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La Coctelera

En el nombre del remise

Parecen cuentos

28 Enero 2007

LA ENVIDIA

ENVIDIA: (del latín invidia)
Tristeza o pesar del bien ajeno. Emulación, celo, deseo de algo que no se posee.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Emiliano lustraba su auto en la puerta de agencia de remis, poniéndole toda la energía posible. Hacía esto para descargarse, mientras despotricaba para sí mismo, contra todo lo que él consideraba una injusticia. ¿Por qué aquel tipo podía tener más plata y mejores autos que él...? ¿Por qué aquel otro pasaba siempre con una hermosa mujer colgada de su brazo?. Esto y muchas cosas más le causaban resentimiento a la hora de compararse. Él quería (y debía) tener lo mismo que los demás o más. Nunca pensaba en cómo. Eso no importaba. A pesar de que era muy joven, no quería esperar para lograr sus apetencias. Mientras más pensaba en esto (como todos los días), más vigor le ponía al paño con la pasta de lustrar.
- Emiliano... ¿Te toca a vos...? – escuchó el grito de la encargada de la agencia desde la mesa.
Dejó el paño de lado y se acercó a la puerta del local.
- Tenés que ir a la casa del dueño del supermercado y después lo tenés que llevar al Tigre... – continuó la mujer.
- ¿Cómo...? ¿No es que el viejo tiene dos autos impresionantes...? – le respondió..
- Creo que sí, pero necesita que lo lleven y lo dejen...
- ¿Y por qué...?
- Qué sé yo... Andá a buscarlo y pregúntale... – acabó la conversación la señora con su poca paciencia.
Estacionó el auto en la puerta del espectacular chalet del empresario. (“¿Cuándo me tocará uno de estos a mí...?”) Pulsó el portero eléctrico, conversó con alguien y luego se quedó esperando. Pasaron unos pocos minutos y apareció el hombre cargando dos pesados bolsos.
- Buenos días, don Julián... ¿Los ponemos en el baúl...? – le ofreció amablemente Emiliano, al tiempo que saludaba con un gesto a la joven mucama de la casa.
- Pues sí, gracias... Pon uno en el baúl y el otro en el asiento de atrás... – le contestó el hombre con el acento de su España natal y con una sonrisa, percatado del guiño del muchacho.
Cargaron los bártulos y partieron hacia el destino estipulado. Normalmente los pasajeros más conocidos viajan en la parte delantera del vehículo junto al conductor y ahí estaba don Julián. Antes de tomar por la ruta Panamericana ya la conversación era bastante animada como en gran parte del viaje. En determinado momento, Emiliano se animó a preguntarle por los automóviles que poseía.
- Uno se lo he tenido que dejar a mi mujer y el otro a mis hijos... Total, como no los he de usar por unos días...
A partir de allí le empezó a contar que se iba con el "barquito" (esa fue la expresión) que tenía en un country club del Tigre, a pasar unos días a las islas, para descansar.
Emiliano sabía conducir su vehículo con cuidado, pero en forma vivaz, por lo que pronto estuvieron tomando por el ramal de acceso al Tigre. Desde aquí don Julián lo guió para tomar por una de las bajadas y luego por una de las avenidas que pasan por debajo de la autopista.
- Detente un momento en ese almacén náutico... – le señaló y continuó – Ingresa en el estacionamiento que vamos a cargar unas cosas...
Se bajó del coche y desapareció dentro del local. Tardó un buen rato en volver y lo hizo cargado con unos paquetes y bolsas que puso en asiento de atrás.
- Ahora te indicó como llegar hasta el country...
De esta manera llegaron hasta una barrera que impedía el ingreso al barrio privado. De la caseta con vidrios polarizados montada entre ambas manos de entrada y salida de vehículos salió el vigilador de turno. Cuando reconoció al empresario, se acercó por su lado.
- Buenos días, señor Ruiz... – dijo el uniformado con mucha amabilidad.
- Vamos a ir con el auto hasta mi casa a dejar unos paquetes y luego el señor vuelve a salir...
La persona de vigilancia, desde la ventanilla opuesta, lo miró a Emiliano con cierto desdén. Levantó la barrera habilitando el paso. Anduvieron un rato entre las hermosas casas que colmaban los alrededores hasta llegar a una de las más atractivas, tanto que causó mucha impresión y más envidia en el muchacho.
- Aquí es... Estaciona a la vuelta que bajamos las bolsas y los paquetes... – le expresó el hombre en tanto descendía del auto y se dirigía a la entrada principal.
El joven remisero dio la vuelta en torno a la casa y para su sorpresa, se encontró con un embarcadero en el mismísimo jardín de la casa, donde amarrado se mecía suavemente un inmenso yate (supuso que era lo que el hombre llamó "el barquito"). Empezó a bajar los paquetes y los bolsos, acercándolos a la nave. Observó movimientos a bordo y levantó la vista. Desde arriba, en lo que reconoció como el puente de mandos, un individuo con aspecto de ser el capitán o el por lo menos el piloto (o ambas cosas), estaba en apariencia preparando la embarcación para partir.
Enseguida le llamaron la atención voces femeninas que provenían de la parte trasera. Por pura curiosidad, caminó hasta la punta del muelle de madera y descubrió en la popa, que las expresiones eran de tres agraciadas señoritas, ataviadas con minúsculas bikinis, de exuberantes cuerpos, que hablaban en tono alto, reían y entrechocaban copas con bebidas. Cuando vieron a Emiliano, lo saludaron sonriéndole y agitando sus manos. Prestando atención a todo esto, el joven se sobresaltó, cuando escuchó la voz de don Julián a sus espaldas.
- Chico, confío en tu discreción... No es necesario que por el barrio alguien se entere de lo que acabas de ver... – sacó su billetera y de ella, dinero – Toma, cóbrate... Y ten esto como propina...
Aparte del importe del viaje, un billete de cincuenta pesos cambió de manos. Emiliano recorrió su boca cerrada con dos dedos juntos, en claro ademán que había conseguido su silencio. Volvió a su coche saludando, sin darse vuelta, a las chicas que se entusiasmaban con el aspecto del joven.
Todo el camino de regreso lo hizo pensando y acumulando celos de la posición del empresario. En los días subsiguientes, solo rondaba por su cabeza la imagen del chalet, el barco y sobre todo, de las mujeres. La única forma de sacarse estos imposibles deseos de la mente, fue quedándose mirando con resentimiento como uno de sus compañeros, cambiaba de automóvil, por otro casi recién salido de fábrica.
Había pasado casi una semana de aquel viaje al Tigre, cuando ese día al llegar a la remisería, la encargada lo estaba esperando.
- Emiliano... ¿Vos llevaste al dueño del supermercado al Tigre...? – al ver el gesto afirmativo del joven, continuó – Bueno, llamó por teléfono desde no sé donde, para que vos lo vayas a buscar... Dice que ya conocés el camino...
- ¿Cuando hay que ir...?
- Esta tarde, a eso de las siete tenés que estar allá...
Durante todo el resto del día, se olvidó de sus celos por todo lo que normalmente lo rodeaba. A partir que supo de la proximidad de reencontrarse con aquello que soñaba despierto, volvieron a él todas las imágenes de la situación económica del empresario. Pensó que quizás volviera a recibir una buena propina, pero también que él debería ser quien las diera. También le parecía que él era más apropiado para estar rodeado de esas beldades y no ese hombre de edad. De todas maneras, pensando en todo esto, se puso en marcha con suficiente antelación debido a que a aquella hora el tránsito hacia el norte era demasiado pesado. Llegó casi a la hora en que debía estar. El guardia de turno lo detuvo en la barrera y Emiliano le explicó a quien venía a buscar.
- Ah, sí... Pasá... Todavía no llegó, pero ya nos adelantó por teléfono que venías a buscarlo... – dijo el vigilador, en tanto le dejaba el paso libre.
Nuevamente rodeó la casa de don Julián hasta ver el muelle vacío. Se acomodó en el césped a esperar que llegara la embarcación. El día era hermoso. Tirado panza arriba con las manos detrás de su nuca, cerró los ojos mientras se imaginaba que todo esto era suyo. La tranquilidad del lugar y la tibieza del sol, lo hicieron entrar en un estado de somnolencia, que fue roto por la bocina del barco que se acercaba. El piloto, allá arriba del puente, maniobrando diestramente, acercaba el yate de popa. Ahí, en letras de pulido bronce, estaba el nombre de la embarcación. "Bribón". Algo en que no se había fijado en la oportunidad anterior, y que si bien, sorprendió a Emiliano, le pareció bastante coherente.
Otra cosa que la vez anterior no observó, era la cantidad de marineros que oficiaban de tripulantes. Muy uniformados en sus vestimentas, se veía a varios de ellos, preparar los equipajes a desembarcar, en tanto otros se aseguraban que el estribor del barco no golpeara con el muelle y lastimara su impecable pintura. No bien estuvo amarrado, colocaron un puentecillo por la que descendió don Julián, elegante en su vestimenta de sport. Detrás de él, dos de los marineros traían los bolsos y otros paquetes que dejaron al lado de automóvil de Emiliano.
- Las niñas se han descendido en una parada anterior, si es eso lo que estás buscando... – le comentó el viajero al muchacho, cuando vio a este buscando con su vista por toda la embarcación.
Saludó al joven remisero dándole la mano en un gesto de cordialidad y se apoltronó dentro del vehículo. El muchacho se encargó de poner todos las pertenencias del hombre sobre el coche. Un rato después estuvieron transitando por la Panamericana rumbo a la Capital.
- ¿Qué tal el viaje...? ¿Descansado el paseo...? – curioseó Emiliano, poniendo a su frase una doble intención.
- Sí... He aprovechado estos días para descansar un poco... – contestó el hombre como no percatándose del juego de palabras, y agregó – A propósito... Gracias por no haber hecho ningún tipo de comentarios... Podrían haberme cortado las vacaciones...
- Usted sabe que me debo a los clientes y que mi boca será una tumba... – pensaba que podría haber una nueva buena propina.
- Muy bien... Ahora me has de llevar hasta el Centro y me quedaré ahí... – manifestó el empresario – ¿Sabes una cosa...? Las niñas me han preguntado por ti. Me parece que les has caído bien. Les he dicho que tú eras un amigo que me ha llevado hasta el country...
Emiliano que había deseado todo lo del hombre, se sonrió sin hacer manifestaciones.
- Sí en mi empresa sigue todo así de tranquilo, dentro de un par semanas haré otro viaje, quizá más corto... – don Julián seguía con la palabra – Me gustaría que nos acompañaras... Digo, si no tienes problemas... Me caes bien y no creo que rechaces la proposición...
Los ojos de Emiliano se abrieron tanto como sus oídos. No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Enfrentó la mirada del hombre y solo atinó a asentir con la cabeza. Su imaginación se disparó tanto que por un momento se olvidó que estaba en la vía rápida de la autopista y al levantar el pie del acelerador, otros autos casi llegaron a tocarlo. La conversación hasta alcanzar el destino en el Centro se desarrolló únicamente acerca del futuro viaje que quizá realizarían.
Como Emiliano no debía rendir cuentas a nadie, ya que vivía solo con sus padres, aceptó de inmediato y sus dudas pasaban por "cuántos días iban a estar fuera", "qué ropa llevaría" y cosas por el estilo. Después de un rato, don Julián le pidió que estacionara frente a un edificio de departamentos en la zona más coqueta del centro y luego de abonar el importe del viaje (más una jugosa propina), tomó un portafolio de unos de los bolsos y descendió del automóvil.
- Hazme un favor... Lleva el resto del equipaje y los paquetes a casa... Si alguien te pregunta, dile que me has dejado en un restaurante de Puerto Madero... – le pidió antes de desaparecer en el lujoso edificio.
A partir de entonces, todos los días y cada vez que llegaba a la agencia, Emiliano preguntaba si había recibido alguna llamada en especial. Y un día sucedió.
- Emiliano, tenés que estar a las ocho menos cuarto en la casa de don Julián, para llevarlo hasta el supermercado... – le dijo la mujer que estaba en la mesa de la remisería – Parece que se le rompieron los dos autos...
Como era alrededor de las siete, dejó pasar un par de viajes, no fuera cosa que no pudiera estar a la hora que le había indicado. Fue hasta la casa del empresario y en el viaje hasta el local, este le dijo que iba a ser un viaje corto, de tres o cuatro días a partir del próximo viernes. Y le preguntó si le venía bien, si no tenía problemas. El joven hizo cálculos y todas las posibilidades estaban dadas. Dijo que sí, que tomaba el ofrecimiento, como quien se arroja a una pileta de natación en la oscuridad de la noche.
- El viernes pásame a buscar como el otro día, como si fuera un viaje más... – dijo el hombre y Emiliano asintió con la cabeza.
Al fin, podría cumplir una parte de sus ambiciosas ideas, las cuales no podía alejar de su mente.
Así, dos días después, en horas de la mañana, otra vez cargó los bolsos en el auto y partió con don Julián, raudamente. La conversación, al principio, versó sobre las condiciones del tiempo, ya que el día era espectacular, sin nubes en el cielo y una temperatura más que agradable. En determinado momento, Emiliano quiso saber, por curiosidad, quienes viajarían acompañándolos.
- Ya te enterarás... Me gustan las sorpresas... – expresó don Julián misteriosamente.
- ("Espero que este viaje no vayan nada más que un montón de tipos como él...") – razonó el muchacho mientras conducía.
- ¿Recuerdas donde está el almacén náutico, en el cual nos hemos detenido la última vez...?
- Sí... Creo que sí, don Julián...
- Bueno, necesito que te detengas ahí nuevamente, porque hemos de levantar unas cosas... Y no me llames más don Julián... Debes llamarme Julián como todo el mundo... Ah, y tutéame... – terminó así la conversación y se acomodó en el asiento como para dormitar el resto del viaje.
Esta forma de actuar le causó satisfacción, pero también le causó más celos y bronca.
Llegaron a la tienda de elementos náuticos y el hombre se despertó al frenar el automóvil en el estacionamiento.
- Ven si quieres, así te conocen, por si alguna tienes que venir tu solo...
Todos los empleados los saludaron cordialmente, cuando entraron al local. El hombre contestó a cada uno de ellos. Por supuesto, Emiliano hizo lo mismo.
- Espérame un momento acá... De paso pregunta y familiarízate con las cosas de un barco... – exclamó y se metió en lo que parecían oficinas, al fondo del local.
- ¿Quiere ver algo en especial...? – le dijo una de las bonitas vendedoras con su mejor sonrisa.
- No, gracias... Solo miraba... – le devolvió la sonrisa y se puso a recorrer el local.
Este estaba tan lleno de elementos para equipar embarcaciones, que solo faltaba un barco en el medio del salón, pero seguramente estaría en el fondo.
Después de esperar un rato y entretenerse adivinando como se llamaban cada cosa que no conocía, vio salir a su nuevo amigo cargado con unos paquetes que fueron raudamente tomados por los empleados para llevarlos hasta el auto.
- ¿Qué comprás cada vez que venís acá...? – lo interrogó el joven apenas puso el auto en marcha.
- Por ahora creo que no es conveniente decírtelo... Pero son cosas que necesitamos para varios días... – Emiliano no preguntó más.
Más tarde ingresaron al barrio privado y don Julián nuevamente entró primero a la casa, no sin antes recomendarle a muchacho que bajara los bolsos y paquetes y que guardara el auto en la cochera. Antes de hacer esto Emiliano observó al "Bribón" amarrado al muelle de madera. Cuando volvió del garaje se quedó esperando al empresario y tratando de ver que ocurría en el barco. Salvo el movimiento de los marineros, no pasaba nada más. Ni siquiera se habían percatado de su presencia. Pero sí prestaron atención cuando apareció el dueño del yate. Presurosos bajaron a buscar los bártulos que aun descansaban a un lado del joven.
- Vamos, subamos... – dijo el hombre tomando a Emiliano por el hombro. A este le llamaba la atención que hubiese venido solo. Ascendieron por la pequeña planchada y apenas pisaron la embarcación fueron recibidos por el capitán. Don Julián le presentó al recién llegado.
- Este es Emiliano, un buen amigo. Sobre todo muy discreto... – expresó – Ahora he de llevarlo a hacer una recorrida por el barco...
Así lo llevó por los camarotes (de paso le indicó cual sería el suyo), la sala de maquinas con su potente motor y el puente de mando, para terminar en la cubierta de popa donde estaba servida una mesa con una variedad de entremeses y botellas de champagne enfriándose en baldes.
- Sírvete... Haz de cuenta que estás en tu casa... En cuanto llegue un amigo partimos...
En la recorrida Emiliano contó hasta siete tripulantes, contando al capitán, pero una de las cosas que más le había envidiado al hombre y que él pretendía, eran las mujeres. Que no aparecían por ningún lado. Pronto llegó un vehículo del que descendió un solo pasajero que inmediatamente subió a bordo. Don Julián fue a recibirlo y lo trajo para presentarlo al joven.
- Este es Carlos... Gran amigo y socio en algunos negocios... – el recién llegado estiró la mano que Emiliano se apresuró a estrechar al tiempo que lo observaba. Un cincuentón, bien parecido, elegante en su vestimenta de sport, tirando a tipo adinerado de telenovelas. No sabía si le caía simpático o lo contrario. Tenía actitudes que lo hacía, lo uno y lo otro.
- ¿Podemos partir, Don Julián...? – preguntó el piloto.
- Sí... Ya sabes el recorrido...
("¿Qué es esto? – pensaba el muchacho - ¿Una excursión de paseo? ¿O acaso, un viaje de pesca...?"). De cualquier manera, no era esto lo que tenía en mente. Con un sobresalto imaginó que quizás el viaje tenía que ver con las bolsas que habían llevado a bordo. Esto lo animo a hacer una pregunta.
- Julián... ¿Ya estamos todos los pasajeros...? ¿No viene más nadie...?
- No... ¿Por qué...? – fue una respuesta seca.
- No... Por nada... Porque si sabía de esto, traía la caña de pescar...
Mirándolo a los ojos, Don Julián comenzó a reírse francamente, hasta desplomarse en un sillón sosteniendo una copa en la mano.
- Creo que sé lo que estás pensando... – expresó cuando la risa se lo permitió – Pero dilo de frente. Pregunta por las niñas...
- Muy bien... ¿Va a haber chicas en este viaje...?
- Tranquilo... Por supuesto que las habrá... Guarda la impaciencia, que no es buena consejera...
El hombre se dio vuelta y se puso a conversar con el otro señor que presentó como Carlos.
El yate después de navegar por algunos riachos, salió a un río importante que lo llevó al Paraná de las Palmas. Viajaron hasta allí a una marcha moderada para no molestar a otras pequeñas embarcaciones. Ya en el ancho río la velocidad aumentó casi al máximo. Atrás dejaron a viejos barcos areneros y a barcos mercantes que subían buscando ciudades importantes más al Norte. Se cruzaron con embarcaciones que llevaban leños o frutas. Y lanchas colectivas que llevaban gente. Botes de carrera con deportistas y botes isleños con gente del lugar. Emiliano observaba todo esto con cierto embeleso desde el puente de mando junto al piloto. Después de un tiempo de navegación, el timonel señaló la margen izquierda, donde se veía un lugar bastante poblado con un buen muelle para atracar.
- Esa es la bajada de Escobar... – le indicó al joven – No sé si la conoce...
- Sí... He estado allí un par de veces, pero siempre hemos venido en auto... ¿Vamos a parar ahí...?
- Sí, un rato... Luego seguimos viaje...
El muchacho se quedó en ese lugar para observar la maniobra de atraque. A medida que se acercaban, pudo ver sobre el muelle, para su propio regocijo, a tres señoritas que empezaron a agitar las manos a medida que el barco se iba aproximando al lugar que ellas estaban. Todo se hizo con extrema precisión para detener la nave y embarcar a las mujeres. Ahora Emiliano bajó del puente a la cubierta. Allí estaban las chicas. Y también estaban Carlos y Julián.
- Bien... Ahora vamos a almorzar... - este último invitó a pasar a todos después de presentar a cada una de las jóvenes.
El barco pronto reinició la marcha. Emiliano miró su reloj y pudo constatar que había pasado largamente el mediodía. Después de pasar cada uno por su respectivo camarote (a las mujeres les había sido asignado uno para las tres), aparecieron casi todos al mismo tiempo en el comedor. Las muchachas habían cambiado el atuendo que traían por minúsculos trajes de baño con una remera o un pareo por encima. El dueño del barco indicó los lugares que cada uno debía ocupar en la mesa y con eso se dio el gusto de formar las parejas.
Así Nicole quedó sentada junto al empresario, Nina al lado de Carlos y Deborah muy próxima a Emiliano. La nave avanzaba a una buena velocidad en las tranquilas aguas, como queriendo recuperar algún tiempo perdido. El día era maravilloso. Por lo menos así lo veía el muchacho. En tanto Julián había comenzado un juego amoroso con su pareja que se apreciaba de larga data, el resto conversaban entre sí.
Cuando fue servido el almuerzo, Emiliano observó un poco más detenidamente a las mujeres. La que acompañaba a Julián, se notaba la más veterana. Joven, pero no tanto, de rostro de suave aristocracia y un físico muy bien cuidado. Su comportamiento era el de una primera dama, por menos de la embarcación. Nina, por el contrario, parecía ser la más joven. Aunque su cuerpo delataba una reciente mayoría de edad, su rostro era el de una niña muy bonita. Una auténtica muñeca con mucho de timidez en sus actitudes.
Por último Deborah, con su rostro de diosa griega remarcado por una larga cabellera enrulada denotaba ser pura energía. No había parado de hablar desde que se sentaron. Gesticulaba permanentemente con las manos y sus prominentes pechos, saltaban de un lado para otro con sus movimientos como queriendo escaparse de la prisión del corpiño. Tenía una buena figura, quizás traída de la mano de un buen gimnasio o alguna actividad deportiva. Como si no fuera suficiente que no dejaba hablar al joven, cortaba la conversación de los demás para meter sus propios bocadillos.
La sobremesa se hizo hasta entrada la tarde. Seguidamente el dueño del barco y su pareja pidieron disculpas y desaparecieron camino al camarote de él. Lo propio hizo la otra pareja. Emiliano en su interior mascullaba su rabia de saber que esos dos hombres grandes –por no decir "viejos"-, estuvieran haciendo lo que su imaginación dictaba, mientras que él estaba aun sentado a la mesa.
- ¿Podríamos levantarnos y dar una vuelta, verdad...? – propuso, cuando en realidad no había mucho para recorrer.
Ella aceptó rápidamente, pero para desolación del muchacho lo primero que se ocurrió fue subir al puente de mando. Se paró al lado del timonel y lo aturdió con preguntas. Emiliano, sin saber que hacer, bajó a su camarote y se quedó en el esperando que pasara algo. Se puso a leer un libro que encontró hasta que se quedó dormido.
Cuando se despertó ya había caído la oscuridad y notó que la nave estaba inmóvil. Salió a la cubierta de popa y no encontró a nadie de sus nuevos amigos. Se dirigió a la cocina y preguntó a uno de los marineros, recibiendo por respuesta que los dos hombres y dos de las mujeres habían bajado al gomón y se marcharon hacia la costa.
-("¿Quién se habrá quedado...?" – pensó). Fue hasta el lugar de alojamiento de las mujeres y golpeó la puerta. Después de un instante esta se abrió y apareció Deborah, aun enfundada en su pequeñísima bikini. Parecía padecer una somnolencia igual a la de él, pero más aguda.
- Parece que continuaste con los festejos...
- No... Para nada... – ella cerró los ojos y sacudió apenas la cabeza – Fue algo de lo que comí o tomé que me cayó mal...
- Puede ser la falta de costumbre de navegar...
- No lo creo... Ya tengo la experiencia de haber navegado en varias oportunidades... – y también extrañada preguntó - ¿Dónde están los demás...?
- Nos hemos detenido y se fueron con el gomón hasta la costa a llevar o traer algo...
- Perdoname... Pasá, por favor... – abrió la puerta en su totalidad para cederle el paso al joven. El camarote como no podía ser otra manera estaba lleno de las distintas prendas que habían traído, desparramadas por doquier.
- Sentate por aquí... – le dijo al tiempo que hacía lugar en una de las camas. Ella se sentó en una banqueta en la otra punta del aposento.
- Puedo preguntar que se traen tu jefe y vos, aparte de lo obvio... – su voz tenía un tono imperativo.
- Primero y principal, Julián no es mi jefe... – y le narró como había llegado hasta allí, sin mencionarle su propio interés por tener las aventuras sexuales que envidiaba del "viejo".
- ¿Y debo creerte...?
- Por mí, hace lo quieras... Tu posición y la de tus amiguitas, no son precisamente de monjas carmelitas... No vinieron hasta acá, justamente para escuchar misa.
- OK. .. En algo puede que tengas razón...
Fue hasta un bolso, corrió un cierre y comenzó a revisar dentro. Sacó un pantalón de jean que traía enrollado y al desenvolverlo, lo primero que apareció fue un revolver (un Smith y Wesson "Detective Special") acomodado en su funda. Emiliano retrocedió en su asiento. Después del arma tomó una billetera de cuero que al desplegarla mostró una placa y una credencial. Se la aproximó bien cerca de la cara del joven para que este leyera "Policía" en la chapa reluciente, un nombre "Deborah Silva" y un grado "Oficial Principal". El muchacho perdió de vista el documento y por encima, miró a los verdes ojos de la chica entre desconcertado e interrogante.
- Quiero creer en todo lo que me contaste, porque necesito que me ayudes... – le pidió ella.
- No sé... Primero contame qué es lo pasa...
Luego de guardar nuevamente el arma y la credencial, Deborah se volvió a sentar.
- Hace ya un tiempo que por una denuncia anónima que recibimos, estamos tratando de averiguar, de que se tratan las actividades de Julián y compañía, en especial cuando vienen por las islas... – mirando directamente a los ojos del joven, continuó – Para esto me pusieron en el lugar donde Julián normalmente recluta las chicas para sus amigos en cada paseo... Como no se podía forzar la situación, recién ahora me tocó venir... Y justo me toca con vos...
- Hey... Yo sé que me gustaría tener la plata y la vida de Julián, pero no soy tan malo, ni tan feo... – protestó y curioso preguntó expectante – ¿Qué puede ser...? ¿Drogas...?
- Puede ser... No lo confirmamos... A propósito... ¿Cargaron algo cuando salieron...?
- Sí... Varias bolsas, que dijo que eran víveres para los días que estabamos afuera... Igual que la otra vez...
- ¿Qué...? ¿Hubo otra vez...?
- Sí... Pero como te conté fue la vez que yo llegué solamente hasta donde estaba atracado el barco. Vine como remisero...
- Está bien... Ahora lo que me extraña es que hayan bajado con las otras chicas...
- Habrán ido a pasear o algo así...
- Vení...Vamos a la cubierta de popa y veamos si hay algo para comer o tomar.
A Emiliano no le quedó más remedio que apagar de alguna forma sus fuegos internos. Se puso de pie e invitó a la muchacha a salir del dormitorio. Al pasar ella le tiró un beso con la punta de los dedos.
Caminaron hasta la popa y se acomodaron en sendos sillones. Uno de los marineros preguntó si deseaban algo.
- Sí, por favor... Traeme una botella de champagne... Sin descorchar... – dijo él desconfiando.
Se quedaron callados en el silencio de la noche. El único sonido era el golpe de las pequeñas olas contra el casco de la nave. El marinero trajo la bebida, Emiliano la descorchó, sirvió las copas y bebieron sin pronunciar palabras.
Un rato después, desde la oscuridad del río, les llegó risas y gritos de las chicas mezclados con el ronronear del motor del gomón. Enseguida ese sonido se apagó cuando llegaron junto al barco. Subieron a bordo sin dejar de hacer entretenidos comentarios entre ellos, que los movía a más risas.
- Hola, chicos... – exclamó Julián – Espero que no nos hayan extrañado y se hayan divertido...
- Lógico, Julián... – Emiliano puso un énfasis especial en sus palabras – Ya que nos dejaron solos...
- Bueno... Vamos a mudarnos de ropas para cenar, ya que he venido con mucho apetito.
La comida tuvo gran animación, de la que tanto Deborah y Emiliano participaron con animación para no dejar lugar a dudas que la estaban pasando bien. Después de una dilatada sobremesa, con los ánimos achispados, todas las parejas se dirigieron a cada uno de los camarotes de los hombres. Apenas ingresaron, Deborah se tiró en la cama al tiempo que se desvestía en parte.
- No te hagas ninguna idea rara... – le dijo ella al ver los ojos eróticos de él – Solo nos quedaremos acá para dormir...
Se dio vuelta y pronto se quedó dormida bajo la mirada, ahora azorada, de Emiliano.
Amanecieron abrazados en la cama, él detrás de ella y ambos apuntando en la misma dirección y con la misma vestimenta de la noche anterior. El brazo izquierdo del muchacho estaba sobre el cuerpo de la chica. Ella fue la primera en despertarse, y a pesar de la satisfacción que le produjo la íntima caricia, movió el brazo de él, despertándolo.
- Lavate la cara y los dientes... – le aconsejó con una enorme sonrisa – Mientras voy a mi dormitorio a hacer lo mismo y nos encontramos para desayunar...
El resto del día fue un calco del anterior, con la única diferencia de haber atracado en un lugar con playas donde aprovecharon para bañarse, tomar sol y almorzar en un importante comedor. Para los jóvenes confabulados, no hubo en ninguno de sus acompañantes, actitudes sospechosas, salvo en algún momento de la tarde, Julián desapareció por unas cuantas horas.
Por otro lado, como no podía ser de otra manera, Deborah y Emiliano al estar todo el día los dos juntos y, además, compartiendo el secreto de ella, fue muy poco lo que hizo falta para iniciar un enamoramiento sincero entre ellos. A causa de la resistencia de la muchacha, las cosas no habían pasado a mayores.
Sin embargo, esa segunda noche, después de la cena, al volver al camarote de él, comenzaron con un acercamiento que terminó despertando toda la pasión por ambos retenida. Cayeron en la cama en medio de abrazos y besos, quedando el cuerpo desnudo de ella sobre el de él. El físico entrenado de la joven lo mantenía aprisionado a él, con sus piernas y brazos. Pasaron de la lucha al erotismo. Se durmieron muy tarde agotados después de hacer el amor hasta sacarse la avidez de uno hacia el otro.
El sol alto que entraba por una de las ventanas, los despertó. El apetito que les había dado el goce, hizo que se vistieran rápidamente y concurrieran al comedor. Allí se dio la coincidencia de todos en la mesa. Julián aprovecho ese instante para anunciar que este era el punto más lejano que alcanzaban en esta excursión. A partir de ahora comenzaba el viaje de regreso. Como estaban cerca de la ciudad de San Pedro, desembarcaron y recorrieron una gran parte del lugar y aprovecharon para almorzar en una estancia de la zona.
Salvo Deborah y Emiliano, que se quedaron en la costa gozando de las bondades de un balneario, lo demás regresaron al barco. Ellos volvieron al yate entrada la tarde, para descansar un poco y dedicarse a la cena. No obstante, que la conversación durante la comida fue muy vivaz, el muchacho y su pareja sin hacer mucha tertulia, decidieron retornar a la intimidad del camarote, pese a los comentarios mordaces y burlones de los otros comensales. Repitieron el fuego y la pasión del amor de la noche anterior, hasta quedar exhaustos. Tanto que abrazados como estaban, se quedaron dormidos.
Se despertaron cuando comenzaron los gritos en algún lugar de la nave. Era una discusión muy fuerte entre una mujer y un hombre. La pareja de jóvenes saltó al mismo tiempo de la cama y se acercaron a la puerta. Abrieron un pequeño espacio y pudieron observar desde su posición, unos metros más allá, a Julián enfrentando a Nicole, su pareja. Seguían escuchando los alaridos de él y las réplicas de ella, sin llegar a entender porque era el altercado. Del hombre solo alcanzaban a ver su espalda y de la figura de la mujer casi nada pues se perdía en la penumbra apenas rota por las tenues luces de los pasillos.
Todavía no sabían si intervenir, cuando vieron que Julián extraía de su cintura, un arma con la que apuntó a la mujer. Deborah se puso una túnica por encima y comenzó a maldecir por haber dejado su revólver en el otro camarote. De cualquier manera, ya no había tiempo para más dudas. Abrieron totalmente la puerta, justo en el momento que con una explosión el arma era disparada. La dama con toda su aristocracia, dio unos pasos vacilantes hacia atrás antes de desplomar su humanidad a lo largo del pasillo. Pese a estar en la semioscuridad, igual se notó la gran mancha de sangre que se le formó en la remera.
Los jóvenes salieron del camarote con la intención de abalanzarse sobre el hombre, pero al acercarse, Julián se dio vuelta sobre sí y los apuntó directamente. Se frenaron sorprendidos y levantaron las manos tratando de indicarle que se calmara. No obstante el dueño del yate levantó más el revólver apuntando a la cabeza de Emiliano. La muchacha dio un paso al costado para salir de la línea de tiro y tener posibilidad de atacarlo, pero la mira la apuntó a ella. Y así empezó a pasar de uno al otro. Bajó un poco el mortal elemento y lo dirigió directamente al pecho del muchacho. Y disparó. La llama que salió de la punta del revólver, pareció extenderse hasta el cuerpo del chico. La primera sensación fue de sorpresa. Emiliano saltó y cayó hacia atrás, tomándose el tórax. Entonces, Deborah ágilmente aprovechó la oportunidad para saltar sobre el hombre. Este al verla venir, soltó el arma y se protegió con las manos del empellón de la chica.
Alguien tomó el revólver y disparó al aire. Como si se hubiese desenchufando un proyector, se detuvo la actividad de todo lo viviente, y nada se movió más. De pronto, todo cambió y las cosas comenzaron a tomar un ritmo precipitado, alocado.
Emiliano se tocaba el cuerpo buscando donde debía dolerle o sangrar. Pero para su alegría, o desencanto, no tenía nada de ello. Julián se había acurrucado con una rodilla en el piso para protegerse de los golpes de Deborah que nunca le llegaron. La muchacha tenía aun el brazo en el aire en el recorrido de un golpe de karate. Muchas luces se encendieron y desde el fondo Nicole recuperaba la posición vertical con su remera manchada de sangre o algo así. Con cara de susto se echó sobre Julián para abrazarlo y protegerlo. La mano que empuñaba el revólver era de Carlos, el que, contra toda lógica de la situación, sonreía ampliamente. Detrás de él estaba Nina. Más allá, el capitán y sus marineros observaban todo lo que había sucedido.
- Te dije que debíamos avisarle... Te dije también que hoy había que utilizar demasiados gritos y tiros... – le reclamó Carlos al empresario que aun no se había levantado del todo – Ahora hay que hacer todo esto de nuevo...
- ¿Qué es esto...? – dijo Emiliano, al tiempo que la muchacha seguía buscando la posible herida.
- Podría ser una cámara sorpresa, o algo casi... – Julián ya erguido, le contestó – El arma esa es de utilería con balas de fogueo...
- En realidad, estamos filmando un corto sobre la buena vida que llevan ciertos personajes... – continuó Carlos mirando sin disimulo al empresario – Para darle un poco más de emoción , el final tendría un poco de violencia...
- Pues no les hemos dicho nada, para que actuaran con más naturalidad y no se asustaran... – volvió a tomar la voz cantante el dueño del "Bribón" – De cualquier forma, no habíamos creído que el bochinche de hoy los sacara de vuestro camarote, al igual que la noche de ayer...
Por otro lado, Deborah no dio a conocer su condición de mujer policía, porque aun tenía su desconfianza.
- ¿Y qué eran esos viajes a la costa que hacían a diario...? – quiso saber.
- Hemos filmado en varias localidades, para rellenar en la edición... Esta noche pensábamos que habríamos de finalizar... – Julián tomó una copa que le alcanzó uno de los marineros – Les debo a ambos una disculpa... Como recompensa por todos los sinsabores pasados, les daré una participación en las ganancias de la película y un viaje sin sorpresas, para cuando les guste...
Emiliano, que todavía estaba en el suelo, con el cuello rodeado por los brazos de Deborah, por un momento dejó de tener envidia de Julián, pero solo por un momento. A pesar de lo que había prometido Julián, pensó que pronto tendría que volver a la remisería.
Sin embargo, no todo había terminado. Desde la oscuridad del río se escuchó la voz metálica de un megáfono, mientras se encendían muchos reflectores alumbrando el yate como si fuera un escenario.
- “¡Hey, del “Bribón”! ¡Esta es la Prefectura!! Están rodeados No se resistan. Están todos detenidos por tráfico de estupefacientes”.
Mariano se asomó a la borda para responderle con algún improperio, pero decidió callarse.

. . . . . . . . . . . . . . .

Aun se tocaba el pecho Antonio, buscando a donde se había producido el impacto el disparo que casi lo arroja hacia atrás. Miró el reloj. Había pasado menos de un minuto. Exactamente cincuenta y siete segundos. Como hasta ese momento, seguían sin pronunciar palabras, pero escuchándose entre ambos. Con más calma, Antonio le expresó al hombre extraño...
- Una buena y una mala... Por un lado una bella mujer y una recompensa... Por otro, un disparo que puede producir un paro cardiaco y un final sin resolver...
- “No siempre será así...” – había algo en lo profundo de los ojos del hombre extraño – “Por favor, elige un nuevo elemento...”
Soltó con la mano derecha uno y tomó con la izquierda aquel que al girarlo decía: "AVARICIA".

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Me voy a presentar: soy un viejito sexagenario (¿suena feo, no?), pero un viejito piola en definitiva. Adopté el nombre de Quito de Escalada por un diminutivo y una localidad. Hace pocos años atrás, se me dio por empezar escribir y de eso salió un hobby que me entretiene mucho. Aclaro que no he estudiado nada relativo a la literatura a nivel de escritor (título, que creo, aun me queda grande), aunque aprendí por las mías, cosas como poner una palabras adecuada después de otra. Y mi próxima propia lección será, donde poner el punto final de una obra. (No es tan fácil, eh). Felizmente casado, tres hijos, dos nietos y uno más en camino, todos ellos me alientan a seguir. Algo así como jubilado, tengo el tiempo necesario para darme estos gustos, aparte de viajar por el interior del país Argentina, para visitar mis hijos. Espero que les guste y disfruten de estos cuentos…

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