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La Coctelera

En el nombre del remise

Parecen cuentos

5 Diciembre 2006

LA GULA

GULA: (del latín gula):
Exceso en las comidas o bebidas y apetito desordenado de comer y beber.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Gregorio estacionó su auto frente al lugar donde un cartel lo invitaba a almorzar. En realidad, el gran cartel anunciaba, así pintado muy toscamente, que la Gran Parrilla "El Tío" ofrecía carnes y achuras a precios muy baratos, y bebidas de todas las categorías.

Se trataba de una vieja casilla rodante montada sobre un terreno baldío, rodeada de una docena de mesas y sillas de plástico. Una "media sombra" de negra tela transparente que apenas dejaba pasar el sol, completaba el escenario. Dentro de la casilla, sobre una humeante parrilla descansaban unos cuantos chorizos, morcillas, carnes (sobre todo asado de tira) y diversas achuras. Posiblemente nada resistiría un examen bromatológico.

Un tacho de doscientos litros con hielo adentro, hacía las veces de heladera. En el fondo flotaban latas de cervezas junto a latas de gaseosas. Y unos cuanto sifones acompañaban a unas botellas de plástico de gaseosas de marcas indefinidas. Sobre una estantería estaban apoyadas unas cajas de vino barato con otras botellas de vino de una medianía calculada. Sobre el mostrador una fila de jarras de vidrio rodeaba a una damajuana del típico "vino de la casa".

Esta era la coreografía del lugar que Gregorio había elegido para almorzar. El sistema de servicio consistía, en hacer el pedido en el mostrador al dueño/parrillero, un individuo que “lucía” un delantal y un birrete que en alguna oportunidad habrían sido blancos Después había que sentarse en una mesa a esperar.

Esto ya había hecho Gregorio cuando se acercó el mismo muchachito que traía los pedidos, a preguntar que iba a beber.

- Una jarra de vino de la casa tinto y un sifón. – fue la respuesta del recién llegado.

Pasaron unos minutos después de haber llevado las bebidas, cuando volvió el chico con comida solicitada. En una fuente con brasas ardiendo debajo, trajo la oferta del día que consistía en "una parrillada para uno donde comen dos". El pibe agregó a la mesa la ensalada pedida, una panera con un par de panes, una de esas cosas que traen el aceite, el vinagre y la sal, además de un puñado de servilletas de papel, un frasco con chimichurri. Y platos y cubiertos para dos personas.

- ¿La otra persona viene enseguida...? – quiso saber el jovencito.

- No... Por ahora no hay otra persona... Anda nomás... – contestó Gregorio al tiempo que se abalanzaba sobre la comida.

No tardó demasiado en dar cuenta de todo lo comestible y casi todo el litro de vino y la soda.

Pronto, estaba recostado en la silla, como descansando, con un escarbadientes entre los labios. Se había aflojado el cinturón y jugueteaba con el vaso de vino tinto sostenido con los dedos, como si fuese a pasar el resto de su vida en esa posición. Con la mirada extraviada más allá de la calle, pensaba en que comería esa noche.

En tanto ahogaba un eructo que casi lo deja sin aire, prestó atención al resto de los comensales. Los más cercanos, eran una barra de siete u ocho muchachones con pinta de mecánicos, con ropas manchadas de grasas, quizás de alguna de las fábricas cercanas. Se notaban frescos y contentos con la alegría que da la juventud. Y por las carcajadas que despertaban cada frase que pronunciaba cada uno de ellos.

Un poco más allá, bien resguardados a la sombra, una pareja de ancianos era la contrapartida. Almorzaban, no con tristeza, sino con un gesto puritano. Poca conversación y modos de actuar muy elegantes para ese lugar. Pero la forma de vestir de ambos, hacía que se integraran con el ambiente que los rodeaba. Ella con negro y deslucido vestido semilargo, pasado hacía mucho tiempo de moda, con un gran escote que dejaba ver parte de sus envejecidos y caídos pechos. Él vestido con saco, camisa y corbata. Una corbata rayada de varios colores sobre una camisa floreada, fuera del pantalón y un saco de color indefinido, propio del mismo desgaste.

Después Gregorio miró hacía el fondo del terreno, donde estaba sentado un hombre solo (igual que él), sin comidas a la vista, pero con una caja de vino y un vaso sobre su mesa que bebía lentamente, quizás porque no tendría horarios que cumplir, personas que lo esperaran o destino que lo aguardara. Pensando que no debía importarle todo esto que vio, Gregorio se levantó con la pesadez de lo almorzado, fue hasta el mostrador y pagó lo consumido, más una no tan generosa propina. Cuando tuviera otro viaje por acá, volvería a comer aquí.

Caminó hasta su auto y descargó sus más de ciento veinte kilos (con uno sesenta y cinco de estatura), sobre el asiento. Protestaron los amortiguadores y elásticos, pero ya estaban acostumbrados. La enorme barriga que choca con el volante, provoca que sus brazos sean cortos para alcanzar a embocar la llave de contacto. Así con esfuerzo y con maña, puso el motor en marcha, al tiempo que de la gaveta que estaba entre los dos asientos delanteros, sacó una barra de chocolate que se puso a comer lentamente, disfrutándolo. (Para bajar la comida, según él).

Poco después que terminara la golosina, llegó a la agencia de remise desde donde había partido con el viaje que lo dejó cerca del lugar del almuerzo. En el momento de entrar al local la única que se encontraba era la encargada de la distribución de los viajes. En el medio de un eructo, que trató de ahogar, indicó el precio del viaje.

- Cinco pesos... – dijo con la poca voz que le permitía el escape de aire por su boca.

- Gregorio... ¿Dónde fue...? – quiso saber la señora - Hace como dos horas que salió...

- Fui hasta el cementerio y la vuelta paré a picar algo... – exclamó con una sonrisa de haber cometido una picardía y pedir disculpas.

La mujer meneo la cabeza pensando para sí misma que "no puede ser, un día de estos va a reventar..."

Se sentó, medio apretado, en uno de los sillones individuales. Justo en ese instante llegaron de sus viajes, dos de los choferes más cargosos de la remisería.

- ¿Qué hacés, gordo...? – no había otro modo de cómo podían apodarlo – ¿Paraste para comer parrillada...?

- Sí... ¿Por..?

- Porque te trajiste un pedazo de chimichurri en la camisa... – y lanzaron una risotada ante la seriedad de Gregorio y la mujer. Entonces el otro agregó...

- ¿Sabés como lo llaman al gordo...? "Sopa espesa"... Porque la grasa no le deja ver el fideo... – Otra carcajada.

Gregorio, gordo bueno, los miraba y como queriendo acompañarlos en su jolgorio, sonreía sin ganas. Después de todo estaba acostumbrado a tantos palos y ya tenía el lomo duro. Se puso de pie pesadamente y encaró hacia la puerta. Justo en ese momento comenzó a sonar el teléfono. Alguien del otro lado, dio los suficientes detalles como para prolongar por un rato la conversación y pedir que le mandaran un remise a determinada dirección. Desde la puerta, Gregorio sabiendo que le tocaba salir a él, se quedó esperando.

- Gregorio... Tiene que ir hasta esta dirección en el Centro y traer una señora hasta el médico que está acá a la vuelta... – lo despachó la encargada alcanzándole un papel donde estaba escrito la calle y el número donde debía de ir. Tomó la pequeña nota y se marchó hacía su vehículo. Los que quedaron en la agencia continuaron haciendo comentarios entre ellos y riéndose.

- A ver si aflojan un poco con las cargadas... – le recomendó la mujer desde detrás del escritorio, pero lo suyo aparentemente cayó en saco roto.

Siguiendo las indicaciones de la guía de calles y manejando sin mucho apuro, Gregorio llegó al barrio adonde estaba el domicilio indicado, no sin antes, casi caer en la tentación de detenerse en un puesto de ventas de "panchos". La vivienda señalada era una auténtica mansión, acorde con el vecindario de los alrededores. Rejas contra "los amigos de lo ajeno" y un enorme jardín separaban la vereda de la enorme casa de dos plantas y muchas ventanas. Trabajosamente el hombre bajó de su auto y se acercó al portero eléctrico. Lo hizo sonar y esperó la contestación que no tardó en llegar en forma de interrogatorio averiguando de quién se trataba.

- Soy del remise y busco a la señora... – leyó el papelito - Elida...

- Un momento... Enseguida sale la señora... – y el "clic" que oyó le indicó que se había terminado la comunicación.

Por las dudas que tuviese que bajarse otra vez del coche, Gregorio se quedó de pie junto al mismo. Pasaron unos cuantos minutos cuando de improviso, se abrió la refinada puerta enmarcada en toscanas columnas y como en una entrada a un escenario teatral (así le pareció a Gregorio), hizo su presentación la dueña de casa.

Señora que, estimó el hombre, rondaría los cincuenta años (no más, quizás menos). Un rostro de claros ojos, aun muy bonito, con un suave maquillaje y castaños cabellos cayendo sueltos sobre sus hombros. Un cuerpo delgado de suaves curvas, cubierto por una vestimenta sencilla (pantalón, camisa y zapatos bajos, todo al tono), pero muy elegante. Se deslizaba con la elegancia de una reina.

Después de cerrar la boca que tenía desencajada por la sorpresa, Gregorio corrió su abultada figura para poder abrir la puerta del coche. La mujer lo saludó con toda amabilidad antes de ascender. Ni bien lo hizo, él rodeó el vehículo y se instaló detrás del volante. Puso todo el máximo de empeño para arrancar lo más suavemente posible, como si la dama se fuera a destruir o desaparecer mágicamente.

- Señor... ¿Le han dicho adónde tenemos que ir...? – habló la mujer por primera vez.

- Sí, señora... A la vuelta de la agencia... Quiero decir, al médico... A su médico... – a pesar de su turbación, puso su mejor acento de amabilidad – Y perdóneme la indiscreción... ¿Por qué no utiliza un remise de donde usted vive...?

- No... No es indiscreción... Sencillamente porque hace poco tiempo que me he mudado a este lugar y no conozco las agencias de la zona, si las hay... Así que el doctor me recomendó su agencia y me dio su teléfono... – iluminó su rostro con una sonrisa – Supongo que debe ser por la confianza que él les tiene en todo sentido...

- Deberemos darle gracias al doctor... Y vamos a tratar de que merezcamos esa confianza ante usted...

- ¿Cómo se llama usted...? – quiso saber la dama.

- Gregorio, señora...

Y a partir de ahí, continuaron conversando todo el resto del viaje. Variaron los temas desde las actuales condiciones meteorológicas, la actualidad nacional, pasando por las necesidades triviales de cada uno dentro de su entorno, hasta un dejo de temas más personales. La llegada al destino fijado, cortó el coloquio.

- Greg... ¿Me permite que lo llamé así...? – el hombre asintió con la cabeza – Debo regresar, más o menos, en una hora a mi casa... Así que me gustaría que usted me llevara de vuelta...

- Creo que no habrá problema, señora...

- Bien... Lo espero... – descendió la mujer y se perdió en la casa del médico cuando este abrió la puerta.

Gregorio volvió a la agencia más henchido que nunca, si ello fuera posible. "Cantó" el precio del viaje y le dijo a la encargada que debía volver a buscar a "su" pasajera dentro de una hora.

- No hay problema, Gregorio... Vaya tranquilo... – era norma de la casa que cada chofer hiciera ciertos viajes cuando eran reclamados, pero que esto no se hiciera a menudo con diversos pasajeros, porque acarrearía falta de trabajo para aquellos que no eran pretendidos.

A partir de entonces, para Gregorio, las manecillas de los distintos relojes que consultaba, parecían estar detenidas o que avanzan más lentamente que nunca. Se había olvidado, prácticamente de su necesidad de comer. Solo quería volver a ver a aquella mujer y continuar con la agradable conversación que habían mantenido. Cinco minutos antes que se cumpliera el tiempo establecido, montó en su vehículo y dio vuelta a la manzana hasta estacionarse frente a la morada donde el facultativo tenía su consultorio.

Para desesperanza de Gregorio, la señora tardó casi quince minutos más de lo estipulado. Cuando la vio saludar al médico despidiéndose, bajó del auto lo más presuroso que pudo para alcanzar a abrirle la puerta. La sonrisa que ella le dedicó hizo estremecer al galante Gregorio. Estaban circulando nuevamente de retorno al elegante barrio, cuando la dama lo tomó de sorpresa al comenzar a hablar antes que él pudiera hacerlo.

- Greg... Perdóneme usted ahora la indiscreción, pero me gustaría saber como es su familia... Usted parece una muy buena persona y habrá gente muy orgullosa de usted... – Se inclinó ella hacia delante y al darse vuelta Gregorio para responderle, se encontró con la generosa vista que dejaba el botón desprendido de la camisa femenina. Algo dormido se despertó en él. Medio atragantado y volviendo rápidamente la vista al frente antes de pudiera causar un accidente, el rollizo personaje buscó una respuesta que hiciera continuar la conversación.

- La historia de mi vida es muy corta y sencilla... – comenzó a memorizar – Era muy pequeño cuando vine con mis padres desde el interior. Vivimos acá en la gran ciudad, juntos muchos años, hasta que ellos decidieron regresar a Mendoza, a su lugar de origen, donde todavía viven. Yo me quedé y me las arreglé solo para mantenerme... Estudié algunas cosas que nunca terminé... Y trabajé, siempre trabajé... – Gregorio estaba atónito de cómo le fluían las palabras desde su interior.

- Perdóneme nuevamente, Greg... Pero tengo alguna necesidad de hablar con alguien – tomó de vuelta la palabra la mujer – Por eso mis preguntas... Usted no parece una persona mayor, pero aun así debe haber habido amores en su vida... Si le parezco muy indiscreta, dígamelo...

- No... Está todo bien... Y sí.... Por supuesto que los hubo... – dijo con un tono como descontando que hubo una gran cantidad, cosa que no había sido así – Pero no, últimamente... – y recorrió con gesto de sus manos, su propio físico.

- A ver, Greg... ¿Puede perder algo más de tiempo...? Le pagaré todo el viaje y la espera que haya...

- Por supuesto, señora... Estoy a su disposición... – contestó el hombre turbado por la decisión de la dama.

- Bien... Primero, no me llame más señora... Me siento muy grande... Mi nombre es Elida... Segundo, si no tiene problema, lléveme hasta la avenida de la Costa a la zona de los restaurantes... – todo era una larga orden que Gregorio (ya pensaba en un "choripan" de los que vendían en la Costanera), debía cumplir – Y mientras vamos, si tiene ganas, cuénteme de su juventud, sus romances... – al ver la cara de desencanto, de él, agregó – Por favor, no se ofenda... Creo que me gustaría escucharlo...

Comenzó contando algunos amoríos reales y después continuó con otros que no eran tanto. Tan ensimismado iba en su relato que por un momento se distrajo y casi choca contra un taxi que circulaba en su misma dirección.

- Che, gordo...! ¿Estás ciego...!? Fíjate por donde manejas...! – el grito del individuo que conducía el otro vehículo lo trajo a la realidad. Lo sacó de ese mundo casi perfecto que había formado en derredor de él. Se puso rojo de vergüenza y no contestó. La mujer pensó que el color era por el enojo causado por las palabras y que no respondió por educación. Así que con voz ronca expresó...

- No le dé importancia... Y cuénteme algo más... ¿Hay una señora de...?

Gregorio menea la cabeza con sonrisa triste, de resignación.

- No... No hubo nunca una señora de... Ni creo que a esta altura del partido, la haya...

- Hey... No se dé por vencido tan fácilmente... Nunca se sabe lo que le puede deparar el destino...

Y así conversando, casi sin darse cuenta, ya estaban transitando en dirección al norte por la avenida de la Costa, paralela al Aeropuerto de la ciudad. Ahí dentro de la estación aérea se veían una cantidad de aviones detenidos a la espera de sus pasajeros, otros que lentamente se aproximaban a las cabeceras de la pista y alguno que ya corría por ella, elevándose ruidosamente buscando las nubes del atardecer. A la derecha, el ancho y majestuoso río, sobre cuyas aguas color león, navegaban algunos veleros y enormes buques cargueros sobre el horizonte.

Al final del terreno del aeródromo, alrededor de un complejo deportivo, se alzaban los numerosos locales de diferentes tipos de comidas.

- ¿Dónde le gustaría que la deje, señora...? Perdón... Elida... – preguntó Gregorio, disminuyendo la velocidad.

- Un poco más adelante hay un tipo cafetería, con un balcón hacia el río... Ese que está ahí... – indicó la dama.

Hábilmente, Gregorio maniobró y estacionó su coche de punta contra el cordón de la vereda entre medio de otros vehículos aparcados.

- Bien, Elida... ¿La tengo que esperar...? – quiso saber el hombre mientras su mente cavilaba que en el tiempo que tuviese libre, aprovecharía para ir a comer alguna cosa en alguna de los locales vecinos.

- Sí... Por supuesto... Pero me tendrá que acompañar a tomar un café...

- Por favor, señora... No sé si debo...

- No me llame más "señora"... Y no acepto que se niegue a acompañarme... Lo estoy invitando... – el tono de su voz era amable, pero firme.

- Si es así, no me queda más que aceptar... Pero permítame que sea yo quien la invite...

- Veremos... – contestó la mujer al tiempo que atravesaba la puerta, abierta gentilmente por el obeso caballero.

Ascendieron por una escalera que rechinaba al paso y al peso de Gregorio. Los no pocos espectadores presentes desde sus respectivas mesas, giraron sus cabezas, curiosos, en dirección a la pareja que no prestaron atención al interés suscitado. Realmente, desde ese balcón la vista era magnifica. El río, con el sol cayendo a espaldas de la pareja, dejaba ver a lo lejos, las primeras islas del inmenso delta. Se sentaron uno frente al otro en una mesa al lado de la baranda. Él luchaba contra su tentación de pedir algún alimento que frenara sus ansias de comer. Se acercó un mozo y ella pidió un vino.

- Una copa de chardonnay, bien helado, por favor...

Él aprovechó la ocasión para pedir un aperitivo suave, especulando que vendría acompañado por una picada.

- ¿Desea algo para comer...? – invitó la señora captando el gesto de angustia de él..

- No..! Gracias... – negó vehementemente.

Después que fueron servidas las bebidas, Gregorio desparramado en su asiento, gozando de esta desusada situación para él, se atrevió a preguntar.

- Elida... Cuénteme... ¿Qué significa todo esto...? – dijo mirando de frente sus claros ojos.

- Nada extraño... – contestó ella sonriente – En principio es conversar con alguien como le dije antes. Parece que le tocó a usted y le agradezco su buena onda hasta acá.

- Ahora bien... Hablemos ahora sobre usted... – propuso Gregorio, al tiempo que daba cuenta de quesos, fiambres y otras cosas que en platitos adornaban la mesa – No me diga que alrededor suyo no hay nadie que satisfaga su necesidad de amistad...

- Sí... Tengo muchos amigos, pero ya sus conversaciones me resultan aburridas...

- ¿Y su esposo...? – interrogó él, mientras que casi se atragantaba con los maníes, aturdido de su propia osadía al hacer esta consulta.

- Esperaba la pregunta... – respondió mirando largamente el horizonte sobre el río – Quizás deba saber que soy viuda... Mi esposo, un gran tipo, falleció hace ya unos cinco años, dejándome una conveniente fortuna que no me permitirá pasar privaciones durante el resto de mi vida. No hemos tenido hijos. Con los parientes de él mantengo una relación, no mala, pero poco fluida. Ellos tienen sus propias fortunas. Como le decía al principio tengo una buena cantidad de amigos. Desinteresados y de los otros. Sinceros unos y codiciosos otros. Quizá sea un poco apresurado, pero me gustaría saber, hipotéticamente, de que lado estaría usted en caso de que mutuamente nos brindáramos nuestra amistad...

Sonrió Gregorio tomándose un tiempo para contestar.

- Debo suponer que nuestro encuentro tiene aspecto que puede continuar por un rato prolongado... – pensaba cada palabra que iba decir – Así que me pondría del lado de los buenos... Por otra parte, si me pusiese del otro bando, no se lo contaría...

Mientras ella esbozaba una suave risa, el ruido atronador de un avión que pasó sobre ellos para aterrizar en el aeropuerto vecino, cortó momentáneamente la conversación.

- Muy bien... Muy sincero lo suyo... – la dama comenzó a ponerse de pie – Si no tiene inconveniente, me gustaría que me llevara de regreso a mi hogar...

Llamó al mozo y quiso pagar él, pero ella no se lo permitió de ninguna manera. En el camino de vuelta conversaron acerca de sus propios gustos musicales, de cine (Gregorio solo iba al cine cuando hacía compras en los hipermercados, que no era a menudo), sobre pinturas (él no sabía nada), de deportes populares (de esto, era ella la que no sabía nada) y terminaron riéndose uno de otro. Así llegaron a la puerta enrejada de la mansión. Ella preguntó cuanto debía del viaje y puso al remisero entre la espada y la pared. Elida notó la turbación del hombre. Entonces sacó la billetera, extrajo dinero de ella y se lo puso en el bolsillo de la camisa de Gregorio.

- Creo que con esto alcanza para el viaje y la espera... Si no es así, se lo pagaré la próxima vez... Y si sobra, la próxima vez paga usted... – dijo la mujer guardando su billetera.

- Sabe que no debería cobrar el momento agradable que he pasado, pero en la agencia me cobrarán la comisión...

- No me diga más... – respondió suavemente y se despidió – Yo llamaré... Adiós y nos vemos...

La última visión que tuvo de ella, fue cuando cruzó la gran puerta de entrada. Arrancó Gregorio su auto en un estado de euforia. Se fue pensando que esto merecía un auténtico festejo para agasajarse por la nueva amistad. Cuanto hacía que una mujer no lo consideraba como un amigo. En la agencia solo tenía compañeros de trabajo y la mayoría pesados bromistas. Y ahí no tenía más remedio que estar todo el día y todos los días. Esto era diferente.

Metió la mano en el bolsillo y sacó el dinero que le había puesto la dama. Era más que suficiente para pagar el viaje y aun mucho más para una buena y opípara cena. Recordó que en el camino de vuelta existía una cantina bien puesta para comer mariscos hasta hartarse, algo que hacía rato quería disfrutar con avidez.

Al día siguiente llegó a la agencia casi sin poder sostenerse por la pesadez de las comidas y bebidas consumidas la noche anterior. No hubo digestivos, ni sales efervescentes que lo aliviaran. Saludó con una inclinación de cabeza y se derrumbó en uno de los grandes sillones.

- Me dijo la chica de la noche que menos mal que llamó para avisar que se "cortaba", porque estabamos extrañados por su tardanza... – la señora de la mesa inició una conversación - ¿Buen viaje, no...? Digo por el importe que "cantó"...

Gregorio no se atrevió a abrir la boca por temor a que se escapara todo lo que tenía adentro. Pero no le quedó más remedio que hacerlo.

- Sí... Estuvo bueno de verdad... – se sentía tan bien que su alegría compensaba su malestar estomacal.

- A propósito, Gregorio... Tiene una reserva para las siete de la tarde, a la misma dirección de ayer... Llamó una señora y pidió que fuera usted.

Después de escuchar esto, el hombre si se hubiera hinchado más por el orgullo, seguro que hubiera explotado toda su ropa como el increíble hombre verde de los "cómics"

- ¿Dijo adónde va a ir...? – preguntó.

- No... Pero debe ser el mismo viaje de ayer o parecido porque me dijo que quizás tendría bastante espera.

- ("Ojalá que así sea...") – pensó y calculó que faltaban unas doce horas para el encuentro.

Doce horas de un día que a pesar de haberse movido con varios viajes. Pareció no pasar nunca. Tanto pensó en la atractiva Elida, que casi se olvidó de almorzar. Más, su apetito era insaciable. Se detuvo en una "panchería" donde - a manera de comida rápida y liviana - deglutió una media docena de Superpanchos y una gaseosa grande. Cuando casi llegó la hora, decidió pasar por su casa para cambiarse de ropa. Un rato después estaba pulsando el portero eléctrico de la reja de la mansión.

- ¿Quién es...? – dijo la voz metálica del oro lado.

- Del remis...

- Empuje la puerta y pase... – lo sorprendió el pedido. Quizá él debía esperar en el lugar de acceso a la casa.

- Voy a esperar en la puerta... Gracias...

- No, señor... Está todo bien... Pase...

("Bueno. Si debía ser así.")

- Un segundo... Voy a cerrar el auto y vuelvo.

- ¿Está con auto...?

(“Y, sí... ¿Qué soy...? ¿Un remisero a pie...?”)

- Cuando se abra el portón de la derecha, entre el auto y estaciónelo en la playa...

Cuando llegó al lugar del estacionamiento, observó que había una buena cantidad y variedad de vehículos. Aunque el suyo no desentonaba, los otros se veían, muy nuevos, impecables. No se tomó el trabajo de cerrarlo con llave y se dirigió a la puerta de entrada de la casa. Una vez allí tocó nuevamente el timbre y apareció una de las mucamas que lo invitaba a pasar.

Y ahí estaba Elida, espléndida en su informal vestido floreado, largo y ajustado para resaltar sus curvas.

- Hola, Greg... – se acercó y lo besó en la mejilla – Sé que está trabajando, así que este es un viaje con total espera... – mientras ella lo tomaba del brazo, él se sentía de nuevo en el brete de si debía cobrar el viaje, o no.

- Pase, que va conocer a unos amigos... – ella lo invitó con mucha amabilidad.

A medida que fueron introduciéndose en la casa, Gregorio rápidamente miraba curioso su formato. Un gran salón con dos escaleras semicirculares que llevaban al piso superior ("una para subir y otra para bajar, ja..." - rió para sus adentro), le pareció de películas. Pasaron a otro ambiente que era una gran biblioteca coronada por un hogar apagado y muchos sillones. Estaban una docena de personas, entre mujeres y hombres. Y lo que enseguida le llamó la atención, es que eran todos obesos. Un poco menos, tanto, o más que él. Conversaban todos entre ellos, animadamente cuando la dueña de casa los interrumpió.

- Señoras, señores... Él es mi amigo Greg... – y no se molestó en nombrar a los demás, quienes desde lejos, asintieron saludando con la cabeza, o simplemente agitaron su mano.

- Estos son parte de los que le hablé ayer... – dijo la mujer a manera de aclaración - Hay más en la piscina...

Recorrieron varios pasillos y desembocaron en un gran estancia con una inmensa pileta de natación. Otra vez se repitió la misma escena. Otros gordos, otra presentación (más elevada la voz para tapar el sonido de la música ambiente) y las mismas respuestas como saludos.

- ¿Un aperitivo...? – invitó la señora de la casa y fueron a un barcito en un rincón de la gran habitación. Puso una copa en la mano de él y tomó una para sí.

- Salgamos al jardín... – no le daba tiempo a hablar a Gregorio – Hasta que todos se preparen para cenar... Debo suponer que no me va a desairar si lo invito...

- Lo que usted ordene, señora... – puso énfasis en esta última palabra, haciéndole notar que era una broma.

Cuando regresaron al interior de la casa, lo hicieron por la entrada a un gran comedor, donde en una larga mesa ya estaban ubicados todo el resto de los invitados. Solo quedaban libres, el asiento de la cabecera y otro a su lado. En cuanto se ubicaron, el grupo de mucamas, empezaron a traer platos y más platos, de las comidas más diversas. Elida solo probó unos pocos bocados de cada plato, pero el resto, no dejaba ni migajas. Y Gregorio no sabía que hacer. Si acompañar a la dama en su mesura ó comer a la par de los desaforados. Optó por lo primero para no quedar mal con la dueña de casa. Muy a pesar suyo.

- ¿No desea algo de lo que ve...? – expresó Elida con un acento extraño.

- No, gracias... Así está todo bien... – contestó él, aguantando la mirada de ella – La suficiente comida y poca bebida...

Pasó un buen lapso, en los que ellos siguieron conversando, para que el resto de los comensales quedaran prácticamente tirados, repletos de tanto comer. Ya nadie hablaba, después de los postres.

- Vayamos a tomar un café... – le dijo en voz suave la anfitriona y se levantó de mesa haciendo caso omiso al resto.

Él la siguió como el paje a su reina. Camino por dentro de la casa hasta llegar a una puerta batiente que empujó para ingresar a la cocina, de impecable limpieza. El personal ahí reunido, que descansando en derredor de una mesa, amagó ponerse de pie al verla.

- No... Está bien... Está bien... – exclamó la dueña de casa – Solo venimos a tomar un café con ustedes... Josefina, excelente la comida... Muchas gracias...

Una de las chicas se había apresurado a servir los dos pocillos con café en un mostrador con grandes banquetas que existía en un rincón. Mientras él prefirió permanecer de pie, ella se montó en uno de los altos asientos.

- Bueno... Estos que has visto son parte de la gente que normalmente me rodea... – inició Elida esta parte de la conversación, tuteándolo, lo que de alguna manera, agregaba más confianza al trato entre ellos – En estos momentos, muchos de ellos, estarán durmiendo la mona tirados en algún sillón y otros estarán buscando algo más para comer o tomar. Algunos son insaciables...

- Una duda que me gustaría despejarme...

- Sí... Ya sé... – se adelantó ella – ¿Por qué son todos gorditos...? Hay una razón especial que más adelante la vas a conocer... Pero por ahora conformate con saber que no noto la diferencia en lo físico con otras personas... Además, aparte de los glotones que la mayoría son, también es gente de buen talante, inteligentes, alegres y de buena predisposición... Al igual que vos...

- Bueno... Gracias... – lo dejó sin palabras.

- Josefina, haga preparar mi habitación... – se dirigió nuevamente a la mujer que parecía ser la encargada de todo.

- Elida, si desea descansar, me retiro... – dijo él optando por una actitud caballeresca.

- No... Por favor... No te retires aun... Tomemos otro café... – en la mirada de ojos claros de ella hacia sus propios ojos, Gregorio sintió algo raro.

Trató de bajar la mirada, pero no pudo.

- O mejor... ¿Por qué no me acompañas a tomar una copa de champagne...? – la invitación era una orden.

- Sí... Por supuesto... Como no... – no sabía que decir.

- Josefina, mande una botella de champagne a mi habitación.

Empezó a andar y Gregorio detrás de ella. Atravesaron la casa por un lugar donde no se cruzaron con los otros invitados. Mientras recorrían la mansión, la mente de Gregorio trabajaba a destajo tratando de descifrar que estaba sucediendo, pero estaba tan embotado por la situación que no lograba coordinar ideas. Solo entendía que debía ir detrás de ella.

Por la parte trasera de la casa, subieron escaleras hacia el piso alto. Desembocaron a un pasillo en cuyo otro extremo se veía el balcón que unía las dos escaleras de la sala principal. A ambos lados del pasillo, una cantidad de entradas a recintos que imaginó dormitorios. Abrió una de esas puertas y accedieron a una cámara, en donde lo primero que llamaba la atención, era un gran lecho redondo que coronaba la habitación.

Pero, por ahora, a Gregorio le interesó más una mesa rodante en la que habían trasladado champagne, unos pequeños sándwichs, saladitos y otras delicias. Más esto tampoco le duró mucho.

La dama tomó posesión de la escena cuando se volvió y se detuvo frente a él y sin decir nada comenzó a desvestirse, despacio y con elegancia, arrojando el vestido y quedando con una pequeña prenda blanca que apenas cubría su intimidad y que contrastaba con el bronceado de su piel. Lo abrazó a Gregorio y se dejó llevar a la cama por el hombre, quien a su vez, fue dejando el reguero de sus ropas y calzado. Él tomó delicadamente, todo lo que ella le ofreció. Se amaron hasta que brillaron de sudor y pronto ambos alcanzaron sus objetivos con aullidos de placer. Nunca se puso reparos a la corpulencia de él. Después ella se quedó dormida y él se quedó admirando a la desnuda Bella Durmiente, hasta que después de un rato, esta despertó.

- Siempre tuve un talento especial para dormirme con luz, música, cámara y acción... – trató de justificarse la dama con un gesto gracioso. Creyó Gregorio que había llegado otra vez el momento de sacarse las dudas.

- Quizá ahora me quieras decir la respuesta a lo que me intriga... – dijo de corrido, como queriendo sorprenderla.

Ella puso una mano sobre la boca de él y respondió con aire misterioso.

- Hay una razón especial para mí que no te puedo decir por ahora, pero cuando llegue el momento y estemos lejos te lo diré... – expresó mirándolo profundamente y continuó – Pero para compensar, te daré otra sorpresa. Si tienes el tiempo necesario, podremos ir a visitar a tus padres un par de días. Compraré dos pasajes de ida y vuelta en avión, nos alojaremos en un gran hotel y alquilaremos un auto para ir hasta la finca de tus padres... Por favor, dime que te parece bien...
A pesar de la sorpresa, el instinto de Gregorio ya maquinaba a mil por hora. La agencia le debía muchos días que no se había tomado francos. Así que decidió aceptar con todo deleite.

- Muy bien... Yo me encargaré de todo... – manifestó sonriendo la mujer.

Ella se volvió a acercar haciéndole sentir la seda de su cuerpo desnudo, excitándolo, abrazándolo y besando sus labios para que el erotismo no decreciera.

Por un par de días no tuvo noticias de ella y no se atrevió a llamarla. Una tarde sonó el celular de Gregorio y su corazón empezó a latir con fuerza cuando vio el número de la mansión en la pantalla.

- Hola... – solo atinó expresar él.

- Greg, ya tengo todo arreglado... – la voz sonaba muy entusiasmada y a la vez excitada de emprender lo desconocido – El día viernes a las siete de la tarde, partiremos en el vuelo 2121 desde el Aeroparque. Como hoy es miércoles, tendrás tiempo de arreglar todo lo tuyo y avisar a tus padres. Nos encontraremos en el aeropuerto, una hora antes de la partida...

- Te pasaré a buscar, porque dejaré el coche en la playa de estacionamiento del Aeroparque... – se ofreció como caballero que era.

- No es necesario... Debo terminar unos trámites en el centro e iré directamente al aeropuerto... Y te contaré el porque de los amigos voluminosos... Un beso grande y piensa en mí...

Y cortó. Sí, cortó. Dejando a Gregorio con las palabras en el borde de sus labios. Claro que pensaría en ella. Con mucho fuego interior, pero también con mucha curiosidad por las circunstancias que llevaba toda la trama.

Comenzó otra tensa espera que tuvo que soportar Gregorio mientras pasaron esas horas para volver a reunirse con la mujer que le hizo sentir nuevamente lo que era el amor. Avisó en la agencia de remises que dejaría de trabajar a partir del mediodía del viernes hasta probablemente el lunes o martes a la mañana, según cuando regresara.

Y también sentía por dentro el hormigueo de ser la primera vez que iba a volar en un avión. Por fin llegó el día. Desde la jornada anterior, ya tenía preparado un bolso (recién comprado), con todas sus pertenencias que llevaría. No mucho. Solo para tres días. Los nervios y el trajín de los últimos preparativos, hicieron que el almuerzo haya sido escaso en comparación del que hacía diariamente. Lo importante era el horario. A las siete de la tarde despegaría el avión y a las seis era la presentación preembarque. Hasta el aeropuerto, tardaría más o menos una hora (era viernes, mucho tránsito). Con salir alrededor de las cuatro y media, tendría bastante tiempo para llegar tranquilo.

Así lo hizo. Faltaban unos minutos para la esa hora y ya estaba en el auto repasando mentalmente para no olvidarse nada. Plata y documentos llevaba. El resto iba todo en el bolso. Y se puso en marcha. Tal cual lo previsto, la cantidad de vehículos era importante. Por las dudas, y en la tranquilidad del horario, manejaba con mucho cuidado. Sorteó rápidamente el puente de acceso a la Capital (por suerte, no había piquetes). Para adelantarse un poco al resto del tráfico, tomo por la avenida de la Costanera Sur.

Como una nueva forma de canto de una sirena para él, el aroma de los puestos de "choripan", le resultó irresistible. Miró su reloj y calculó que todavía tenía tiempo porque se había adelantado en sus previsiones. Así que podría dar cuenta de un par de sándwichs. Bajó del auto, hizo el pedido y una vez que tuvo el "choripan" en una mano y un vaso de vino en la otra, se acomodó otra vez detrás del volante. Repitió esta operación un par de veces. Mientras comía observó que delante de su coche se detenían dos policías patrulleros en motos. Consultó la hora en ese momento y vio que eran más de las cinco y media. Sabía que estaba relativamente cerca, pero le quedaba el tiempo justo.

Sin poder con su genio fue hasta el puesto y pidió un "choripan" más, que iría deglutiendo por el camino. Volvió al auto con la comida y después de sentarse, la dejó sobre el tablero en tanto se ajustaba el cinturón de seguridad. Tomó nuevamente el sándwich, mientras ponía en marcha el motor y arrancó el auto. Le dio el primer mordisco y una mezcla de jugo de chimichurri y grasa caliente cayó sobre su pecho. Pegó un salto y soltó el volante justo cuando se movía el vehículo.

Lo que ocurrió después, fue un pequeño impacto, pero lo suficiente para volcar una de las motos de los policías, que se derrumbó pesadamente sobre la otra, cayendo ambas en el medio de la calzada. Frenó bruscamente y enseguida se encontró rodeado por los dos policías y muchos curiosos. Al tiempo que Gregorio no salía de su asombro (y de su quemadura), los uniformados trataban de volver a poner verticales sus pesadas máquinas. Con la ayuda de otros comedidos lograron su objetivo. Primero revisaron las posibles roturas u otro tipo de daños. Conversaron entre ellos y después se volvieron hacia Gregorio.

- Documentos... – dijo uno de ellos de mala manera.

- Por favor, oficial... Tengo que tomar un avión en el Aeroparque en media hora...

- Sí, pero primero vamos a solucionar esto... Registro, cédula verde y seguro... – habló el otro.

Gregorio manoteó la billetera y empezó a sacar lo pedido. Otras cosas caían sobre su falda. Uno de los policías tomó la documentación que le alcanzaba.

- Pierdo el avión... – dijo con un hilo de voz.

- A ver el pasaje...

- No... Lo tengo en el aeropuerto...

- Baje del auto, abra el baúl y ponga las manos sobre el capot... – le ordenó el que llevaba la voz cantante.

Como para enloquecerlo más a Gregorio, empezó a sonar su teléfono celular.
- ¿Puedo atenderlo...? – preguntó.

- Un minuto, nada más...

De otro lado de la línea, escuchó la calidez de la voz de Elida.

- ¿Qué pasó...? ¿Te has arrepentido...?

- NO...! No... Estoy acá en el Centro con un pequeño problema que enseguida solucionaré...

- No creo que llegues a tiempo... Así que te cambiaré el pasaje para el próximo vuelo y te esperaré ansiosa en Mendoza, en el Gran Hotel... – y otra vez lo dejó con las palabras en la punta de la lengua.

Mientras un policía revolvía todo el baúl, el otro confeccionaba un acta con todos los datos del hombre para el seguro. El tiempo se le escapaba rápidamente y los trámites parecían no acabar nunca. Quizá porque no abrió más la boca o por su pinta de gordo bueno, le devolvieron sus documentos, más una recomendación.

- Le recomiendo ir hasta la comisaría y hacer una exposición sobre lo sucedido. Para su compañía de seguro cuando haga la denuncia... – fue lo último que dijeron los policías que ya estaban montados en sus máquinas y se alejaban.

Había perdido mucho tiempo (el reloj ya marcaba las siete menos cuarto), ni siquiera vería al avión partir.

De cualquier manera apuró la marcha a través de las calles aledañas al puerto para llegar lo antes posible. Allá a lo lejos, Gregorio podía ver ya los terrenos iluminados por las luces de la pista del aeródromo. Justamente donde se iniciaban estas instalaciones, el semáforo detuvo la marcha de nuestro hombre. No importaba ya, tendría tiempo. Estaba en la primera fila rodeado de un sinfín de vehículos.

El aeropuerto dejaba ver, a la izquierda, la pista que se perdía en la profundidad de la noche, donde apenas se apreciaba allá en el fondo el movimiento de las aeronaves. Ya una de ellas venía deslizándose veloz por la ancha cinta de cemento. Pero Gregorio no le prestaba atención, sumido en sus propios pensamientos ("¿Se habría enojado Elida por su demora...? Se enteraría al llegar al destino que los uniría nuevamente...").

Levantó la cabeza, porque algo malo, algo que estaba por causar destrucción, comenzaba a suceder. El avión que venía carreteando con todas las luces encendidas, desde el fondo de noche y que debía levantar vuelo, no lo hizo y después de romper el cerco perimetral del aeropuerto, se arrastró de panza cruzando la avenida, lanzando un intenso alarido y un chisporroteo de muchos colores. El pájaro metálico, muy herido, pasó por delante de los coches detenidos. Chocando y arrastrando a otros automóviles que habían ingresado desde la avenida transversal.

Gregorio y todos los demás conductores y sus acompañantes, como si estuvieran en un cine, vieron como el largo aparato se partía en dos, arrojando y desparramando a sus ocupantes por calles y veredas, rompiendo todo a su paso para detenerse en un montículo de tierra formado en la vereda opuesta y explotar en llamas. Algunos automovilistas movieron sus coches tratando de escapar ante la posibilidad que el siniestro se extendiera. Otros, como Gregorio, bajaron dejando sus propios vehículos y corrieron hacía alguna parte, sin rumbo, tratando de ayudar a las víctimas. A lo lejos ya se empezaban a escuchar sirenas. Gregorio corrió como pudo hacía el fuego donde se veían figuras ardiendo. Llegó hasta donde le permitió el calor y otra explosión lo hizo retroceder.

Como fantasmas iluminados por las llamas, quienes habían alcanzado a saltar se desplazaban por el predio. Llegó Gregorio hasta un lugar donde encontró a un hombre abrazado a un niño, ambos chamuscados y con las ropas hechas jirones. Los animó a incorporarse y a retirarse a un lugar más seguro. Volvió en un intento de ver si encontraba a alguien más. Por encima del crepitar del fuego se escuchaban los ayes de dolor que venían desde lo que quedaba del avión incendiándose. Nuevamente se aproximó hasta donde el calor ponía coto. Trataba de ver si alguien más necesitaba su ayuda, cuando otra inmensa explosión lo arrojó para atrás, haciéndolo rodar hacia la calle.

Las primeras autobombas y las primeras ambulancias del propio aeropuerto, trajeron los bomberos y médicos que empezaron a atender a los heridos que encontraban, y entre ellos, hallaron a Gregorio, quien al principio fue confundido por su estado lastimoso, con uno de los accidentados. Mientras lo alejaban en una camilla de la alta temperatura que producía el incendio, se le clavó una rara sensación de incertidumbre y alcanzó a preguntar.

- ¿Tienen idea adónde iba ese avión...?

- Sí... Cuando veníamos para acá nos informaron que se trata del vuelo 2121que iba para Mendoza... – le informó el hombre de blanco alzándose de hombros.

Gregorio cerró apretadamente los ojos.

- - - - - - - - - - - -

Antonio que también tenía los ojos cerrados, los abrió prontamente, porque sentía un fuerte calor que lo envolvía con el aroma particular de combustibles quemados. Sin embargo, nada a su alrededor era capaz de elevar la temperatura ambiente hasta ese punto.

- “Fue una visión realmente dantesca... ¿Verdad...?” – preguntó el hombre extraño.

Preocupado, Antonio miró todo lo que lo rodeaba, pues nuevamente parecía no haber transcurrido el tiempo. Cosa que confirmó al mirar su reloj.

- El hombre obeso estaba allí... – la curiosidad lo llevó al remisero a preguntar – ¿Y la mujer...? ¿Estaba en ese vuelo...? ¿Cuál era el misterio de las personas gordas...?

El hombre extraño solo se limitó a encogerse de hombros.

- “Quizás en algún momento saquemos más conclusiones... Pero por ahora deberás dejar ese elemento que tienes en la mano y tomar el siguiente...”

Esta vez Antonio tuvo la precaución de mirar que hora era, para luego comparar. Soltó la pieza que decía "GULA" y tomó al azar una de las que quedaban, sin prácticamente mirarla. Esta tenía una forma extraña de pez. Al girarla en su parte inferior estaba escrito: "ENVIDIA".

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Me voy a presentar: soy un viejito sexagenario (¿suena feo, no?), pero un viejito piola en definitiva. Adopté el nombre de Quito de Escalada por un diminutivo y una localidad. Hace pocos años atrás, se me dio por empezar escribir y de eso salió un hobby que me entretiene mucho. Aclaro que no he estudiado nada relativo a la literatura a nivel de escritor (título, que creo, aun me queda grande), aunque aprendí por las mías, cosas como poner una palabras adecuada después de otra. Y mi próxima propia lección será, donde poner el punto final de una obra. (No es tan fácil, eh). Felizmente casado, tres hijos, dos nietos y uno más en camino, todos ellos me alientan a seguir. Algo así como jubilado, tengo el tiempo necesario para darme estos gustos, aparte de viajar por el interior del país Argentina, para visitar mis hijos. Espero que les guste y disfruten de estos cuentos…

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