Esto va al final del cuento de mas abajo...
Encendiendo la luz del velador, Fernando se sentó en la cama.
- Pa, contame que te pasa...
El hombre lo miró a los ojos a su hijo, mientras que en sus pensamientos trataba de armar todo lo último sucedido y recién cayó en cuenta de todo lo que le había pasado. Se sentó en el borde de la cama y con mucha vergüenza, buscó de emplear las palabras adecuadas.
Comenzó desde el momento de aquel día en que llegó a la casa y no encontró a nadie. La sorpresiva visita que recibió y lo que tuvo que vivir, o que creyó vivir. Y de esto, instantes después no había pasado nada. Le narró como lo habían chocado y luego asaltado y que luego apareció amarrado a la cama de hospital, o algo parecido. Y ahora volvía a aparecer en su propia cama. En su relato, Ignacio tuvo siempre revoloteando en su mente, la imagen de la pasajera/enfermera, sin embargo, no le pareció necesario o adecuado mencionarla.
- ... y ahora no sé ni siquiera en que día vivo. – terminó con su relato.
- Bien... Hoy es miércoles trece y me da la impresión que no pudiste tener tiempo real para vivir todo lo que me contaste. – le dio el joven su parecer.
(Miércoles trece, pensó Ignacio) Entonces faltaban cuatro días para ir a buscar a la enfermera al Aeroparque.
- Pa... Hablando con toda sinceridad... ¿Tu mal carácter no tendrá que ver con todas estas fantasías o imágenes con que te ves atado a camas?
- No lo sé... Pero trataré de cambiar.
En ese momento se tocó la nuca y volvió a sentir el dolor del golpe.
- Pero, ¿me asaltaron y me golpearon, no? – fue una pregunta para él mismo. Prácticamente sabía la respuesta del hijo.
- ¿Cuándo y cuánto te robaron...? Te repito que no hubieras tenido tiempo para todo. – fue la contestación que esperaba. El hombre se levantó como con un resorte, fue y volvió rápidamente del dormitorio. Al regresar traía un puñado de dinero en sus manos. El joven en gesto de amistad puso un brazo alrededor del hombro de su padre.
- ¿Ves que no han robado nada? Pensalo bien y tratá de cambiar, o en serio, te vamos a tener que llevar a un psiquiatra... – le aconsejó el muchacho – Y ahora vamos a dormir el rato que nos queda.
Por supuesto, Ignacio no pudo volver a cerrar los ojos. Así, un rato antes de la hora que lo hacía todos los días, se levantó, se duchó y después de desayunar marchó a la remisería.
Apenas ingreso al local, su primera mirada se dirigió al almanaque que estaba sobre la pared y donde se cambiaba diariamente la fecha. Era la misma que le había dicho su hijo.
Saludo afablemente a la señora que estaba en la mesa de recepción y luego a sus propios compañeros. Todos le correspondieron el gesto de la misma manera.
- Don Ignacio, ¿cómo anda del golpe que se dio en la nuca...? – se interesó uno de ellos.
Se tocó en la zona afectada y se percató que además del dolor que experimentaba, se le había formado un chichón.
- Bien, creo... Gracias... – titubeo porque no sabía como preguntarle al otro remisero, de que manera se había enterado. – ¿Cómo sabe que me he golpeado...?
- ¿No se le cayó el capot en la cabeza? Yo estaba en viaje, pero me contaron los muchachos...
- Sí, pero quedé medio aturdido y no me acuerdo, ni siquiera, quien me atendió. – pensó que era una buena justificación.
- Yo siempre le digo: “Don Ignacio, arregle el soporte del capot que un día le va a romper la crisma.” – intervino la encargada – Y al final casi lo mata.
Por más empeño que ponía, Ignacio no podía recordar de todo lo que le manifestaban. Sin embargo, en su cerebro rondaba que lo habían asaltado y que era un hospital donde despertó. También le parecía recordar que él cumplió con el horario de su turno, pagó la comisión diaria y se retiró. Empero, no rememoraba haber llegado a su casa.
- Don Ignacio, por favor, hoy no se olvide de pagarme la comisión. Ayer con el asunto del golpe, se me fue y no pagó. – lo distrajo la señora, coincidiendo con sus pensamientos.
- ¿Cómo que no pagué...?
- No. Acá está la planilla de ayer...
Él recordaba que sí, lo había hecho. Nunca le había sucedido algo así. Empezó a pensar que la imaginación le jugaba una mala pasada. ¿Qué era verdad y qué era producto de su imaginación? Sospechó de una conspiración, pero era casi imposible. No tendría sentido. Hasta llegó a divagar con extraterrestres que lo llevaban de un lugar a otro.
Sin embargo, tomó la decisión de dejar todo como le contaban y esperar a no experimentar más esa doble vida.
- Como anda medio desmemoriado, le recuerdo que el domingo tiene la pasajera esperándolo en el Aeroparque. – le informó la encargada.
- Sí, gracias... – volvió a su mente la enfermera. (“¿Cómo? ¿No era que ya había regresado?”)
A partir de entonces todo cambió. El trabajo y la buena voluntad que puso de manifiesto para no volver a estar irritable con sus colegas y los pasajeros, sumado a que en su casa todo se había alterado para mejor, ya que ahí vivían en un ambiente de absoluta cordialidad y afectos mutuos, hizo que los días le pasaran rápidamente hasta llegar al domingo.
Trató de llegar al Aeroparque un rato antes de la hora fijada. Pensaba en dejar el auto en la playa de estacionamientos, pero antes transitó lentamente frente a las puertas de la aerolínea por la que viajaba su esperada bonita y simpática pasajera. Era su intención comprobar si había arribado, y aun así, se sorprendió al verla en una de las salidas, de pie con su valija junto a ella.
Detuvo Ignacio el automóvil junto al cordón y le hizo señas para que advirtiera su presencia. Cuando ella se percató, él descendió del vehículo y se acercó a saludarla. Cargó la valija en el baúl y partieron.
Comenzaron a conversar, no bien él tomó por la avenida Costanera.
- ¿Cómo está...? ¿Perdón, cómo es su nombre? – preguntó la dama.
- Ignacio...
- ¿Cómo está, Ignacio?
- Por suerte, me siento muy bien. Me ha sucedido un montón de cosas esta semana. Y quizá, espero, no vuelva a tener más reacciones de ira.
- ¿Qué le pasó...? ¿Se puede contar...?
Le contó las fantasías que consideró haber vivido como en una mala película. Luego le narró lo que le dijeron que había pasado en realidad y que él no recordaba. Inclusive le mencionó la aparición de ella misma en una de sus figuraciones.
- Bueno... Me causa alegría y satisfacción que sueñe conmigo...
(“Y con su perfume...” – pensó Ignacio)
A partir de ese momento, el resto del viaje, fue una charla agradable hasta el domicilio de la mujer.
- Ignacio, cada vez que necesite viajar, voy a pedir por usted... – dijo con determinación – Veo con mucho agrado que verdaderamente ha cambiado. Será hasta la próxima...
De pie en la vereda donde recibió su equipaje, la pasajera/enfermera le dio un beso en la mejilla del hombre y desapareció en su casa.
Ignacio subió a su automóvil y se alejó con una sonrisa de quien se siente auténticamente bien.
Reunidos en una importante confitería de una importante avenida, la mujer de Ignacio, sus hijos y algunos compañeros de la agencia, sonrieron complacidos y se estrecharon las manos, junto a la “enfermera”, quien en realidad era estudiante de psicología y el falso médico.
- Espero que esto le sirva de lección para que deje, para siempre, de estar violento... – dijo Fernando, el mayor de los hijos del remisero.
- Carlos, menos mal que no lo lastimaron mucho tus amigos cuando lo asaltaron... – manifestó el hombre que representó al simulado facultativo al hijo menor.
- Y a vos, Roberto, gracias por representar tu papel de “médico” y por prestar tu casa para transformarla en un “hospital”... – le respondió el joven.
- Pero creo que el agradecimiento se lo debemos dar a nuestra amiga Lidia. – expresó la madre de los muchachos – Lo tuyo fue impagable. Tu falso viaje a Córdoba fue perfecto...
- Me hubiese gustado ir una semana a Córdoba y no ir y venir solo hasta el Aeroparque... – contestó la “enfermera” – Y disculpen si mi amiga se pasó en su actuación de “fantasía sexual”.
- Un poco de celos me causó... – dijo la esposa de Ignacio – Pero lo importante es que entre todos conseguimos dar vuelta su carácter. Gracias nuevamente y brindemos por ello – completó, abrazando y golpeando los hombros de sus hijos, en actitud de triunfo.
Todos alzaron sus copas, tazas o el recipiente de lo que estaba bebiendo, justo, en el mismo momento, en que por la doble puerta de vidrio de entrada de la confitería, ingresaba Ignacio con su rostro enfadado, rumbo a ellos...
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Antonio experimentó una sensación, como sí un pedazo de película terminara en forma inconclusa. Vio en su mano el elemento que recién acababa de leer: "IRA".
En su cerebro la voz del hombre extraño lo terminó de sacar de su sopor. Todo a su alrededor era igual. El tiempo, definitivamente, no había transcurrido nada más que lo que le llevó leer la palabra en la cosa que sostenía.
- "Has visto una de tus siete estaciones..." – la entonación que llegaba a la mente de Antonio, seguía siendo la misma, de absoluta paz, aun cuando ordenaba – “Abandona esa y toma otra...”
Antonio sin salir de su asombro por haber sentido que vivió algo para lo que no tenía tiempo material, dejó lo que tenía en una de sus manos y con la otra, tomó sin pensar una un cilindro achatado que se acomodó a la palma de su mano.
- "Bien... Lee en voz alta lo que esta grabado al pie..." – casi le ordena el hombre extraño.
Antonio primero leyó para sus adentro y luego se escapó por primera vez el sonido por sus labios frente al hombre extraño...
- "PEREZA"... – dijo con sumisión, antes que la luminosidad lo envolviera...
