LA PEREZA
PEREZA: (del latín piglitia):
Flojedad, descuido o tardanza en la acción o movimientos. Negligencia, tedio o descuido en las cosas que estamos obligados.
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Pedro, como todas las mañanas, golpeaba con sus manos la mesita de luz en la oscuridad, tratando de acertarle al despertador que trinaba sin cesar. Sin abrir los ojos, su mujer a su vez lo golpeaba a él para que callara ese bochinche infernal. Escuchó el llanto de su pequeño hijo justo en el instante en que la palma de su mano apretó con toda fuerza el botón para interrumpir el accionar de las campanillas. La mujer se levantó, tomó a la criatura y con ella en brazos se dirigió a la cocina a calentar el café que había preparado antes de acostarse. Sabía que ahora vendría la misma "ceremonia" de todos los días. En el modesto departamento, no era necesario alzar mucho la voz para hacerse escuchar entre los diferentes ambientes. Pero a ella esto no le importaba.
- Vamos...!!! Levantate...!!! – gritó mientras se debatía en tratar de calmar el llanto del pequeño (que, por supuesto, se asustaba más con los alaridos) y con una mano sola, alcanzar la caja de fósforos, sacar uno, encenderlo, girar la perilla de la cocina, encenderla y colocar la cafetera sobre la llama.
- Pedro..., Pedrito... – le dijo ahora a su marido con voz más suave, ya que el niño se había vuelto a dormir, desde el marco de la puerta del dormitorio.
Pero pudo más su natural impaciencia. Dejó al niño (que nuevamente comenzó a llorar) en su corralito que hacía de cuna, revoleó por los aires la sábana y la frazada que cubría a Pedro, lo tomó del pijama y lo arrastró fuera de la cama. La grotesca figura del hombre, entre dormido y despierto, tratando de ponerse de pie desorientado, casi le sacó una sonrisa a la joven mujer. A los tropezones, queriendo embocar las pantuflas que se resistían, Pedro caminó hasta el baño. Al abrir la puerta se enfrentó con la imagen que le devolvía el espejo del botiquín. La mata de cabellos revueltos sobre la cara de sueño con los ojos hinchados, no le causó buena impresión, así que metió la cabeza debajo de ducha de agua fría que abrió para, de paso, sostenerse de la llave. Sabía que estaba salpicando todo el baño, pero no le importó. Más tarde Carmen, su esposa, se encargaría de limpiar todo como todos los días. Salió del baño y en el dormitorio tenía toda la ropa que usaría ese día, arriba de la cama. Se vistió sin ninguna clase de apuro y en la cocina encontró a su esposa con el niño en brazos mirando los noticieros de la mañana de la televisión. ("Más asaltos, más secuestros, más muertos... Bah... Lo de todos los días..."). El desayuno estaba servido sobre la mesa. Sorbo a sorbo como saboreando cada trago, dejo atrás el café con leche mezclado con algún pedazo de pan con manteca. Cuando terminó, besó a su mujer, a su pequeño y salió del pequeño departamento. Recorrió las pocas cuadras hasta donde iba cada día a buscar el auto que le servía de empleo y que un vecino le daba para trabajar.
- Che, Pedro... Mirá la hora qué es... Cada vez venís más tarde... Y cada día traes menos de recaudación... – le reprochó el dueño del auto, con justa razón.
- Bueno, don Carlos... Lo que pasa es que hay poco trabajo... – se quiso justificar Pedro.
- Mira, Pedro... No sé que pasa, pero mejor ponete las pilas... Y a ver si hoy lavas el auto de una buena vez.... – cortó la conversación el hombre al tiempo que retornaba a su casa.
Pedro arrancó el auto y miró el indicador de gas que no estuviese marcando la luz roja de la reserva. (Más tarde, si tenía ganas, revisaría el agua y el aceite) Por ahora todo estaba bien. Unos cuantos minutos después llegó a la agencia. Dio un paso dentro del local y empezó a escuchar la voz de la encargada.
- Pedro, a ver si viene más temprano... – le dijo de mala manera la mujer y agregó – Y no se duerma en los viajes... Ah, y lave el auto...
Dio la impresión que el joven no había escuchado absolutamente nada, ya que se derrumbó en uno de los sillones, tomó una de las viejas revistas que "adornaban" la agencia y se ocultó detrás haciendo que leía. Uno a uno de fueron yendo los colegas que estaban antes que él y llegando otros. En un momento determinado se asomó en el cuadro de la puerta una anciana señora.
- ¿Tiene auto...? – le preguntó a la encargada.
- Sí, señora... – le contestó esta – ¿Hasta dónde viaja...?
- Hasta el Centro, cerca del Obelisco...
- Muy bien, señora... Pedro... ¿Puede llevar a la señora...? – parecía una pregunta, pero era como una orden.
Pedro que había escuchado la conversación, y dado que los viajes al Centro le caían mal por el intenso transito que había a esa hora, mencionó algo como justificativo para no ir. La encargada no tuvo ningún reparo en fijarse quien continuaba en la lista de los turnos y decirle que llevara a la pasajera. Después de todo, cualquiera quería hacer un viaje largo que aseguraba un buen importe en pesos, salvo a Pedro con sus pocas ganas de hacer las cosas. No tardó mucho en aparecer un señor elegantemente vestido con un portafolio en una de sus manos
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- Buenos días, señora... Un auto, por favor... – dijo con voz grave y amable.
- Como no, señor... ¿Hasta dónde va, señor...? – la mujer lo atendió con máxima deferencia.
- Voy hasta Adrogué, pero necesito que me espere un rato y me traiga otra vez. ¿Puede ser...?
- Sí, como no... – dijo la encargada y volviéndose se dirigió al hombre que estaba tirado (ni siquiera sentado) en el sillón - Pedro, lleve al señor...
Pedro que había escuchado toda la conversación desde atrás de la revista que cubría su cara, pensó en tanto se levantaba...
- (Menos mal que no agarré el viaje al Centro. Y encima a este hay que esperarlo, así mientras podré tirarme un "apolillo"...)
Pausadamente, Pedro fue tomando por las calles y avenidas que lo llevaron al destino señalado por el elegante hombre. Salvo alguna indicación de cómo llegar hasta el lugar a que se dirigía, no se cruzaron palabras. Tampoco la apatía de Pedro hacía de él un gran conversador. Ya estaban dentro de la localidad fijada, cuando el señor le indicó:
- En la primera a la derecha, en la mitad de cuadra sobre la derecha...
El lugar estaba poblado de grandes chalets y hermosas residencias, que convertían el barrio en un lugar muy especial.
- En esa casa misma... ¿Me va a esperar, no...? – dijo el caballero mientras se disponía a descender.
- Sí... ¿Cuánto va a tardar, más o menos...? – le mencionó Pedro como al pasar.
- Más o menos una media hora... – le expresó a través de la ventanilla abierta del acompañante.
Al tiempo que se arrellanó en su asiento preparándose para dormir un rato, el joven vio como el señor tocaba timbre (posiblemente un portero eléctrico) y abría la puerta accediendo por un pasillo a la enorme casa que solo se podía ver, no más allá de las plantas que la rodeaban. Sintonizó la radio en una emisora con música y puso el volumen para que apenas se escuchara.
Prácticamente enseguida se quedó dormido y siguió así por un prolongado tiempo. Esto no le permitió ver como, aproximadamente a la media hora, el hombre salió de la casa y cuando se dirigía a subirse nuevamente al coche, fue abordado por cuatro individuos que se abalanzaron sobre él y golpeándolo, lo introdujeron en otro vehículo que estaba estacionado con el motor en marcha detrás del remis de Pedro. Quien, a su vez, seguía durmiendo acostado, tan acurrucado, que tuvo la fortuna de no ser visto por los maleantes. Pero la que había visto todo lo sucedido era la vecina. Sí, esa vecina que no tiene otra cosa que hacer que estar espiando por una de las ventanas de su casa en cada momento del día. Y lo mejor que hizo fue llamar a la policía.
A Pedro lo despertó el sonido del escándalo a su alrededor. Instintivamente miró el reloj y vio que había pasado más de una hora desde que su pasajero descendiera. A partir de ahí, lo que pudo ver a su alrededor era algo semejante a una serie de televisión (de esas policiales que le gustaba ver). Prácticamente a su lado, a través de la ventanilla divisó a un agente de la policía departamental que empuñaba con las dos manos una pistola (que le pareció enorme) apuntando en dirección al suelo, y que le estaba gritando, algo así como una orden.
Pedro se fue levantando despacio en su asiento, tratando de no causar una reacción violenta en el hombre armado. Cuando ya casi estaba bien sentado, erguido en la butaca, miró en torno a él y no pudo dar crédito a sus ojos por lo que sucedía.
La tranquila calle, en ese momento, estaba transformada en un pandemonio de cámaras de televisión (algunas lo apuntaban), montones de policías, cintas de distintos colores que no permitían el paso de los curiosos por la zona.
También alrededor del auto estaba colocada una cinta que no dejaba pasar a nadie, salvo a aquellos investigadores que estaban trabajando agachados buscando cosas en el piso o en el auto, sin tocarlo. Cuando ya era la tercera vez que le gritaba, le entró en el cerebro lo que decía el gigantesco personaje vestido de pantalón oscuro y camisa celeste sobre la cual resaltaba el chaleco antibalas con inscripción "Policía".
- Abajo...!!! Las manos sobre el techo...!!! Las piernas separadas...!!! – le vociferaba mostrando el arma que no lo apuntaba, pero que podía causarle mucho daño si el individuo se lo proponía. Mientras bajaba del auto con las manos en alto, Pedro observó por encima del hombro del policía, más policías que parecían atentos a cualquier extraño movimiento suyo.
Empezó a balbucear frases en tono de preguntas o justificativos antes de llegar a apoyarse en el coche. Pero no bien lo hizo, manos expertas comenzaron a recorrer su cuerpo cacheándolo en busca de algo sospechoso. De sus bolsillos pronto salieron su billetera con sus documentos y la poca plata que había hecho hasta ese momento, el llavero con las llaves de su casa, el pequeño teléfono celular y un par de pequeños y sucios papeles donde alguna vez anotó alguna dirección o algún teléfono junto a un viejo ticket del supermercado.
- Las manos en la espalda...! – expresó el hombre cuando terminó con el registro. Pedro obedeció (no le quedaba otra que hacer) y sintió un dolor cuando le ajustaron las esposas. Sin muchos miramientos lo obligaron a darse vuelta. Entonces se encontró cara a cara con una figura vestida con un elegante traje (a pesar del tiempo que denotaba su uso). La blanca camisa con el botón de arriba desabrochado, desde donde caía una corbata de color claro. El susto que Pedro tenía, hicieron pasar por alto todos estos detalles. La cara de la persona que lo estaba mirando a los ojos, mostraba una suave sonrisa que se contraponía con los gestos adustos de los que lo rodeaban.
- Muy bien,... – miró el documento que tenía en su mano -... Pedro. Me vas a decir rápidamente que hacías aquí...
La mente de Pedro estaba demasiada abotargada de pensamientos e ideas para poder coordinar una frase coherente. Y de pronto estalló.
- Soy remisero y vine a traer a un señor a esa casa... –quiso darse vuelta para señalarla, pero fuerte manos lo sujetaron.
- ¿Y cómo era el hombre...? – dijo el de civil.
Pedro trató de describir al que había sido su pasajero, con la mayor cantidad de detalles que intentaba recordar.
- Traje gris, o algo así. Camisa, corbata... Ah... y un portafolio... – le transpiraban mucho las manos – Entró en esa casa y me dijo que lo esperara, más o menos, media hora... No sé nada más...
- ¿No tenía algún detalle en especial? ¿No estaba nervioso? – insistió el hombre de la ley.
- No... No... - contestó Pedro al tiempo que hundía la cabeza entre las piernas ya que las esposas no le permitían hacer otro movimiento.
- Bien, González... Llévelo para la comisaría y déjelo demorado hasta que llegue el fiscal y decida que hacer con él... – ordenó el hombre de la corbata clara.
Un colega y acompañante se le acercó, al tiempo que formulaba una pregunta.
- ¿Qué le parece...?
- Que es un "perejil"... Llamá al número de la agencia y confirma si realmente existe y si trabaja allí... – y encendió su décimo cigarrillo negro de la mañana.
Pedro tuvo que pasar el resto del día por un montón de interrogatorios hasta entrada la noche en que alguien decidió su liberación. Preguntó por el auto y le informaron que el propio dueño lo había retirado. Con las pocas monedas que le quedaban, hizo un llamado para tranquilizar a su esposa y el resto le sirvieron para regresar a su casa. Al abrir la puerta del departamento, se encontró con la figura de su mujer que por encima de la cabeza del bebé, lo miraba en silencio, como si fuera otro interrogatorio. Y sí que lo era. Cerró la puerta con un fuerte golpe.
- No tengo nada que ver..! Lo llevé hasta donde me pidió y me dijo que lo esperara. Y me dormí hasta terminar en la comisaría...
La mujer se adelantó hasta abrazarlo sin decir palabras, pero demostrando su adhesión a la inocencia de Pedro. El abrazo fue largo y doloroso. Después de estar un buen rato así juntos, el hombre se desnudó totalmente y se metió debajo de la ducha para sacarse esa sensación de mugre que le había quedado después de todo lo sucedido. Salió del baño y a pesar de lo hambriento que estaba, se derrumbó en la cama, y como ya era su costumbre, se quedó profundamente dormido. La joven, también como lo hacía siempre, lo terminó de acomodar entre las sábanas
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De pronto Pedro abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras y todo era silencio, salvo el suave ronronear del sueño de su esposa. El reloj le mostraba que había dormido un rato largo, pero que aun falta bastante para que sonaran las campanillas. Encendió la luz tenue del velador y se percató que no estaba puesta la alarma para que repiquetearan. Sonrió pensando en que su esposa asumió su cansancio y decidió dejarlo dormir un poco más.
Pero la sonrisa enseguida dio paso a un gesto de preocupación, por todo lo que traería como consecuencias, lo sucedido.
La policía que no lo dejaría en paz por ser el único testigo. El dueño del auto, que quién sabe si se lo volvería a dar. Y si así fuera, en la agencia si quisieran volver a que trabajara allí. Los vecinos, los pasajeros, la gente que lo miraría a él con un gesto de sospecha por haber estado ahí.
Corrió la palanca de la alarma y después de quedarse un largo espacio de tiempo mirando el cielorraso, cayó nuevamente en un profundo letargo. Cuando atronó el despertador comenzó la rutina de todas mañanas, pero esta vez con diferencia que todo lo hizo con más velocidad y más orden.
Ni Carmen, su esposa lo podía creer. En el momento de desayunar puso en la televisión, uno de los noticieros de esa hora. No tuvo que esperar mucho para que desde el aparato un joven señor elegantemente vestido, con un micrófono en la mano, dijera que "aun no se habían encontrado ningún indicio de la persona secuestrada".
Un sentimiento de culpa corrió por el cuerpo de Pedro, a pesar de su inocencia. Como de costumbre cuando los informativos no tienen otra cosa, continuaban exhibiendo imágenes del día anterior en las que se veía a Pedro cuando era interrogado y luego llevado al lugar de detención. Lo que no se aclaraba era que había sido dejado en libertad.
Le dio un beso a su pequeño hijo, uno muy largo y profundo a su esposa y salió a enfrentar el mundo que lo rodearía. Don Carlos, el dueño del auto, se sorprendió fuertemente al verlo cuando abrió la puerta de su casa.
- Pedro... Pensé que todavía te tenían adentro... – fue su comentario para recibirlo.
Y Pedro nuevamente tuvo contar todo con lujo de detalles desde que salió de la agencia hasta que lo liberaron.
- Pero en la televisión no dicen nada que te largaron... – don Carlos tenía un dejo de desconfianza.
- Bueno... Pero es así... - Pedro ya estaba demostrando su impaciencia – ¿Puedo llevar el auto para trabajar...?
- Bueno, por mí no hay problema... Eso sí... Revisale el agua, el aceite y lavalo... Y trata de no meterte en más quilombos, que no tengo ganas de andar buscando el auto por las comisarías.
Así Pedro llegó a la agencia donde fue recibido por sus compañeros como una "estrella" de la televisión. Trataba de contestar la avalancha de preguntas, debajo de la montaña de brazos que lo palmeaban.
- Pedro, la policía primero nos llamó y después vino a averiguar sobre tu vida y ese viaje en especial... Querían saber sobre tu forma de ser y la mayoría le contaron todo sobre u pereza crónica... – le comentó la dueña de la agencia en cuanto pudo liberarlo del cerco que formaban los otros choferes. Que no paraban de hacer sus propias crónicas, y cuando no, una que otra "cargada".
- Así que te agarraron "apolillando"... Era lógico...
- Y en la comisaría... ¿Los otros presos te dejaron dormir...? – las repuestas eran grandes risotadas que proferían ellos mismos.
- ¿Y ahora que vas a hacer...? – lo interrogó la mujer desde atrás del escritorio.
- Por ahora, trabajar... Porque sino no comemos... – contestó. Y apuntando al aparato de televisión preguntó - ¿No viste si apareció el tipo...?
- No... Creo que no lo encontraron todavía...
- Bueno... Cuando me toque, dame un viaje, así me saco un poco la mufa que tengo encima...
No pasaron más de diez minutos, cuando le salió un viaje a Capital. Lo que no notó era que un auto que llevaba arriba a tres tipos, de aspecto poco amistoso lo empezó a seguir a una respetable distancia. Así todo el día. Cuando esperaba en la agencia, no podía sacarse de la cabeza el tema del secuestro. ("El tipo subió acá porque vive cerca... O no... ¿Y si lo tuvieran por acá cerca...?"). Estos pensamientos, hicieron que de pronto recordara a un compañero de la escuela, que hoy era uno de los "capo" más pesado que había en el barrio de emergencia del fondo del Partido.
Hizo unos viajes más y le pidió permiso a la mujer de la mesa para "cortarse". Rápidamente llegó hasta una de las calles que rodeaba la "villa". Una banda de chicos, algunos con sucias y rotas zapatillas y otros descalzos, jugaban al fútbol en el medio de la calzada. Más allá una barra de adolescentes tomaba cerveza a la sombra de un frondoso árbol. Pedro estacionó el auto junto a ellos que lo miraban con curiosidad hasta que un par de ellos se levantaron y se acercaron al vehículo.
- Morocho... ¿Hay un diez para la "birra"...? – dijo uno apoyándose en el marco de ventanilla.
- Ando buscando al "Caño" Miguel... – fue la contestación de Pedro, aguantando la mirada del muchacho.
- ¿Sos amigo del "Caño"...? – algo fue cambiando en la expresión.
- Sí... – seca la respuesta.
- ¿Sabés dónde vive...?
Pedro solo asintió con la cabeza.
- Pasá... Pero acordate que estamos acá... Dejá el auto que nosotros te lo cuidamos... – expresó con una mueca parecida a una sonrisa antes de volver a sentarse con el resto de sus amigos.
Pareció que era dejar la oveja al cuidado del lobo. Pero no quedaba otro remedio. Caminó por los pasillos entre las precarias viviendas. Recordó la casa de aquella vez que se ratearon de la escuela y fueron hasta allí para buscar "guita para ir al cine". Se habían hecho buenos amigos hasta que el "Caño" tomó para el lado de salir a "apretar" gente. El mismo "Caño", lo hizo separarse de él.
Hasta entonces, Pedro siempre trató de ayudarlo, ya sea, invitándolo a la casa de sus padres a comer, otras veces con ropas –algunas usadas, otras nuevas– y en alguna oportunidad le tiró un "mango" también. Pedro golpeó la puerta de una casa que por sus mejoras, sobresalía un poco sobre las demás. Sin abrirse mucho la abertura, se asomó el rostro apergaminado de una anciana.
- ¿Está Miguel, señora...? – preguntó el joven.
- ¿Quién lo busca...? – interrogó a su vez la mujer.
- Pedro... – esta sola palabra dijo.
Y el "Caño" salió de detrás de puerta abriéndola de par en par. Se unieron fuertemente en un largo abrazo, como dos hermanos que hace mucho que no se ven. Esto era así.
- Pedro... Que sorpresa... Pasá... Seguro que no venís simplemente de visita... – le dijo mientras acomodaba un par de sillas junto a la mesa – Abuela... ¿Hay una cerveza para un amigo...? – y la viejita desapareció detrás de una cortina.
- Miguel... Necesito un favor... – comenzó Pedro.
- Lo que necesites... – lo interrumpió su amigo.
- Tengo que encontrar al tipo que secuestraron o los que lo secuestraron, así aclaro mi situación y me sacó de encima a la policía que me viene apretando... – y le contó todo desde que apareció ese hombre en la puerta de la agencia hasta que volvió hoy mismo a trabajar.
- Mirá, Pedro... No tengo ni idea de quienes pudieron haberlo hecho. Por otro lado, sabés que no se puede "deschavar" así nomás a los que hicieron el trabajo.
- Miguel, te pido por favor... Creo que ni mi señora me cree que soy inocente... Y menos la policía... No quiero volver a pasar otra noche en la comisaría y menos en una cárcel, por algo que no tengo nada que ver... – expresó Pedro casi llorando, en el momento que la anciana dejaba una cerveza y dos vasos sobre la mesa – No es para hacerles problema... Solo quiero decirles, que digan de alguna manera, que yo no tengo nada que ver con el secuestro...
- OK, Pedro... Espera hasta mañana... – el "Caño" llenó los dos vasos, le dio uno a Pedro y lo animó a brindar... – Ahora la abuela te va acompañar hasta el auto, por las dudas... Y no te duermas...
Al día siguiente, Pedro estaba dormitando en el frente de casa de una pasajera. En el momento que esta dio un portazo luego de subir, el joven volvió a la realidad y entonces se percató de una pequeña hoja de papel que habían colocado en el limpiaparabrisas. Al principio creyó que era un folleto de propaganda, pero notó hasta donde se veía que no tenía nada escrito. Se bajó un momento del auto y lo tomó. Leyó una dirección que había allí escrita y más abajo la advertencia: "Anda solo".
Dejó transcurrir el resto del día hasta bien entrada la tarde. Ya tenía localizada la calle después de haber consultado la guía de calles y hasta allí fue. El barrio era un barrio común de los alrededores de la ciudad. Con sus casas bajas, matizadas con alguna más próspera. La mayoría con fuertes rejas contra la inseguridad. La casa de la dirección anotada tenía un frente de piedras con una cubierta de tejas, dejando un cuidado jardín al frente. Las luces públicas rompían la oscuridad de la noche. No se veía a nadie circular por estas veredas.
A Pedro le entró la indecisión de qué hacer. ¿Qué iba decir? De cualquier manera, no se quería quedar sentado dentro del vehículo, porque se sabía capaz de no resistir a quedarse dormido. Al fin tomó una determinación. Tocó el timbre desde el portón de rejas de hierro. Allá se abrió apenas la puerta y se asomó el rostro de una bella señora de mediana edad.
- Perdón, señora... Sé quien está de visita y me gustaría hablar con el dueño de casa... – dijo Pedro tratando de no levantar mucho la voz.
La mujer cerró nuevamente la puerta y al cabo de unos instantes se volvió a abrir mostrando en su marco un individuo de un físico desarrollado vestido con ropas deportivas. Miró con desconfianza hacia ambos lados.
- No se preocupe, señor... Estoy yo solo... – Pedro estaba apoyado en las rejas, tomando con ambas manos, la parte más alta que alcanzaba, en una actitud de rendición y a la vez indicar no estar para nada armado.
Lentamente el hombre se empezó a acercar al lugar donde estaba el muchacho. El hueco de la puerta de la casa fue cubierto por otro sujeto. A medida que el sujeto se aproximaba, Pedro notó un gran bulto en su cintura que no dejaba lugar a dudas de que se trataba. Se detuvo a unos tres pasos antes de llegar al portón llevando la mano hasta debajo de la campera.
- Decime qué querés, porque no te conozco... – dijo con una voz suave que no condecía con su físico y actitud.
- Sé a quien tienen de visita en la casa y quiero hablar con el que manda... – a medida que articulaba las palabras, Pedro se sorprendía de su propia voz.
- A ver... Date vuelta para el lado de la luz... – dijo el tipo y el joven se movió lentamente - Ya sé quien sos vos... El remisero que estaba durmiendo...
Pedro asintió con la cabeza al tiempo que trataba de tragar saliva y le era imposible. El hombre sonrió malamente y miró otra vez para todos lados.
- ¿Cómo llegaste hasta acá...?
- Eso no importa... Déjeme pasar que necesito hablar con el que esté al mando de todo esto. Por favor... – esto último como una forma de convencimiento.
Un rato más tarde Pedro estaba de pie en la sala de la casa frente a otro individuo que, sentado en un sillón, daba la impresión de ser el jefe. Una inmensa cicatriz en forma de "L" cruzaba su mejilla izquierda. Detrás de él, la mujer que lo atendió primero, bebía alguna cosa, apoyada en el respaldo del asiento.
- Dos cosas quisiera saber... Quién te mandó hasta acá... Y qué querés acá... ¿No serás poli....? – expresó de mala manera el maleante mientras jugueteaba con un arma.
- Lo primero no lo puedo decir, pero es un amigo... No, no soy de la policía... Soy remisero y justamente vengo a pedirle por favor, que cuando se comunique con alguien le diga que yo no tengo nada que ver...
El secuestrador se rió por lo bajo.
- Ya no me importa quien te mandó hasta acá... – y dirigiéndose a sus secuaces les ordenó - Métanlo con el otro... Después veremos que hacemos con él...
Pero los malhechores antes de encadenarlo en un pequeño baño, le pegaron una bestial paliza para que confesara quien más sabía de este escondite y pudiera localizar la casa.
- Vamos a apurar el cobro del rescate con lo que sea, así lo largamos al viejo, y al pibe lo tirás en la tosquera... – dispuso el que llevaba la voz cantante.
Tirado en el suelo con las manos atadas al caño de desagüe de la pileta, Pedro dentro del dolor que tenía todo su cuerpo por los golpes recibidos, pensaba como había llegado a meterse en esta situación. De pronto todo se sacudió con una serie de estruendos, tiros, golpes de puertas, gritos, ordenes en voz alta. Y otra vez silencio. Que se rompió cuando tiraron abajo la puerta del baño.
Momento en que casi estalla el joven corazón de Pedro. A esto hubo que agregarle la aparición de dos figuras vestidas totalmente de negro hasta el pasamontañas que solo dejaba sus rabiosos ojos. Las armas que empuñaban y que lo apuntaban, dejaron de hacerlo y los ademanes de tranquilidad que le hacían, le hizo reconocer quienes eran.
Lo soltaron de sus ataduras, solo para llevarlo a otra comisaría (otra vez en un patrullero y otra vez volvió a dejar solo el auto con el que trabajaba). En la dependencia policial, lo curaron, alguien le comentó que lo habían seguido todo el tiempo, porque equivocadamente desconfiaban de él. Que habían liberado al secuestrado y que la banda, aparentemente, estaba toda apresada. "Que el extenso brazo de la ley, etc., etc.". Casi llegaron a mimarlo antes de largarlo en medio de una nube de periodistas.
Escapó como pudo y como pudo llegó hasta su hogar. Donde su mujer (y acaso, también su pequeño hijo), lo esperaban con más tranquilidad y alegría. A pesar de los sufrimientos pasados, durmió como un niño. Sin culpas y sin arrepentimientos. Cuando amaneció se sentía de buen ánimo. Después de la rutina diaria de higiene y desayuno, fue hasta la casa del dueño del coche, a buscarlo nuevamente, ya que sabía que este lo iba a recuperar en la noche anterior. El hombre al verlo venir, lo encaró de mal humor.
- No, pibe... No estoy para bancarte todos los despelotes que te metés a cada rato... Así que tratá de conseguirte otro auto... O mejor, otro trabajo... – y sin decir más se metió dentro de su casa.
Desalentado, Pedro siguió caminando hasta la agencia. Cuando llegó, otra vez tuvo que soportar las bromas e interrogatorios de sus colegas.
- ¿Vas a trabajar...? – lo interrogó la mujer desde detrás del escritorio.
- No tengo más auto... No me lo quiere dar más... Así que si saben de alguno, avísenme... – le respondió en tanto se tiraba en uno de los sillones, como queriendo disipar algún cansancio del alma, más que físico. Se empezó a quedar dormido, cuando de pronto algo lo sobresaltó.
Levantó la vista hacia el televisor en el momento en que el conductor del noticiero decía...
"Gracias a la acción de un remisero fue desbaratada la banda de secuestradores que tenía en su poder al importante empresario Aníbal Chávez Losada y por el cual pedían una cifra millonaria como rescate. La familia en agradecimiento por haber sido liberado el señor Chávez, sano y salvo, gracias a la intervención del remisero, le entregarán a este, el monto que ofrecían como rescate a quien diera algún indicio. Monto que asciende a la no despreciable suma de trescientos mil pesos."
Pedro empezó a sentirse mareado ya que no podía dar crédito a lo que acababa de oír. Su grito de inmenso júbilo fue tan grande que se perdió en el espacio.
Pero ese grito no llegó nunca hasta una casa perdida en el campo donde un individuo con una inmensa cicatriz en forma de "L" que cruzaba su mejilla izquierda hacía planes para tomarse revancha contra ese remisero inútil que arruinó sus planes.
Ni hasta una casa en un barrio de precarias viviendas, donde su morador pensaba en ir a buscar una parte de la recompensa. “Y que no se hiciera el loco de querer negársela...”
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Sin salir aun de su abstracción, Antonio escucho la voz del hombre extraño como en una letanía.
- “Ahora ya has visto la segunda de las estaciones...” – pareció como si lo que expresó, le hubiese fluido de una total armonía interna – “Ahora te invito a tomar otro elemento...”
Antonio, por un momento, quiso resistirse a cumplir lo que parecía más una orden que una invitación. Pero dejó el cilindro achatado de decía "PEREZA" y tomó el objeto que parecía un escarabajo, lo giró y miró lo que estaba grabado.
El hombre extraño lo miró en forma interrogante.
- “Dilo sin temor...” – le garantizó mentalmente.
- "GULA"... – exclamó Antonio, ahora con más curiosidad que temor, a sabiendas de lo que ocurriría. La luz lo envolvió...
