cama frotándose las muñecas.
- ¿Mi familia...? – preguntó.
- Su esposa y sus hijos están afuera, esperando ver como reacciona. – recibió como respuesta y esto lo alentó a querer salir disparando de allí.
En ese momento, ingresó a la habitación una cara conocida. La pasajera/enfermera estaba allí y lo saludaba con un meneo de su cabeza que alborotaba sus negros y cortos cabellos.
- Hola... – le dijo Ignacio – ¿Qué pasó...? ¿Volvió antes de tiempo?
- No... He vuelto ayer como tenía previsto... – le comentó la dama, con un dejo de que se estaba divirtiendo con la confusión del remisero.
- ¿Qué día es hoy...? – quiso saber él, abriendo los ojos muy grandes.
- Le voy a explicar porque parece que no recuerda. Hoy es lunes... – le aclaró ella – Desde que lo trajeron, ha tenido varios picos con reacciones muy agresivas.
- Pero el atacado fui yo... – la confusión se le hacía cada vez más grande.
- Sí, pero desde entonces, cada vez que se lo quiso atender, pasó por muchos lapsos de virulencia.
- ¿Me puedo ir a mi casa, ahora? – solicitó de la forma más humilde posible, porque el susto no pasaba.
Desde que entró la mujer, no pudo dejar de oler ese perfume. Le acercaron un vaso con agua que bebió con un intenso placer. Todo comenzó a dar vueltas a su alrededor y volvió a desaparecer la realidad.
Volvió a recobrarse nuevamente y al abrir los ojos, no podía creer en donde se hallaba. Si bien, estaba todo oscuro, la tenue luz del radio despertador que indicaba que eran las “04:35”, le mostraba que estaba en el dormitorio de su casa.
Observó a su mujer que dormía plácidamente a su lado. La iba a zamarrear para despertarla, pero lo pensó y le acarició el rostro para llamarla.
- María, por favor... Decime que día es hoy... – le susurró en voz baja.
- Qué te pasa, viejo... Dejame dormir que son la cuatro de la mañana.
Se levantó de un salto y fue al comedor donde encendió el televisor. Recorrió todos los canales, pero ninguno le dio una pista del día que estaba viviendo, como tampoco lo hacía el silencioso almanaque colgado en la pared. Buscó un diario o algo parecido y no lo encontró. Entonces enfiló para el dormitorio de Fernando, el mayor de sus hijos. Entró con el mayor sigilo posible, se acercó a la cama y lo tocó suavemente. El joven no se sobresaltó, sin embargo, al ver la cara de su padre se sorprendió.
- ¿Qué pasa, viejo...? – le dijo el muchacho amagando un bostezo.
- ¿Qué día es hoy? – le espetó Ignacio para asombro del otro.
- ¿Cómo qué día es hoy...?
- Sí... ¿Qué día es hoy...? Lunes, martes, que sé yo... – él también se sorprendía al escucharse.
Encendiendo la luz del velador, Fernan

juan dijo
Buen articulo!
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14 Noviembre 2006 | 05:12 PM